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Castro internado
¿Hacia
una Cuba sin Fidel?
Por
Marcelo Yunes
La
enfermedad de Fidel Castro y el traspaso de funciones a su
hermano Raúl generaron inquietud y polémica sobre los
pasos futuros de Cuba ante la eventualidad de la muerte del
líder histórico del Estado desde 1959. En lo que sigue, se
definen muy someramente algunos criterios iniciales para
ubicar políticamente la discusión y se sugieren escenarios
alternativos.
La
noticia de los problemas de salud de Fidel Castro generó
inmediatamente una algarabía total entre la gusanería de
Miami (los exiliados cubanos anticastristas, que forman uno
de los lobbies más poderosos y derechistas de EEUU). El
anticomunismo desatado, al mejor estilo de la Guerra Fría,
sumado al desprecio por el pueblo cubano y su admiración
por los valores y “estilo de vida” del imperialismo
yanqui hacen de los “festejos” de los gusanos un
espectáculo repugnante. Revuelve las tripas de
cualquiera que no forme parte de esa cohorte de ex o
actuales capitalistas, delincuentes comunes y / o piojos
resucitados.
La
defensa de Cuba frente al imperialismo y los gusanos es
incondicional
No
menos repulsiva, aunque menos visible, debe ser la
satisfacción de Bush y la plana mayor del imperialismo
yanqui ante la posibilidad de un cambio, sobre todo, en el régimen
político y social de la isla, empezando por uno de sus
pilares: la propiedad estatal de los medios de producción
fundamentales.
En
ese sentido, es una obligación de cualquier
militante o corriente socialista –aun de aquellas que NO
consideramos que Cuba sea “socialista” o al menos un
“estado obrero”, como señalamos en recuadro aparte– la
defensa incondicional de las conquistas sociales de
la revolución que han dado justa fama a Cuba, la no
presencia de empresas capitalistas en algunas esferas de
la economía –no en todas–, y el carácter
independiente del imperialismo del Estado cubano.
Ante
la incertidumbre que sin duda generaría una transición
hacia una Cuba sin Fidel, es evidente que el imperialismo
yanqui va a querer meter la cola, y para eso cuenta con
una cuña: precisamente, la clase capitalista expulsada de
Cuba tras la revolución anticapitalista de 1959, que es
la que, afincada en Miami, dirige a toda la comunidad cubana
exiliada y tiene un importante peso en la definición de la
política del Departamento de Estado yanqui hacia la isla.
Por
eso, a la defensa de las conquistas revolucionarias
agregamos: ¡Fuera las manos gusanas de Cuba y la política
cubana! ¡Rechazo inmediato a cualquier tentativa de
intervención yanqui, por cualquier vía, en la vida política
y social cubana! ¡No a la restitución de las propiedades
industriales, agrícolas o inmobiliarias a los gusanos!¡Son
los trabajadores y el pueblo cubano los que deben decidir
democráticamente el futuro del país!
No
obstante, con lo necesario que es cerrar filas ante
cualquier intento del imperialismo de agredir a Cuba, esto
no agota de ninguna manera la cuestión. Hay toda una
serie de gravísimos problemas en el régimen político
y social cubano a la hora de plantear una auténtica
perspectiva socialista y de clase que no pueden dejar de
señalarse. Y es un grave error, una supervivencia de las prácticas
estalinistas, suponer –como suelen hacerlo los PCs en América
Latina, pero no sólo ellos– que cualquier crítica, así
sea desde un punto de vista socialista revolucionario, “le
hace el juego a la derecha” o a los yanquis. Por el
contrario, estamos firmemente convencidos de que la mejor
manera de colaborar para que Cuba rechace las pretensiones
imperialistas es defender lo que hay que defender y
luchar revolucionariamente contra lo que nos parece
indefendible, y que viene socavando a cada paso las
conquistas sociales que aún restan.
