|
Palestina,
Israel y Medio Oriente: la necesidad de un debate programático
Por
un Estado único, laico y democrático en
toda Palestina
Por
Roberto Ramírez
“Cuando
estás en un check point, los obligas esperar
[a los palestinos] mucho más de lo necesario, a veces
durante horas, y coges a un palestino al azar y le das una
paliza, de cada quince o veinte que pasan, para que el resto
tenga miedo y esté tranquilo. Sólo así tú, que estás
con cuatro soldados más, los dominas a ellos que son
miles.” (“Confesiones de un soldado israelí”)
El
genocidio del Estado de Israel en Gaza y ahora en Líbano
pone al rojo no sólo el combate contra este monstruo
alimentado desde EEUU. También hace más que nunca actual,
entre los luchadores involucrados, el debate de un programa
de fondo en relación a Israel, Palestina y Medio
Oriente. Tanto en la izquierda mundial como en los
movimientos de resistencia palestinos, esta cuestión tiene
una larga historia. Comenzamos por recordarla.
El
abandonado programa fundacional de la OLP
La
Organización de Liberación de Palestina (OLP), fundada en
Jerusalén en mayo de 1964 y encabezada por el extinto
Yasser Arafat, unificó a las principales corrientes políticas
y de la resistencia alrededor de un eje programático: la
lucha por establecer en todo el territorio de Palestina un único
Estado laico, democrático y no racista, con plena igualdad
de derechos para todos sus habitantes, árabes o judíos.
Estado
laico significa que no estará basado ni sostendrá ninguna
religión “oficial”, ni islámica, ni judía, ni
cristiana. Un Estado Palestino laico no se basará ni en el
“Antiguo Testamento y los profetas de Israel” (como es
el caso del actual Estado sionista, de marcado carácter no
sólo racista sino teocrático), ni tampoco en la “sharî‘a”
(derecho islámico tradicional). Al mismo tiempo, garantizará
a cada uno de sus habitantes una total libertad de practicar
el culto que deseen, o de no tener ninguna religión si así
lo prefieren.
Los
Acuerdos de Oslo pusieron a prueba el programa de los dos
estados
Pero
la OLP finalmente abandonó este programa, en función de
los llamados “Acuerdos de Oslo” firmados con
Israel bajo el auspicio de EEUU en 1993. Estos Acuerdos tenían
como punto nodal el reconocimiento de Israel por
parte de la OLP. La consecuencia expresa era reemplazar el
anterior programa por el del establecimiento de dos
Estados. O sea, junto al Estado de Israel, constituir un
Estado Palestino en los Territorios Ocupados por el Estado
sionista en la guerra de 1967 (Gaza, Cisjordania y el este
de Jerusalén).
Los
“Acuerdos de Oslo” fueron un clásico ejemplo de “concesión-trampa”.
Israel y el imperialismo daban algo (el establecimiento de
la Autoridad Nacional Palestina en Cisjordania y Gaza, con
Arafat a la cabeza) a cambio de mucho (el reconocimiento de
Israel sin siquiera irse de los Territorios Ocupados en
1967)... y con la perspectiva de liquidar así la lucha
palestina y recuperar mucho más después...
Esto
fue producto de condiciones muy contradictorias a
escala mundial y de Palestina. La primera Intifada
(estallada en 1987) había puesto en crisis la ocupación
israelí en Cisjordania y Gaza. Pero, contradictoriamente,
esto se producía en medio de la ofensiva global del
imperialismo iniciada en los 80, la avalancha de derrotas
cuyo pico fue la restauración capitalista en la ex URSS y
el Este, la guerra del Golfo contra Irak, la bancarrota del
nacionalismo burgués en Oriente Medio y en todo el Tercer
Mundo, la oleada imparable de la globalización neoliberal y
la borrachera de la burguesía mundial por el “fracaso del
socialismo”.
Pero
esta capitulación de Arafat y la OLP no fue inmediatamente
visible para las masas palestinas, que festejaron como un
triunfo de su lucha el pedazo de tierra obtenido: la
constitución de la ANP y la instalación de Arafat en
Ramallah. En el campo del nacionalismo “laico”, sólo
algunos intelectuales lúcidos, como Edward Said,
denunciaron rotundamente la trampa de Oslo. La izquierda de
la OLP –posiblemente abrumada bajo los cascotes del Muro
de Berlín– apenas si balbuceó objeciones.
¿Quién
se plantó contra esa capitulación? Hamas y los
“islamistas”, una minoría que estaba por fuera de la
OLP y el nacionalismo “laico”. Al mismo tiempo, en los
90, Hezbollah, sus primos hermanos del Líbano, le daban la
gran paliza al Ejército de Israel que había invadido y
ocupado parte del país en 1982. Fue el Vietnam de los
sionistas y su retirada final en el 2000 marcó otro punto
de prestigio para esas corrientes.
Pero
lo que aquí importa es que a partir de los Acuerdos se Oslo
se puso a prueba el programa de los dos estados. El
resultado desastroso no puede ser más categórico. En vez
de avanzar hacia la constitución de un Estado palestino en
los Territorios Ocupados en 1967, lo que se “obtuvo” fue
la extensión y profundización allí de la colonización
sionista, con la consiguiente expulsión en masa de los
palestinos, hasta quedar encerrados en tres o cuatro guetos
o “bantustanes” rodeados de un muro de 8 metros de
altura. Ahora, las matanzas diarias en Gaza y luego el
genocidio en el Líbano han extendido el certificado de
defunción de Oslo, que había muerto hace rato.
