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Ni
expropiación de la clase capitalista, ni liquidación del
Estado burgués
¿En
qué consiste el “socialismo” de Chávez?
Por
José L. Rojo
El 8
enero, Hugo Chávez reasumió por tercera vez como
presidente de la “República Bolivariana de Venezuela”,
con numerosos e impactantes anuncios. Los diarios y cadenas
de televisión del mundo destacaron su juramentación por la
“Patria, el Socialismo o Muerte”, además de las medidas
enmarcadas en una supuesta “vía venezolana al
socialismo”.
Sin
duda, el hecho de que un presidente jure por el
“socialismo” no puede dejar de tener un inmenso impacto
e, incluso, de expresar como símbolo un intenso cambio de
clima político respecto de la década del 90, marcada por
la ofensiva neoliberal pura y dura y la supuesta muerte del
socialismo. Desde este punto de vista, Chávez no deja de
cumplir un cierto rol “progresivo”, incluso a pesar de sí
mismo, al volver a instalar y reinstalar regional e incluso
mundialmente el debate sobre el “socialismo”.
Sin
embargo, de lo que se trata es de descifrar el sentido
real de las medidas tomadas, más allá de la retórica.
Aquí el “progresismo” chavista se convierte en su
contrario: manutención estratégica de la clase
capitalista y su Estado, si bien de una manera
“reformada”. Porque, como lo pide el verdadero método
científico, las personas (y más aún los presidentes, por
“izquierdistas” que se presenten) no se miden por lo que
de sí mismos dicen, sino por lo que hacen de
manera efectiva: este es el único criterio de evaluación
materialista posible.
Las
medidas
En su
asunción Chávez anunció una serie de medidas: la más
impactante, las nacionalizaciones de la Compañía Anónima
Nacional de Teléfonos de Venezuela (CANTV, controlada hasta
ahora por la norteamericana Versión) [1] y de la Empresa de
Electricidad de Caracas (ELECAR, controlada por otra empresa
yanqui, la AES), así como pasar al sistema de empresas
“mixtas” (mayoría estatal accionaria del 51% y
participación de multinacionales como Total, Exxon Mobil,
Statoil y ConocoPhilips entre otras) en la explotación de
las reservas de la Faja del Orinoco (inmenso reservorio de
petróleo pesado).
Pero hubo más:
la no renovación del contrato del canal RCTV, hasta ahora
en manos de Cisneros (uno de los dos más grandes
empresarios de Venezuela), que desató un escándalo
internacional con el jefe de la OEA (Insulza); el anuncio de
los “cinco motores” para el desarrollo del “proceso
revolucionario” (“Ley de Leyes”, “Reforma
Constitucional”, “Nueva geometría del poder”,
“Moral y Luces” y “Poder Comunal) [2] y el planteo de
reelección indefinida. En lo que sigue, intentaremos dar
cuenta del verdadero significado de este paquete de
medidas.
Reforzamiento
de los elementos de capitalismo de Estado
Comenzaremos
el análisis por la medida más impactante: las
nacionalizaciones. Arranquemos señalando que la expropiación
(según la entiende el auténtico socialismo) significa la
liquidación de una clase social. Es decir, no se trata sólo
de una medida “económica” (aunque también lo es); se
trata de una medida social, que apunta a la
liquidación de la clase burguesa; es decir, de aquella que
vive de la explotación de la clase obrera. ¿Se orienta
Chávez hacia la expropiación de la burguesía (como creen
muchos izquierdistas con brillo en los ojos)? Para nada: no
es hacia ese lado para donde va, más allá de sus
justas diatribas contra el “capitalismo”.
La
estatización de la principal empresa telefónica de
Venezuela [3], de la empresa de electricidad de Caracas y la
búsqueda de la mayoría accionaria para la explotación de
la Faja del Orinoco significan pasos de tipo
“nacionalista” (o incluso, si se quiere,
“antiimperialista”), que estrechan los márgenes de
maniobra de sectores del imperialismo en el país (sobre
todo, el yanqui) y amplían los del Estado venezolano. Pero
nada tienen que ver con acabar con el capitalismo o con dar
el poder a los trabajadores: lo que buscan es ampliar las
bases de sustentación del capitalismo de Estado en el que
se apoya el gobierno chavista, que pretende ser
reforzado como parte fundamental de esta inauguración de su
tercer mandato.[4]
¿De qué
hablamos cuando nos referimos al capitalismo de Estado? En
el fondo, algo muy simple: no se trata de ninguna forma de
“socialismo”, sino del paso de empresas privadas a manos
del Estado burgués; es decir, de empresas que seguirán
funcionando según criterios capitalistas de explotación
del trabajo y ganancia (más allá de que hagan algunas
concesiones a sus trabajadores).
