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Chávez
en la ONU
El
fracaso de una política reformista
Por
Oscar Alba
Después
de dos semanas, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, en
su puja por ingresar al Consejo de seguridad de la ONU, debió
aceptar a Panamá como candidato de consenso y resignar su
objetivo de ser miembro del organismo. Esto significó una
clara derrota política del gobierno de Venezuela frente a
la política del imperialismo yanqui.
Estados
Unidos impulsó desde un primer momento la candidatura de
Guatemala, y en las 47 votaciones que se hicieron, sólo una
vez Venezuela logró empatar. No obstante, el reglamento de
la Asamblea General de la ONU estipula que en las votaciones
se debe alcanzar un mínimo necesario de dos tercios para
logra un lugar en el Consejo de Seguridad, lo que Guatemala
no pudo lograr. Pero ante la abrumadora mayoría de
votaciones perdidas, finalmente, Venezuela debió aceptar
que Panamá será el país que ocupará el lugar que deja
vacante la Argentina a fin de este año. Desde luego que al
imperialismo yanqui le resultaba odiosa la entrada de
Venezuela al Consejo de Seguridad; por eso, en su
enfrentamiento con el gobierno de Chávez aprovechó el
marco de la ONU para asestarle una derrota política en el
plano internacional y, de paso, para dejar en claro quién
es el que manda en ese terreno.
Un
organismo irreformable
Más
allá de los encendidos discursos de Chávez, lo real es que
una vez más la política reformista que lleva adelante se
muestra estéril a la hora de profundizar la pelea
antiimperialista. En este caso, la estrategia de buscar
reformar la ONU, lejos de aportar a la lucha de los
trabajadores y los pueblos oprimidos contra la voracidad
imperialista, es la muestra del utopismo reformista que guía
los pasos del gobierno venezolano.
La
ONU es un organismo que legaliza el orden político
internacional, en el que claramente hay países que dominan
–los imperialistas, empezando por EEUU– e implementan
políticas en todo el planeta para sojuzgar a los países más
pobres. De ese modo, es el órgano de legitimación de las
atrocidades que el imperialismo yanqui –y otros– han
cometido en distintas regiones del mundo. Irán, Iraq,
Nicaragua y otros muchos países han sufrido en carne propia
los ataques yanquis. Las “condenas” y “advertencias”
de la ONU frente a la intención de cualquier gobierno de
implementar algún atisbo de política independiente han
sido la carta de legitimación de esos ataques. En cambio,
las “misiones de paz” han servido, en general, para
sostener el andamiaje capitalista allí donde la crisis políticas
y económicas dieron lugar a enfrentamientos. Las “fuerzas
de paz” de la ONU siempre han sido las guardianas de los
intereses internacionales del imperialismo.
El
Consejo de Seguridad de la ONU, en particular, está
conformado por cinco miembros permanentes: Estados Unidos,
Inglaterra, Francia, Rusia y China. El resto de los miembros
ocupan bancas rotativas. En este consejo cualquiera de los
miembros permanentes tiene derecho a veto. Es decir,
cualquier resolución puede ser impugnada y rechazada con el
veto de uno de los países que son miembros permanentes. Por
eso la ONU no puede reformarse y las ilusiones que crea Chávez
de hacerlo no conducen más que a un callejón sin salida.
Para
Chávez, el que pierde, gana
Frente
al fracaso de esta política, el gobierno de Chávez muestra
otra característica del reformismo: presentar las derrotas
como triunfos. Mientras que John Bolton, embajador de los
Estados Unidos ante la ONU, expresó “la derrota de
Venezuela cumple básicamente nuestro objetivo” (Milenio.com,
8-11-06), Vicente Rangel, vicepresidente de Venezuela, afirmó
lo contrario. Dijo que Venezuela había logrado una gran
victoria. “Aseguró además que el panorama de las
Naciones Unidas ha cambiado por el hecho de que se ha
fortalecido una correlación de fuerza entre aproximadamente
80 países en torno a la posición de Venezuela, entre ellos
Brasil y Argentina. Esto indica que hay una toma de
conciencia que hasta ahora no había” (Milenio.com,
8-11-06).
Para
Rangel y el gobierno de Chávez, que haya entrado Panamá en
lugar de Guatemala es “una gran victoria”. Pero, ¿que
diferencia hay entre los gobiernos de Panamá y de Guatemala
en cuanto a aceptar los designios imperialistas? Ninguna. ¿La
ONU va a comenzar a dejar de ser una herramienta de dominación
de los yanquis porque cerca de 80 países apoyaron a
Venezuela? De ninguna manera.
Rangel
oculta que las 47 votaciones no son más que parte del juego
que impone el imperialismo para darle una fachada “democrática”
a la ONU. Y a este juego se prestan unos y otros: los que
votaron a favor del candidato de Bush y los que lo hicieron
por Venezuela, incluidos Argentina y Brasi. Gobiernos que no
son precisamente, grandes opositores al amo imperialista:
Kirchner y Lula mandaron tropas a Haití, y ambos, desde el
gobierno, protegen los intereses generales de los monopolios
transnacionales.
Al
no reconocer su derrota en la ONU, el chavismo no hace otra
cosa que engañar a quienes ven con expectativas la política
del gobierno venezolano.
Los
trabajadores de todo el mundo y las masas explotadas y
hambrientas de distintas regiones con sus luchas, ponen
sobre el tapete la necesidad de echar abajo el orden
capitalista-imperialista basado en la desigualdad y la
opresión. La alternativa a ese orden no es el reformismo al
estilo Chávez, que propone una imposible ONU “democrática”.
No son los gobiernos “progres” ni las burguesías
“nacionales”, sino la lucha y movilización
revolucionaria de los pueblos, con los trabajadores a la
cabeza, las que está llamadas a llevar hasta el fin la
construcción de un orden de relaciones internacionales
basado en la fraternidad de los pueblos.
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