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En
el “tercer frente” también les va mal a los sirvientes
de EEUU e Israel
Huelga
general en el Líbano
El 23 de
enero, una huelga general acompañada de manifestaciones
masivas paralizó Líbano. El reclamo es terminar con el escándalo
de que siga en el gobierno el primer ministro Fuad Siniora y
su pandilla de ministros agentes de EEUU, Israel y Arabia
Saudita.
Cuando
Israel desató su agresión contra Líbano con los cobardes
bombardeos contra la población civil, Bush se apresuró a
bendecir el genocidio, calificándolo como el “tercer
frente de la guerra contra el terrorismo” que se abría
después de Afganistán e Iraq. Esta comparación, para
desgracia de EEUU y los sionistas, iba a resultar más
cierta de lo que Bush creía. La agresión se saldo con una
derrota del bando imperialista que además puso fin al mito
de la “invencibilidad” del ejército de Israel.
La guerra y
el triunfo produjeron lógicamente cambios en el cuadro político
del Líbano. Hezbollah ganó un enorme prestigio y un apoyo
popular mayoritario, que desbordó los límites
religioso-sectarios que los colonizadores imperialistas
(primero Francia y Gran Bretaña, y luego EEUU e Israel)
tratan de exacerbar y utilizar para dividir y producir
enfrentamientos entre los pueblos de Medio Oriente. En el
caso de Líbano, yanquis y sionistas han operado desde hace
décadas para hacer pelear a cristianos, musulmanes chiítas
y musulmanes sunnitas.
Pero la
guerra ha producido modificaciones en este cuadro. Sin que
se hayan borrado por completo las delimitaciones sectarias,
la “posguerra” ha instalado un problema central que las
trasciende: ¿cómo pueden seguir “gobernando” el ex
gerente del Citibank Fuad Siniora y sus ministros, agentes
notorios de EEUU e Israel?
Después de
meses de exigir por las buenas que se vayan –pedido al que
adhirió hasta el mismo presidente de Líbano, el cristiano
maronita Emile Lahoud– Siniora y su pandilla siguieron
atornillados a sus sillones.
En
noviembre, una amplia coalición de movimientos y partidos
políticos, en la que participan Hezbollah (basado en la
mayoría popular chiíta), la Corriente Patriótica Libre
(partido dirigido por el general maronita-cristiano Michel
Aun) y organizaciones de izquierda (el PC libanés y otras)
convocaron a grandes movilizaciones de masas, que según las
mismas agencias yanqui-sionistas llegaron a reunir en
algunos días un millón de personas en Beirut (Líbano
tiene una población de 3.900.000 habitantes).
Finalmente,
el 1º de diciembre pasado el movimiento dispuso un acampe
permanente ante las puertas del Gran Serrallo (el palacio de
gobierno). Desde entonces, 700 carpas con gente que se turna
día y noche bloquea la zona. El gobierno de Siniora quedó
prácticamente paralizado, pero él y sus ministros siguen
allí atrincherados y negándose a irse.
Ahora, el
martes 23, la huelga general que paralizó todo Líbano, con
cortes de rutas y manifestaciones de masas, anuncia que la
paciencia de las masas se está acabando. Comentando estos
sucesos, en los que Hezbollah juega un papel principal,
Robert Fisk, un conocido periodista inglés, decía: “Los
chiítas son los oprimidos, los pobres, los desposeídos,
aquellos que siempre fueron ignorados por los señores y los
patriarcas del gobierno libanés. Por eso, en un sentido,
esta es también una revolución social” (The
Independent, 24-01).
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