La
estatización de determinadas empresas en países
semicoloniales puede expresar una acción “soberana” de
determinados gobiernos y, como tal, la defendemos frente
al imperialismo. Pero, al mismo tiempo, no se puede
dejar de subrayar esta estatización chavista es una nacionalización
burguesa, donde se va a indemnizar a sus dueños
capitalistas con dólares constantes y sonantes. Al
mismo tiempo, esto ocurrirá sin abrir la puerta para nada
al control de los trabajadores sobre las empresas. Chávez
lo ha repetido una y otra vez: “en las empresas estratégicas
manda el Estado”. Pero en el socialismo auténtico es
al revés: en las empresas “estratégicas” debe
mandar el poder democrático y autodeterminado de los
trabajadores.
Todo esto
conlleva problemas de contenido social: además de
que no se trata de una expropiación de la clase burguesa
como tal y ni siquiera de todo lo que fue “privatizado”
(y era antes estatal) [5], es evidente que el control de
la producción y, sobre todo, el manejo de la renta y las
ganancias quedarán en manos de los funcionarios del
Estado, y NO de los trabajadores. Funcionarios que están
unidos por uno y mil hilos a los propios burgueses y que se
manejan con los mismos criterios capitalistas que ellos.
De ahí que
no sea casual que Venezuela viva reiteradamente cruzada por
el flagelo de la “corrupción”, uno de los elementos de
crítica más fuertes de las masas al propio chavismo. Por
otra parte, destinar la friolera de casi 3.000 millones de dólares
a indemnizar a los mismos empresarios que vienen hace años
chupando la sangre del esfuerzo obrero y de los recursos
naturales del país, y que ya se han pagado 100 veces sus
propias inversiones iniciales de capital, otorga a la
estatización un carácter enteramente burgués. En
el mercado capitalista, las mercancías, como las empresas,
se compran y se venden: eso es parte de las leyes del propio
capitalismo. Para no hablar del escándalo de destinar los
recursos del Estado de una manera improductiva que no
agrega un centavo de inversión real ni sirve para mejorar
el nivel de vida y salarios de los trabajadores.
“Democracia”
plebiscitaria y bonapartismo “caribeño”
Chávez no
busca expropiar a la clase capitalista. Tampoco acabar con
el Estado y el régimen que hoy le es propio: la democracia
burguesa. Sin embargo, sí ha encarado verdaderas reformas
del Estado para poder capear el temporal de la dislocación
total de la llamada IV República y hacer un régimen más
legitimado y ajustado a sus necesidades de utilización y
control de las masas populares. Control que ahora se va
buscar reforzar.
Así, en el
discurso de asunción señalaba que su gobierno debía:
“profundizar la democracia revolucionaria, que eso es
socialismo. El socialismo no está reñido (...) con la
democracia. No, no. Uno de los planteamientos de Carlos Marx
es precisamente el de dictadura del proletariado: eso
no es viable para Venezuela en esta época; no, democracia,
democracia popular, democracia participativa, democracia
protagónica” (Hugo Chávez, “Discurso sobre el
partido único”, www.aporrea.org).
Pero aquí
hay –deliberadamente– un tramposo juego de palabras:
porque la “dictadura del proletariado” de la que hablaba
Marx (y Chávez lo sabe), era precisamente la Comuna de París:
nada que ver con las caricaturas burocráticas del
estalinismo, sino la más amplia democracia de los
trabajadores basada en sus organizaciones propias a partir
de la destrucción del Estado burgués. Pero Chávez,
obviamente, no quiere saber nada de esto; por esto se apoya
en el desprestigio de esa formulación.
El
instrumento que ha encontrado para poner en pie un régimen
político a su medida es la apelación constante al mecanismo
plebiscitario. Es decir: dirigirse a las masas casi sin
mediaciones para hacerse ratificar una y otra vez. Y
por esta vía, erigirse en árbitro “benigno e
ilustrado” de los intereses sociales desde arriba (en última
instancia, en beneficio de la clase burguesa como un todo).
