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XXI
Encuentro de la mujer en Jujuy
Feminismo
y socialismo
Del
13 al 15 de octubre se desarrollará un nuevo Encuentro de
la Mujer en la capital jujeña. El MAS estará presente con
un importante contingente. Viajarán al evento compañeras
de la agrupación de género Las Rojas, compañeras del
Frente de Trabajadores Combativos, de la corriente juvenil
Ya Basta!, trabajadoras del Garrahan, docentes del Suteba,
compañeras de prensa y una delegación de Carne Clasista,
entre otras. El objetivo es, partiendo del hecho que tiñe
toda la actualidad política, la campaña por la aparición
de López, plantear una batalla política por el aborto
libre y gratuito, contra la política del gobierno K cómplice
de la opresión patriarcal y eclesiástica y por la libertad
de Romina Tejerina, presa en la misma ciudad donde se
realiza el encuentro. Reproducimos a continuación un texto
de Las Rojas que se presenta como contribución al
debate más general.
“Cada
socialista reconoce la dependencia del obrero al
capitalista, y no puede comprender que otros, y sobre todo
los capitalistas, no pueden reconocerlo también. Pero el
mismo socialista no reconoce con frecuencia la dependencia
de las mujeres respecto de los hombres, porque el problema
le afecta más o menos de cerca”. (August
Bebel)
El
recorrido de la lucha de las mujeres está cruzado por los
debates entre feminismo y marxismo. El feminismo es una
corriente que contiene muchas posturas a su interior: desde
las que no ponen en cuestión al capitalismo, ya que
retocando aquí o allá la democracia burguesa, se lograría
la igualdad para las mujeres, hasta las que plantean que hay
que terminar con el sistema capitalista para conseguir la
liberación del género femenino. Adelantemos desde ya que
nos inscribimos en esta última corriente.
Género,
género, género
La
variante más extendida del feminismo a secas está
organizado en los ámbitos académicos y ONGs, muchas de
ellas subvencionadas por altruistas organismos del Primer
Mundo.
Básicamente,
las posiciones que sólo ven la cuestión de género en sí
misma consideran que la existencia del capitalismo y el
hecho de que sea el sistema que rige a nivel mundial es algo
que se puede pasar por alto. Esto en la versión ingenua. En
realidad, estas posiciones parten de la base que el sistema
capitalista es todavía perfectible, y de lo que se trata es
de luchar por el reconocimiento de las mujeres o por
conseguir la igualdad de las mujeres en todos los planos con
los varones. Se denuncian las instituciones por ser
patriarcales, entendiendo esto por discriminación hacia las
mujeres. De lo que para ellas se trata es de pelear por la
llamada ciudadanía de las mujeres, es decir, por aumentar
la representación política de las mujeres, lo que redundaría
en mejorar nuestras condiciones de vida. A la vez, el
aumento de la representación política consiste en
conseguir que más mujeres lleguen a altos puestos en
empresas y gobiernos. Esto redundaría no sólo en el
reconocimiento de las mujeres, que como género hemos sido
olvidadas por la historia, sino que además ampliaría
efectivamente la democracia. En estos análisis, se sostiene
que la pobreza y la exclusión que afectan a millones de
mujeres se podrían ir resolviendo con “políticas
activas” contra la discriminación de género, a través
de lo que se llama el “empoderamiento” de las mujeres
para delinear su propio destino.
Algunos
sectores llegan a expresar un profundo desprecio hacia las
organizaciones de trabajadores y trabajadoras, como los
partidos de izquierda, y cualquier posición política es
calificada de patriarcal, lo que por supuesto dificulta el
debate.
Todo
esto refleja una incomprensión de la profundidad de lo que
significa el patriarcado, ya que no se ve su funcionalidad
con respecto al sistema capitalista. Se ubican todas las
luchas sociales en el marco de no cuestionar la existencia
del capitalismo. Se plantea como desafío encontrar
estrategias que permitan articular sus luchas con los de
otros movimientos: campesinos, derechos humanos, ecologistas
y otros para impulsar los retoques que requiere la sociedad
actual. Esto finalmente conduce al embellecimiento del
capitalismo y, por ende, al sostén del propio patriarcado.
Clase,
clase, clase
La
política de la mayoría de la izquierda refleja la tensión
de los debates contra lo que se denomina el feminismo burgués.
Esto provoca una suerte de miedo a pecar de excesivamente
feministas y poco clasistas. Se toma la cuestión de género
como una problemática de reivindicación parcial. La lógica
es extremadamente reduccionista: como el capitalismo ha
resuelto todas las contradicciones anteriores en el
antagonismo fundamental entre burguesía y proletariado,
cualquier otra opresión sería secundaria o se subsume
hasta desaparecer en esta relación principal. Como el
capitalismo tiende a proletarizar a las masas, arroja también
a las mujeres al mercado laboral, con salarios más bajos
que los de los hombres. Por lo cual estaría bien luchar
simplemente por la equiparación salarial. En esta concepción
se olvida que las mujeres seguimos realizando el trabajo doméstico,
y entonces sufrimos doble opresión: como obreras y como
mujeres. Haciendo la revolución socialista automáticamente
se resolverían todas las demás opresiones (de género, de
nacionalidad, de raza). De esto se deduciría que plantearse
la lucha feminista es una lucha antihombres, que desconocería
la división social en clases y conduciría a la conciliación
de las mujeres obreras con las mujeres burguesas.
