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Antecedentes
del régimen mexicano
Una
democracia casi igualita a una dictadura
Por
Isidoro Cruz Bernal
México
vive una coyuntura política en la que han surgido varios
frentes de conflicto para el régimen burgués autoritario
que dirige al país desde hace décadas, y que ha tenido dos
máscaras a través de su historia. La primera, muy
contradictoria en sus inicios, trataba de aparecer como
continuidad de la gran revolución popular y campesina de
1910, pero a mediados de los años 20 fue mediatizada por la
burguesía y una burocracia del partido en el poder [1] que
establecieron un régimen nacionalista izquierdizante con
apoyo de masas. Éste, a medida que avanzó el desarrollo
capitalista, fue perdiendo paulatinamente sus aspectos
antimperialistas y también erosionó paso a paso y sin
piedad las conquistas sociales obtenidas por las clases
populares. Entre ellas, una reforma agraria y un importante
desarrollo industrial que generó bienestar material entre
los trabajadores y estabilidad laboral.
Esta
decadencia a lo largo de dos o tres décadas tuvo como
consecuencia que el régimen conservara durante cierto lapso
un perfil de concesiones a las masas combinado con una
tendencia cada vez mayor al fraude electoral. Ese segundo
aspecto adquirió con los años un claro predominio sobre el
primero. A eso hay que agregar que el partido en el poder,
“revolucionario” e institucional al mismo tiempo, fue
alineándose cada vez más en posiciones políticas
reaccionarias hasta adherir por completo a los postulados
neoliberales a fines de los 80. Social y políticamente, el
unicato del PRI se fue erosionando.
Así
fue como apareció la segunda máscara del capitalismo
mexicano y su régimen político: la transición hacia un régimen
político en el que el PRI no gane siempre pero en el que
las contrarreformas neoliberales se mantengan, y de ser
posible se profundicen. El Partido de Acción Nacional de
Vicente Fox fue durante muchos años la oposición de
derecha, ligada al catolicismo, con ejes anti-corrupción y
para los cuales el régimen priísta era demasiado populista
y “chabacano”. Sin embargo, a fuerza de presentar una
tenaz oposición al PRI, ganó apoyo entre las clases medias
y en algunos sectores campesinos (ayudado por el manejo
punteril de caciques emigrados del PRI). Este carácter del
PAN de ruptura conservadora con el régimen y continuidad
neoliberal lo proyectó como el candidato ideal para una
transición democrática bajo control burgués-imperialista.
Sin
embargo, la supuesta transición a la democracia no fue tal.
La pasada elección presidencial ha dejado a la vista que el
actual régimen (con el vistobueno de Estados Unidos) no
soporta todavía ser relevado por una alternativa indolora
“por izquierda” como es López Obrador y el Partido de
la Revolución Democrática (PRD). Este partido de ningún
modo constituía un intento de ruptura con el
neoliberalismo, aunque sí un tímido intento de defensa de
algunas posiciones de la gran burguesía mexicana, a la que
se defendía de una mayor apertura económica. Lo que podía
tener de conflictivo el PRD se vinculaba a contenidos de
puja y regateo con ciertas ramas del capital extranjero, y
en modo alguno con el otorgamiento de reivindicaciones
sustanciales obreras y populares.
Sin
embargo a ese candidato se le robó descaradamente el
triunfo de la misma forma en que se había hecho en 1988 con
Cuauhtémoc Cárdenas y su coalición anterior al PRD, que
tenía componentes de ruptura “por izquierda” mucho más
acentuados que López Obrador.
Hoy
en México se vuelve a dar la situación de un presidente
con muy poca legitimidad pero apoyado en el poder de facto
del imperialismo, las cúpulas empresarias y la burocracia
estatal, especialmente la del aparato judicial. El régimen
mexicano es una versión levemente más refinada de una
famosa frase del dictador nicaragüense Anastasio Somoza
(padre) a un periodista extranjero que le reprochaba haber
prometido elecciones libres y, posteriormente, reincidir en
el fraude. Somoza le contestó: “Prometí elecciones
libres, no escrutinios libres”. Felipe Calderón,
candidato del PAN, el nuevo PRI, ha sido ratificado como
presidente electo por la Suprema Corte. La transición a una
democracia burguesa “normal” es una asignatura pendiente
que, hasta ahora, parece ser difícil de conseguir en los
marcos del régimen.
Como
es sabido, López Obrador ha movilizado a su base social,
generando los multitudinarios acampes contra el fraude en
todo el país. Sin embargo, este proceso de movilización es
profundamente contradictorio con la lógica de
funcionamiento “carrerista” de su propio partido, muy
integrado al régimen. Ni los intendentes ni los diputados o
cualquier funcionario del PRD que haya llegado a obtener un
cargo en el estado burgués va a ponerlo en riesgo a causa
de una abstracción tan vaporosa, para ellos, como la
“soberanía popular”. Por eso, en lo que de ellos
dependa, su “oposición” tiene patas cortas.
Nota:
1.
La forma mexicana de partido único surgida de la revolución
tuvo, en el transcurso del tiempo (1929-1999), varias
denominaciones. Estas fueron: Partido Nacional
Revolucionario, luego Partido de la Revolución Mexicana y
finalmente, acompañando su lento declive, Partido
Revolucionario Institucional (PRI).
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