De ahí también que pretenda la reelección indefinida. En
el marxismo, esto se llama “bonapartismo”; en todo caso,
estamos frente al ejemplo de un “simpático”
bonapartismo caribeño.
Precisamente
hace siglo y medio, el propio Marx había criticado el carácter
plebiscitario de Luis Bonaparte en Francia, que buscaba
apoyarse en los campesinos para imponerle condiciones a la
propia burguesía al tiempo que, en el fondo, gobernaba para
ésta y no para los propios campesinos, aunque les hiciera
concesiones.
Pero el régimen
del plebiscito permanente no significa auténtica
democracia de los trabajadores y popular. Es decir, no
significa que éstos gobiernan mediante organismos u
organizaciones que le son propias y que constituyen sus
propios órganos del poder. Significa, mucho más
simplemente, que apoyándose en una institución burguesa,
el voto secreto y universal (sin olvidar a las fuerzas
armadas, el otro gran punto de apoyo, a las que Chávez
acaba de bautizar como “bolivarianas”), se busca que
el electorado ratifique lo que ya ha sido previamente
resuelto en las alturas del poder.
De ahí el
pedido de “Ley Habilitante” y el impulso de nuevas
reformas constitucionales, incluso sin la convocatoria a una
nueva Asamblea Constituyente, así como el llamado a un
nuevo Referéndum en la segunda mitad del año para
ratificar la reforma constitucional y las convocatorias a
elecciones que vendrán, en las cuales el anunciado PSUV
(“Partido Socialista Unido de Venezuela”) esta llamado a
cumplir un papel esencial.[6]
Es en este
marco que se deben considerar las medidas llamadas
“explosión del Poder Popular”. No casualmente, estos
planteos tienen una base exclusivamente territorial:
de los lugares de trabajo y la clase obrera como tal no
se ha escuchado ni palabra. Al mismo tiempo, se trata NO
de una generalización de una experiencia surgida desde
abajo por propia libre creación de las masas populares,
sino de una ilustrada “invención” desde arriba hecha
por el “soberano” y “pedagogo” Chávez. Estas
medidas se presentan, además, no como la base de un nuevo
estado o un nuevo poder estatal, sino, de manera reformista,
como un poder entre otros: junto con los
tradicionales “poderes” de la democracia burguesa
(ejecutivo, legislativo y judicial), el poder electoral y el
ciudadano (agregados por la reforma constitucional del
’99) aparece un “sexto” poder: “el Poder Comunal”.
En síntesis: un estado y un régimen evidentemente
reformados, pero que se apoyan en mecanismos plebiscitarios
y no de auténtico poder obrero y popular.
Romanticismo
y cristianismo “socialista”
Las medidas
de Chávez, entonces, tienen por objetivo el reforzamiento
de sus bases de sustentación material y de control de las
masas populares. Pero este reforzamiento no contiene sólo
medidas “económicas” (la ampliación del capitalismo de
Estado) o “políticas” (Ley Habilitante, Reforma
Constitucional, etc), sino también ha incorporado otras de
tipo “romántico” o “utópico”: en esta categoría
entran las anunciadas como “Geometría del Poder”,
“Moral y Luces” y otras.
Este giro
romántico “socialista” y hasta “cristiano” [7] (no
casualmente, los recientemente asumidos Ortega y Correa
andan por la misma senda...) se entiende: si no se apunta a
la real expropiación de los capitalistas y a la liquidación
de la ley del valor; si lo que se pretende no es acabar con
el Estado burgués sino reformar la democracia burguesa, no
queda otra alternativa (para dar un “barniz” socialista)
que impulsar medidas de tipo “romántico” que dan un
“rodeo” respecto de las bases del poder material burgués
(que son, en ultima instancia, las del propio Chávez). Esto
se traduce en anuncios altisonantes pero que quedan “en el
aire”, sin bases materiales sólidas.[8]
De este
romanticismo y utopismo [9] da cuenta, por ejemplo, lo que
se dice sobre la “Geometría del Poder”: “Creo que es
una buena idea, va a requerir inventiva. Se me ha
ocurrido para acelerar el tiempo (Toni Negri lo dice)
y quiere decir que el Poder Constituyente le pasa por encima
al espacio y al tiempo y lo convierte en multitud [sic].