Un
régimen bonapartista donde las masas no deciden
El
régimen político de Cuba hoy está basado sobre una figura
exclusiva y excluyente: Fidel Castro, que concentra una
serie de cargos y funciones que lo convierten –sumado a su
innegable prestigio como dirigente de la revolución
cubana– en la principal institución política de la isla.
Esto se ha vuelto un problema desde hace un tiempo, porque
la absorbente figura de Fidel ocupa tanto espacio político
que el problema de su salud –es decir, de su existencia física–
y, por extensión, el de su “sucesión”, se convierten
en secretos de Estado.
Esto
es profundamente negativo, y revela hasta qué punto los
trabajadores y el pueblo cubano están excluidos de una vida
política que les permita tener arte y parte en las
decisiones de un Estado que se denomina a sí mismo
“socialista”.
Y
esto no tiene nada que ver, por supuesto, con los lamentos
de los liberales burgueses por la inexistencia de
instituciones “democráticas” como el Parlamento. En los
países capitalistas, que haya Parlamento o elecciones cada
tantos años no modifica en casi nada la falta de
participación efectiva de las masas populares en la
vida política.
El
problema no es la ausencia de una clase política a sueldo
de los capitalistas, organizada en partidos-cáscaras mediáticas
como los que conocemos aquí. El problema es la ausencia
de mecanismos reales de organización, participación y
decisión de los trabajadores y el pueblo por fuera del
partido único.
En
eso, el régimen cubano difiere muy poco de las viejas
dictaduras estalinistas, y lo más grave es que el
descontento (larvado, soterrado, pero real) de amplios
sectores con ese estado de cosas puede ser aprovechado por
la propaganda imperialista de la “libertad” (para los
ricos) y de la “democracia” (para los gusanos de Miami).
Es decir, la falta de organismos propios, partidos y
libertades de los trabajadores y los sectores populares sobre
la base de la defensa de la revolución y sus conquistas,
termina siendo un argumento servido en bandeja para la prédica
engañosa de Radio Martí y la gusanería, cuyo objetivo es
arrasar con todo vestigio de la revolución de 1959.
Es
en este contexto que se explica por qué el pueblo cubano es
espectador pasivo de conciliábulos, negociaciones y
discusiones sobre la “transición” que se efectúan por
arriba, en las “altas esferas” del PCC. Una política
socialista digna de ese nombre apuntaría a poner en tensión
a las masas populares, a desarrollar su participación, su
intervención y su capacidad de decisión. Pero, lógicamente,
es muy difícil emprender en el momento de “crisis” un
camino que ha sido sistemáticamente bloqueado, negado e
impedido por la dirección del PCC desde hace décadas.
Un problema que hace al carácter mismo de la revolución,
anticapitalista pero no auténticamente autodeterminado y
socialista.
Puede
decirse que el régimen político cubano tiene fuertes
rasgos de lo que en marxismo se llamó bonapartismo,
en el sentido de que una personalidad supuestamente
providencial (un “Bonaparte”) reemplaza con su carisma
el orden “institucional” (en el caso socialista, la
autoorganización obrera). La figura de Fidel actuó y actúa
como sucedáneo o reemplazo de cualquier mecanismo de
organización democrática, discusión y toma de decisiones desde
abajo de los trabajadores y el pueblo cubano. Hay
incluso elementos de un claro culto a la personalidad –al
estilo de lo que sucedía con Stalin en los años 30 y
40–: “Fidel es el que más sabe; nadie puede decidir
mejor que Fidel; dejemos todo en manos de Fidel”...
Y
cuando eso no es posible, como ahora, todo el aparato del
PCC cruje mientras al pueblo cubano se lo mantiene al
margen de los “secretos de Estado”. Es decir, queda por
fuera de las decisiones fundamentales, que quedan a
cargo de la burocracia del Estado y el partido.
Cuatro
escenarios
Sin
duda, aún es prematuro aventurar cuál será el desenlace
de esta “transición” que se abre. Por otra parte, aun
en el caso de un restablecimiento de Fidel, el problema de
la “sucesión” ya estará sobre la mesa de todos modos.
