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Carta
de lectores
Verso
y negocio en la salud “pública”
Hace
un año y medio que padezco esclerosis múltiple, que me
imposibilita caminar por ser una enfermedad del sistema
nervioso. Empiezo a hacer gestiones en el Gobierno de la
Ciudad y me topo con una Comisión para la Plena Participación
e Integración de las Personas con Necesidades Especiales
(COPINE), dependiente de la Subsecretaría de Derechos
Humanos del Gobierno de la Ciudad. “Es una herramienta
para hacer efectivo el reclamo, el cumplimiento de los
derechos de las personas con necesidades especiales,
teniendo como eje fundamental la participación
ciudadana”. Bla, bla, bla.
Además,
la ley 471 del Gobierno de la Ciudad, en su Cap. XV, art.
63, dice: “El Poder Ejecutivo establecerá los
mecanismos y condiciones a los fines de garantizar el
cumplimiento del cupo previsto para las personas con
necesidades especiales de conformidad con lo establecido
en el art. 44 de la Constitución de la Ciudad Autónoma de
Buenos Aires, debiendo asegurarse además la igualdad de
remuneraciones de estos trabajadores con los que
trabajadores que cumplan iguales funciones en el ámbito de
la Ciudad de Buenos Aires”.
Hace
un año y medio que estoy anotada como trabajadora gráfica,
que es mi oficio, y todavía estoy esperando que me llamen.
Pura mentira, pura farsa. Lo único que me han dado es un
pase para el transporte público y para ver algún espectáculo.
A
los discapacitados se nos sigue discriminando. No nos matan,
¡menos mal! ¡Falta poco! No se nos mata contra el paredón,
pero esto se le parece bastante.
Porque
además de no darme trabajo tampoco me dan la pensión por
invalidez. Están haciendo tiempo. Están esperando que la
gente discapacitada se muera.
Pero
de sus negocios no se olvidan. Ahí sí cumplen los
compromisos. A partir del diagnóstico de la enfermedad, me
derivan del mismo hospital público a un equipo de tres médicos
neurólogos que trabajan para un laboratorio El laboratorio
experimenta. Yo firmé un contrato con ellos, soy paciente
exclusiva de ellos y están probando una droga. En la
preocupación por encontrar una mejoría, otros pacientes y
yo firmamos como un contrato de alquiler de nuestro cuerpo
para que ellos experimenten. En realidad, no es para
curarme, la droga lo que hace es prevenir otros posibles
ataques y lesiones. Más o menos como un “conejillo
de Indias”. Ahora el término es más fino. Nos llaman
“pacientes de protocolo”.
Cada
tres meses me analizan y me dan los remedios. Hay una
rivalidad entre laboratorios, que están peleando para ver
quién se queda con la famosa patente del remedio. Quién lo
saca primero al mercado. El laboratorio te financia sólo el
remedio, no las terapias de rehabilitación, kinesiología,
etc. Si te agarra una gripe, no les importa nada. A ellos lo
que les importa es el efecto del remedio. Un día le pregunté:
“Dra., ¿me puedo vacunar contra la gripe?” Porque
esta droga te baja las defensas. “Sí, no hay ningún
problema”. Total, qué les importa. Si ellos están
probando. Te dan un frasquito que no sabés lo que tiene,
porque lógicamente su fórmula no se da a conocer.
Como
trabajadora y socialista, hago esta denuncia de una cara más
de la barbarie capitalista.
Tana
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