Tenemos que crear un nuevo sistema de territorio, de
ciudades federales o territorios federales. Es posible en
algunos lugares, en ciudades que ya existen (…) revisar
las condiciones. No pensar en los antiguos territorios
federales. No se trata de un capricho. Se trata de
marchar hacia el modelo socialista. En un territorio federal
X, la ciudad X. Por ejemplo, de a 10 kilómetros cada 10
kilómetros. Sobre ese territorio federal, concentremos
esfuerzos políticos y sociales hacia la Ciudad Comunal,
donde no haga falta Alcaldía, sino el Poder Comunal. ¡Sembrémoslo
en la Constitución, en el Reglamento! Volando en helicóptero
uno se inspira mucho, tenemos grandes espacios
deshabitados donde no hay Estado. Tenemos que seguir
hablando de esto con la esperanza de que a esto no le ocurra
como al Poder Moral de Bolívar (...). Ciudades
completamente nuevas, como esas que he planteado a la
orilla del Orinoco. ¡Vamos a hacer ciudades y territorios
federales! Ciudad Federal, más adelante Ciudad Comunal, más
adelante Ciudad Socialista!” (Discurso de asunción de
Hugo Chávez, en www.aporrea.org, resaltado nuestro).
Este largo
párrafo del discurso de asunción presidencial, escapa con
mucho a un racional ensayo de planificación urbana o rural
y se aproxima demasiado al costado erróneo de los utópicos
que pretendían construir “islas socialistas” en el
aire de las determinaciones reales, al estilo de los falansterios
de Charles Fourier de la primera mitad del siglo XIX.
En este
contexto, no es de extrañar que en el discurso presidencial
(y también el que se refiere a la creación del PSUV, de
mediados de diciembre del 2006) del sujeto social del que
NUNCA se habla es de la clase trabajadora. Resulta sintomático
que se hable una y otra vez de la población indígena
(extremadamente minoritaria en Venezuela), del “socialismo
indígena”, del “socialismo bolivariano”, hasta del
“socialismo cristiano auténtico en la línea de Jesús de
Nazaret”, y que quede prácticamente ausente del discurso
presidencial la clase obrera (sujeto social por excelencia
de la tradición auténtica del socialismo). Por supuesto:
se trata de una clase social con un peso material
evidente en la vida del país, a la que tratará de
encuadrar burocráticamente con la cooptación de la UNT y
la creación del propio Partido Socialista Unificado de
Venezuela.
La
vía venezolana al “socialismo”
Chávez
hace un juego de palabras respecto de las experiencias
“socialistas” pasadas y los desafíos del proceso
venezolano. En las experiencias anticapitalistas del siglo
XX se presentaron una serie de enseñanzas, así como graves
problemas y deformaciones. También es un hecho que, al
mismo tiempo que hay lecciones de las experiencias de lucha
y ruptura con el sistema capitalista, ninguna experiencia
podría ser una “imitación” o “copia fiel” de las
del pasado, negando la especificidad de las condiciones
concretas en las cuales se desarrolla.
Sin
embargo, a partir de estos elementos de ubicación
metodologica elemental, Chávez hace un galimatías, una
lisa y llana maniobra donde lo que queda ausente son
las lecciones universales que se desprenden de esa
misma experiencia del siglo XX (sintetizadas sobre todo por
el bolchevismo, por el socialismo revolucionario y el
trotskismo): que no hay vía “reformista” al socialismo
por intermedio de la democracia burguesa que valga (como
Allende y su “vía chilena al socialismo”) y que no hay
presidente, comandante o burócrata que desde las alturas de
su palco, hablándole las 24 horas del dia “a la plebe”,
pueda reemplazar la acción autodeterminada y
autoorganizada de la clase obrera con sus organismos y
partidos. Es precisamente ese criterio “pedagógico”
del socialismo “desde arriba” el que ya fracasó.
En estas
condiciones, el “socialismo” de Chávez (con todo lo
pintoresco que se presenta), termina siendo un fiasco
liso y llano: no es más que la suma del capitalismo de
Estado, los mecanismos de plebiscitación permanentes y un
“socialismo” romántico que no liquida el
capitalismo ni le da realmente el poder a los trabajadores.
Para lograr
este último objetivo, habrá que comprender que la resolución
consecuente de las tareas que ha colocado el ciclo de las
rebeliones populares latinoamericanas, no puede venir de la
mano de este nacionalismo burgués del siglo XXI, sino de la
auténtica independencia política y el poder de la clase
obrera.
Notas:
1.
No está de más recordar que el principal negocio telefónico
en la actualidad, la telefonía celular, permanecerá en
manos privadas.
2.