El
fin de Oslo y la vuelta a la dura realidad
El
fin de las ilusiones de Oslo y la trágica demostración de
la utopía reaccionaria del programa de los dos estados
exigen un rearme programático, así como la
comprensión de las raíces de este fracaso.
Los
hechos han demostrado que aquí no se trataba de una mera
“disputa territorial entre dos pueblos” ni tampoco entre
estados más o menos “equivalentes”. Como sería, para
dar un ejemplo cercano, las disputas territoriales entre Perú
y Ecuador, que llevaron incluso a guerras fraticidas.
Israel
no es un estado “normal” (y no sólo por los principios
racistas, similares al extinto apartheid de Sudáfrica y
Rhodesia, que presiden y ordenan su régimen político). Lo
decisivo es que Israel constituye un enclave colonial que
existe en “simbiosis” con el imperialismo yanqui.
Entonces,
la relación con el resto de los pueblos y estados de Medio
Oriente, es la relación colonizador / colonizado. O
dicho en forma menos “teórica” y abstracta: es la
relación que describe Yehuda Shaul, el ex soldado israelí
que un día dijo basta. “Cuando estás en un check
point, los obligas esperar [a los palestinos] mucho más
de lo necesario, a veces durante horas, y coges a un
palestino al azar y le das una paliza, de cada quince o
veinte que pasan, para que el resto tenga miedo y esté
tranquilo. Sólo así, tú que estás con cuatro soldados más,
los dominas a ellos que son miles.” Pues bien: ésa
es la relación del Estado de Israel no sólo con el pueblo
palestino, sino con el resto del Medio Oriente.
Los
programas de Hamas y las corrientes islamistas tampoco son
salida
Las
corrientes islamistas tampoco son una salida programática
progresiva. Aunque, por supuesto, no cometemos el
“error” intencionado de la propaganda occidental, que
mete a todos los islamistas en la misma bolsa (rotulada
“talibán” o “Bin Laden” o “terroristas”) su
proyecto global de sociedad es reaccionario (en el
sentido de un forzado retorno a condiciones sociales hoy
desaparecidas donde, además, la clase obrera no tiene arte
ni parte) y encuadrado por completo en los
marcos del capitalismo.
Y
en lo concreto, en cuanto al Estado de Israel, sectores de
Hamas y otras corrientes han vuelto a jugar con la tesis de
los “dos estados” (aunque en forma más cuidadosa y
condicional que la OLP).
Reformular
el programa del Estado único, laico, democrático (y
socialista), en las condiciones del siglo XXI
Nos
parece, entonces que está planteada objetivamente la
necesidad de los militantes palestinos (y también de la
minoría de activistas judíos que allí se oponen a las
barbaridades del Estado de Israel) de debatir un rearme
programático.
Hay
algunos síntomas, aún muy pequeños, de que esto se está
planteando. Así, una corriente que reúne a activistas e
intelectuales árabes y judíos, que se expresan en la
revista Dialogue, retorna a la propuesta de un
solo estado: “La única solución para alcanzar la
paz en toda la región es el final inmediato de la ocupación
israelí, el derecho de los refugiados a retornar a sus
ciudades y aldeas de origen, y el final de la partición
racista de la Palestina histórica, con la formación de un
solo estado, garantizando el reconocimiento de iguales
derechos para sus componentes árabes y judíos” (Dialogue
– Review for Discussion Between Arab and Jewish Activist
of Palestine, Nº 10, agosto 2005).
Por
nuestra parte, y con las limitaciones que lógicamente
tenemos para desarrollar esto en forma más detallada y
concreta, pensamos que, tal como están las cosas, un nuevo
programa no podrá ser sólo ni aisladamente
“palestino”. En toda la región se está librando
una lucha sangrienta contra la aventura neocolonial de Bush
de forjar un “Nuevo Medio Oriente”. La fuerte
resistencia a este delirio colonialista ha puesto en crisis
al gobierno estadounidense. Sin embargo, no sólo no está
aún categóricamente derrotado, sino que las
alternativas a ese proyecto que están en danza, no
son progresivas. Ni las corrientes islamistas, ni el
intrincado juego diplomático de las “potencias
regionales” (como Irán) pueden ser una alternativa
beneficiosa para las masas trabajadoras y populares. El
mejor ejemplo de eso es el régimen de Irán, que vocifera
contra EEUU e Israel mientras calladamente sostiene al
gobierno títere de Iraq. Asimismo, la experiencia de los
estados capitalistas (como el de Egipto), que comenzaron
enfrentando al imperialismo para terminar negociando en
mejores condiciones, es una lección para tener en cuenta en
relación a Irán, Siria y otros gobiernos que expresan el
actual retorno de un cierto “nacionalismo” burgués.
Entonces,
sería un gran un paso adelante si aparecieran corrientes,
aunque sea minoritarias, que formularan un programa independiente
de todos los gobiernos y corrientes burguesas o pequeño
burguesas (sean “islamistas” o “laicas”). Dicho de
otra manera: la renovación del combate por un único
estado democrático y laico en Palestina se inscribe en
la lucha revolucionaria del conjunto de la región. Esta sólo
podrá ser consecuente si se ubica en una perspectiva
revolucionaria independiente y socialista: es decir, de
recuperación del rol central de las clases obreras de la
región que supieron tener mucho peso en países como
Egipto, Irak o Irán, encarnando la perspectiva de una
Federación Socialista. Es decir, en la perspectiva de la
lucha por el poder para las masas trabajadoras y populares
en todo Oriente Medio.
|