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La
derrota electoral de Bush y sus consecuencias en Latinoamérica
Pato
rengo
“El
péndulo de la política estadounidense se alejó de la
derecha dando fin a 12 años de ‘revolución
conservadora’ y propinando una dura reprimenda al
presidente Bush en la guerra en Iraq” (NYT, La Nación
9/11/06).
Así
sintetizaba el conocido e influyente diario The New York
Times la contundente derrota electoral de Bush y el
Partido Republicano. Si elegimos editorializar con los
resultados electorales en los Estados Unidos, esto se debe
al hecho evidente de que no se trata de un mero
acontecimiento local, sino de importancia internacional. Es
decir, con consecuencias en todo el mundo y en cada país.
Esto, más allá de que el triunfador de la jornada, el
partido Demócrata, sea tan imperialista y capitalista
–parte del tradicional juego bipartidista de los Estados
Unidos– como el partido Republicano. Pero esto no quiere
decir que el resultado electoral no tenga una muy
importante significación política mundial.
Los
resultados
Los
resultados muestran que los republicanos han recibido su mayor
paliza electoral en 12 años: han perdido sus mayorías
en las Cámaras de Representantes (diputados), en el Senado
y a nivel de las gobernaciones. En la Cámara de
Representantes, los demócratas quedaron con 229 bancas,
mientras que los republicanos tan solo 196, asegurándose
mayoría propia. En el Senado, el resultado ha sido mas
ajustado: los demócratas obtuvieron 50 bancas y los
republicanos con 49, quedando sin definir una banca. Pero a
nivel de las gobernaciones (cuestión de gran importancia
territorial), la relación de fuerzas entre ambos dio una
vuelta de campana completa: los demócratas pasaron a
controlar 28 y los republicanos sólo 22.
Quizás
estos “fríos” datos no indiquen mucho por sí solos.
Pero hay que saber que las mayorías parlamentarias en
Estados Unidos son muy estables y cambian sólo ante
circunstancias muy agudas. Por ejemplo, a lo largo de
toda la segunda posguerra y hasta el año 1994, los demócratas
disfrutaron de la mayoría en ambas cámaras. Es decir,
tuvieron mayoría a lo largo de 40 años. En ese año,
sucedió lo que se dio en llamar la “Revolución
Conservadora” y de la mano del representante del ala
derecha republicana Newt Gringich (bajo el gobierno demócrata
de Clinton) los republicanos le arrebataron la mayoría en
ambas cámaras, prometiendo una hegemonía por décadas y
décadas. Doce años después, esta mayoría se ha derrumbado:
Bush perdió en ambas cámaras, como tributo a su más
que fallida gestión gubernamental. “Lame Duck”,
es decir, Pato Rengo, es la tradicional definición
que se le da a un presidente debilitado en Estados
Unidos cuando pierde su mayoría gubernamental en los dos últimos
años de su mandato.
Las
consecuencias
Desde
estas mismas páginas hemos venido siguiendo paso a paso y
analizando el significado político del gobierno de Bush. En
varias oportunidades lo definimos como el “polo
reaccionario” de una situación internacional de
polarización. Está claro que lo ocurrido el martes 9
de noviembre, se ha tratado de un evento electoral, reflejo
político “superestructural” de un deterioro en “cámara
lenta”, que a pesar de los desastres, escándalo y virtual
derrota en Iraq, ha sido manejado por los canales normales
del régimen de la democracia imperial, evitando –al
menos, por ahora– salidas traumáticas y anticipadas del
poder. Es decir, un evento electoral y no en el terreno
directo de la lucha de clases.
Sin
embargo, con todo esto que ha ocurrido en el terreno
“distorsionado” de las elecciones, no deja de tener enormes
consecuencias políticas. Porque la derrota electoral de
Bush y los republicanos han sido el reflejo político de un
hecho de gran importancia “estructural”: la virtual
derrota de los Estados Unidos en Iraq, que ha venido
socavando la hegemonía norteamericana en el terreno
internacional y que debilita este polo reaccionario que ha
venido siendo el gobierno de Bush.
Esto
no quiere decir que sea un caso mecánicamente igual al de
Vietnam, donde el golpe a los yanquis fue mucho más directo
y contundente. Porque el nivel de movilización contra la
guerra en los propios Estados Unidos no ha llegado –por lo
menos aún– al nivel de finales de la década del ’60. Y porque difícilmente
se vaya a observar una retirada tan humillante como el
abandono de la embajada yanqui en Saigon asediada por las
fuerzas del Vietcong.
Sin
embargo, las elecciones vienen a ratificar que Estados
Unidos debe cambiar –en un sentido, radicalmente– su
orientación en Iraq. Más temprano que tarde Estados
Unidos se tendrá que retirar. Y esto, sumado al hecho
de que Bush quedará en los próximos dos años sumamente
debilitado, es evidente que limitará ese rol de polo
reaccionario internacional que venía cumpliendo el
imperialismo yanqui.
Republicanos
y demócratas
En
nuestros análisis anteriores sobre el gobierno de Bush, habíamos
introducido otro de importancia. Decíamos que ante el
creciente repudio a la intervención en Iraq y el
desprestigio que iba sufriendo el gobierno de Bush y el
propio imperialismo yanqui internacionalmente, el hecho de
que Bush hubiera ganado la reelección en el año 2004, mostraba
a la población yanqui de “espaldas al mundo”. Esto
ofrecía diferentes lecturas, entre ellas. el hecho de que
existe en ese país un amplio sector de masas de clase
media, sometido a la manipulación religiosa, retrógrada,
conservadora, que en general mira al mundo con desconfianza
y temor de perder sus posiciones sociales adquiridas.