La llamada “Ley de Leyes” no es más que el pedido de
una “Ley Habilitante” para poder imponer estas medidas
por decreto en los próximos 18 meses, así como la
Reforma Constitucional (que NO es una nueva Constituyente)
busca, entre otras cosas, declarar el gas propiedad del
Estado venezolano.
3.
En honor a la verdad, hay que decir que su controladora
Versión estaba en una muy avanzada negociación para vender
su participación accionaría al empresario mexicano Slim.
En todo caso, ahora este pingüe negocio lo hará con el
propio Estado, que se anticipó a decir por boca del
ministro de Economía chavista que la empresa será
“convenientemente” indemnizada (se habla de 2.000
millones de dólares).
4.
Parte de esto es también la proyectada medida de acabar con
la autonomía del Banco Central.
5.
Chávez dijo “lo privado, estatícese”... pero ya se ha
comprometido ante Kirchner a que no se tocará un pelo de la
acería SIDOR (donde trabajan nada menos que 14.000
trabajadores), que fue privatizada en 1998 bajo el gobierno
de Caldera al 20% de valor real al grupo argentino Techint.
6.
Esta convocatoria chavista ya ha abierto un intenso debate
en la filas de la izquierda en Venezuela e
internacionalmente. Lamentablemente, los dirigentes obreros
de la C-CURA y del PRS se han apresurado a manifestarse por
la “integración al PSVU”. Nos parece un gravísimo
error e, incluso una capitulación. Significa a ojos
vista la liquidación total del camino que habían comenzado
a recorrer –muy inconsecuentemente; no hay que olvidar el
reciente voto acrítico a Chávez– de independencia
organizativa y política del chavismo.
7.
Dijo Chávez en su discurso del 8 de enero: “Cristo es la
imagen suprema del revolucionario, de aquel que da la vida
por amor a los demás, el que va a la cruz por los más
humildes, por los más pobres, por los más desamparados.
Cristo el redentor, el atormentado, el vilipendiado. Cristo
crucificado y resucitado. A Cristo como símbolo revolucionario
dedico siempre mis palabras, inspiración del pueblo
profundo”.
8.
A modo de ejemplo en lo que hace a este mecanismo idealista
de “rodeo” en el terreno de la economía, veamos las
afirmaciones del intelectual chavista Heinz Dieterich: “¿Cuál
sería entonces el paso decisivo del presidente Chávez? No
es la estatización generalizada de la propiedad privada
[¡Válganos Dios! JLR], porque no resuelve el problema
cibernético [sic] del mercado. No lo hizo en el
pasado y no lo haría hoy. El socialismo hoy día es
esencialmente un problema de complejidad informática
[sic]. De ahí que el paso trascendental consiste en
establecer una contabilidad socialista (valor) al lado de la
contabilidad capitalista (precio) en el Estado, en PDVSA y
en las cooperativas, a fin de construir un sistema económico
productivo y de circulación paralelo al de la economía
de mercado capitalista. La economía de las entidades
estatales y sociales puede desplazarse paso a paso hacia la
economía de valor y ganrle terreno al circuito de
reproducción capitalista, hasta desplazarlo en el futuro”
(Rebelión, Cristina Marcano, www.aporrea.org,
02-01-07). Más allá de que el socialismo no consiste en el
problema de resolver “informáticamente” la asignación
de los recursos, sino que se trata del problema social de
poner el desarrollo de las fuerzas productivas al servicio
de la superación de las imposiciones (ley del valor) que
tienen como fuente el terreno de la necesidad (y no el
organizar una contabilidad “socialista” sobre la base de
este mismo miserable rasero del capitalismo), el problema
esencial no puede consistir en montar un sistema económico
paralelo al del capitalismo sino, ineludiblemente, partir de
la expropiación de los capitalistas. De no hacerse esto, se
cae justamente en lo que estamos criticando: la “utopía
reaccionaria” de pretender “rodear” la propiedad
privada capitalista sin liquidarla.
9.
Dejemos sentado que en la tradición de Marx y Engels (como
ha señalado Hal Draper) se rescataba de los antecesores utópicos
su negativa a adaptarse a las condiciones del capitalismo.
Es decir, su elemento crítico al sistema que estaba
emergiendo, al tiempo que con claridad se criticaban sus
planes en el aire, sin bases materiales y completamente
desde arriba. Para ellos, la clase trabajadora era una
mera “víctima”, y no un sujeto social vitalmente
revolucionario.
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