Esto
niega la existencia del patriarcado como relación de opresión
específica. Las reivindicaciones parciales, como la
lucha por la legalización del aborto o por la equiparación
salarial, son bienvenidas mientras se las mantenga en un
plano limitado. Y la opresión es entendida como algo que
está en el plano de las ideas o que no tendría fundamento
material. O, en una versión mas refinada de lo mismo, se
tiene en claro que el capitalismo es el único responsable
de esto y por lo tanto el simple punto final de toda la
cuestión.
Esta
idea es parte del mito estalinista de que la opresión sobre
las mujeres habría sido suprimida automáticamente con la
revolución rusa. Al “abolirse” las diferencias de clase
(cosa que tampoco ocurrió, producto de la burocratización)
se habría dado por tierra con todas las demás
contradicciones. Pero en el fondo, refleja un temor
reaccionario a creer que presentar las otras contradicciones
sería desafiar la centralidad de la clase obrera como
sujeto del cambio revolucionario, cuestión que de ninguna
manera se deduce del razonamiento que defendemos de que la
lucha de género tiene una especificidad no reducible a la
explotación de clase.
Lucha
de clases y lucha de género
El
patriarcado implica que la dominación de las mujeres por
los hombres constituye un sistema, una relación social que
se vuelve orgánica. Y es muy anterior a la aparición del
capitalismo. Cualquier análisis serio del origen de la
opresión sobre las mujeres parte de que la primera división
social fue la división sexual del trabajo. Y con la aparición
de la propiedad privada, pasó de ser una división
cooperativa basada en condiciones físicas a convertirse en
una división opresiva. El patriarcado implicó que la
primera opresión fue la del género masculino sobre el
femenino. El género explica el aspecto social de la división
sexual. Es el aspecto construido del y sobre el sexo
diferente de la constitución biológica. Esto significa que
tareas, atributos, formas de ser, que son inculcadas por la
sociedad, aparecen como naturales. Las mujeres seríamos por
naturaleza cuidadoras, buenas, solidarias, sumisas, nos
gusta limpiar y el sexo no nos interesa. Engels llamó a
esto la derrota histórica del sexo femenino. Desde
entonces, el patriarcado sobrevivió a todas las sociedades.
Donde hay un sector social que vive del trabajo ajeno,
existe también el patriarcado. Esto denota la unidad dialéctica
entre las relaciones de explotación y las de opresión. Lo
que implica las relaciones de unidad y a la vez de
especificidad entre una y otra problemática.
El
capitalismo ha podido resumir los antagonismos generales de
la sociedad en uno fundamental, que es la explotación por
parte de una clase minoritaria, la burguesía, sobre la
mayoría que conforma la clase trabajadora. Pero esto no
“resuelve” otro tipo de contradicciones que no son específicamente
de clase, como es el caso de la opresión de género, aunque
la integre en una nueva totalidad.
Categorizar
la opresión de género como un mero subproducto de la
explotación de clase desconoce la relación entre la
existencia del patriarcado y la lógica de funcionamiento
del capitalismo. Patriarcado y capitalismo son solidarios
entre sí, ya que las mujeres como género estamos obligadas
a realizar una serie de tareas que no entran en la esfera
del funcionamiento del capital, pero que le son necesarias.
Todo el trabajo realizado en el ámbito de lo privado lo
resolvemos las mujeres como género (sin olvidar que las
burguesas explotan a otras mujeres). Somos la primera
variable de ajuste de todas las crisis capitalistas. Las
primeras en sufrir la desocupación y las que cobramos
salarios más bajos.
El
combate contra la opresión hacia las mujeres no es una
lucha de reconocimiento. Es por terminar con todo un sistema
que tiene una base material. El patriarcado implica que la
historia de la humanidad se escribió siempre en masculino,
negando a las mujeres y, por lo tanto, negando la
posibilidad de una humanidad plena.
Las
clases y el género tienen que desaparecer. La lucha es por
terminar con todo tipo de explotación, con la existencia de
una clase parásita que vive del trabajo de la mayoría, y
de terminar con la opresión de todo el género masculino
sobre todo el género femenino.
Pero
bajo el capitalismo, esto une y no puede dejar de unir la
lucha contra la opresión de la mujer al destino histórico
de la clase obrera. Se trata de una lucha en dos frentes:
tanto contra aquellos sectores que separan la lucha contra
la opresión de género de la lucha por acabar con la
explotación capitalista de la clase obrera, como también
contra aquellas corrientes de izquierda que tienden a diluir
la especificidad de la lucha contra el patriarcado en la
lucha por acabar con la explotación obrera.
En
el primer caso, lo que se pierde de vista es que la lucha
contra la opresión de la mujer está unida por mil lazos de
solidaridad a la lucha de la clase obrera contra la
explotación capitalista y por el socialismo. Esto es así
en la medida en que no hay manera de crear las condiciones
materiales para acabar con las relaciones de opresión y,
entre ellas, la del género, sin acabar con la explotación
del sistema que es la base sobre la cual se levanta el
edificio del resto de las relaciones de desigualdad social.
Hay
una rebeldía primaria contra las miserias de la vida, por
condiciones mínimas para una vida mejor, como la lucha por
no morir por aborto clandestino, por conseguir trabajo y por
aumento de salario. Al mismo tiempo, una lucha feminista que
sea verdaderamente revolucionaria se plantea en todos los órdenes
de la vida. Y se plantea en el combate frontal contra el
sistema que es capitalista y patriarcal: para terminar con
el hecho de que la mayoría trabaja, vive y muere para
disfrute de unos pocos ricos. Y para que las mujeres no
seamos más simple objeto de satisfacción de las
necesidades masculinas. Por eso somos feministas
socialistas.
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