Pero claro, hay otros sectores sociales en ese país: como
la amplia masa asalariada, uno de los proletariados más
grandes del mundo; los inmigrantes, que mayoritariamente,
engrosan las filas de una nueva clase trabajadora, expresado
en la movilización de masas latinas del 1º de Mayo de este
año; las clases medias “progresistas” de las urbes.
Componentes que en esta oportunidad le han dado la mayoría
a los demócratas y han puesto al país más en “sintonía”
con el resto del mundo, por lo menos en lo que hace al
repudio a la intervención del imperialismo yanqui en Iraq.
Esto
no quiere decir que el Partido Demócrata sea un “dechado
de bondades” como gusta presentarlo a los gobiernos
“progresistas” en nuestra región, como es el caso de K.
Este partido es, simplemente, la otra pata del juego
bipartidista de la democracia imperial yanky, que cuenta
en su haber con tantas o más intervenciones sanguinarias
sobre los pueblos del mundo. Y que, además, abraza tanto
el capitalismo neoliberal y antiobrero como sus hermanos de
clase republicanos. No es casual que Nancy Pelosi, la
nueva líder demócrata en el Congreso, haya salido a decir
inmediatamente después de conocerse el resultado electoral
que “los demócratas estamos listos para liderar,
preparados para gobernar y esperando trabajar de manera
bipartidista con los republicanos en el Congreso y con el
presidente” (La Nación, 9-11-06).
Sin
embargo, es un hecho que ante el desastre en la guerra de
Irak (en su momento apoyaron la invasión a ese país, así
como la “guerra contra el terrorismo”), se ha
recostado moderadamente hacia la “izquierda” para
captar el “voto castigo” a la administración de Bush y
el masivo rechazo a la intervención yanqui en el país árabe.
Y es un hecho que, probablemente, se oriente hacia una
dirección imperialista mas “consensual” con sus
pares europeos, en reemplazo del fracasado unilaterialismo
de Bush y Rumsfeld. No casualmente, este ultimo ha sido la
primera victima de la derrota electoral republicana.
La
derrota de Bush; Iraq y Latinoamérica
Como
venimos diciendo, la derrota de Bush tendrá evidentes
consecuencias internacionales. La primera, es que tanto,
demócratas como republicanos tendrán que abocarse ahora a
ver cómo sacar a su país del pantano iraquí. En
sus primeras declaraciones pos-electorales (donde Bush
admite su responsabilidad en la derrota electoral), no
casualmente se ha referido a que Estados Unidos “no puede
salir de Iraq derrotado”. Un árduo trabajo
“bipartidista” les espera a los partidos imperialistas
para ver cómo resuelven esta “cuadratura del círculo”.
Pero
las consecuencias políticas no se circunscriben a Iraq.
En Latinoamérica, es evidente que la derrota de Bush en un
sentido debilita –aunque no mecánicamente– las
posiciones de los sectores opositores burgueses más de
“derecha”. Estos sectores han venido creciendo últimamente
como forma de poner un “contrapeso” y “contralor” al
arbitraje (de los intereses y contradicciones sociales) que
están realizando los distintos gobiernos “progresistas”
de la región. Esto ha incrementando los elementos de
polarización política como hemos podido observar a lo
largo de las últimas semanas. Y es un hecho que estos
elementos de polarización van a continuar
profundizándose en la medida que están inscriptos en
la misma lógica del proceso regional: es decir, con una
crisis de fondo, estructural, no resuelta, lo que llevará a
inevitables choques de clases y polarización de los
intereses sociales.
De
Bush a Oaxaca
Esto
mismo es lo que muestran los recientes hechos en México. Se
trata de un país importantísimo por población, producto
bruto y ubicación estratégico-geográfica. Una nación que
ha entrando de pleno derecho en el ciclo de las
rebeliones populares que cruza Latinoamérica. La suma
del escandaloso fraude contra el candidato
centroizquierdista Obrador (por parte del PAN y el PRI) más
la incapacidad del gobierno de Fox de suprimir
represivamente la heroica Comuna Popular en Oaxaca (APPO)
han terminado por detonar una situación más favorable
al desarrollo de la lucha de clases en un país marcado por
explosivas contradicciones sociales. Se ha abierto así
en México una nueva situación política, cuyas
consecuencias son, por ahora, impredecibles. Esto más allá
de las grandes mediaciones “centristas”, burguesas o
pequeño burguesas que configuran el propio PRD de Obrador o
el zapatismo de Marcos, cuyo rol frente a la APPO ha sido
lamentable, contribuyendo a lo largo de meses y meses a su aislamiento.
En
síntesis, la derrota de Bush, contribuye al desarrollo
de la lucha de clases mundial y regional. Esto, a
condición de que se reafirme la incondicional
independencia de clase frente a los gobiernos capitalistas
de todo pelaje. Incluso (o, sobre todo) a los que se
muestran como “progresistas”, y que sólo vienen a
reabsorber, en nuestro continente, el ciclo de rebeliones
populares. Ciclo que de polarizarse y radicalizarse, podría
terminar abriendo la perspectiva de la revolución obrera y
socialista.
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