Sin embargo, vemos esencialmente cuatro eventuales
desarrollos posibles (como variantes “puras” que
admiten, por supuesto, todo tipo de combinaciones).
El
primero es un relativo mantenimiento del statu
quo en el régimen; es decir, una transición
“ordenada” y que no genere mayores cambios. Podríamos
llamarlo el castrismo sin Fidel, o el reemplazo de un Castro
por otro, sin que eso afecte sustancialmente las bases políticas
y sociales de Cuba.
Si
bien a corto plazo es quizá lo más probable, en
realidad se trataría, justamente, de una transición
a alguno de los otros escenarios, por varias razones. La
primera y obvia es que Raúl Castro tampoco es precisamente
joven, y la disponibilidad de Castros para ocupar la máxima
magistratura es limitada. Pero más importante es el hecho
de que seguramente Raúl no tendrá el espacio y capacidad
política de Fidel, y deberá atender, más pronto que
tarde, a consolidar alguna forma de institucionalidad política
y social –¿burocrática? ¿capitalista? ¿“mixta”?–
en reemplazo de la que ocupaba Fidel.
La
segunda posibilidad es la que entrevén los gusanos
de Miami y el imperialismo yanqui: alguna forma de regreso
de la burguesía exiliada. Cabe recordar que la burguesía
cubana exiliada es una clase social en toda la regla,
que ha conservado sus títulos de propiedad desde 1959
y que hasta tiene hecho un catastro, hectárea por hectárea,
de la superficie de territorio cubano de la que se considera
“propietaria”. El regreso de la gusanería, en medio
de cánticos a la “libertad” y la “democracia”,
significaría entonces de hecho un escenario de guerra
civil; algo que ya atisban con alarma muchos analistas
yanquis e incluso cubanos exiliados no tan gusanos como los
de Miami.
Si
Bush se juega por defender un regreso “con gloria” de
los gusanos, lo que se avizora es un espectro de intervención
abierta y enfrentamientos armados, que plantearía con
todo a cualquier fuerza de izquierda (o simplemente democrática)
el deber de ponerse en la primera fila y sin condiciones
contra todo intento gusano-imperialista de avasallar al
pueblo y al estado cubanos.
Por
otra parte, en las actuales condiciones políticas para
el imperialismo yanqui –con serios problemas en Medio
Oriente y con una fuerte crisis de legitimidad y hegemonía
en todo el mundo–, no parece ser éste el desarrollo más
probable, por los inmensos problemas políticos,
militares y estratégicos en su relación con la región que
le acarrearía a EEUU. Pero tampoco puede descartarse
de plano, habida cuenta del peso del lobby gusano, que tiene
llegada directa a Jeb Bush, gobernador del estado de
Florida, y al resto del núcleo neoconservador “halcón”
del gobierno de George W. Bush.
El
tercer escenario pasa por el fortalecimiento de una
tendencia que el propio Fidel venía esbozando: apoyarse
en una política de acuerdos con estados capitalistas que
no adhieren al bloqueo yanqui, en particular de América
Latina y algunos imperialismos europeos. Si los convenios
con España, Francia y Canadá, entre otros, por inversiones
en hotelería (durante los 90) parecían apuntar al rápido
desarrollo de un sector capitalista dentro de la isla, la
actual tendencia implicaría –sin desandar lo hecho en ese
terreno– una “integración” al ámbito económico
latinoamericano vía el Mercosur, con un control mayor de
las relaciones económicas internas por parte del régimen.
Ésa
es también una de las claves que permite interpretar la
política exterior de Cuba bajo Fidel, que aun siendo
por supuesto totalmente independiente del imperialismo
yanqui, no tuvo –como mínimo, desde la muerte del Che–
el norte de desarrollar procesos revolucionarios
anticapitalistas, sino más bien el de apoyar y alentar a
los gobiernos burgueses “amigos”, es decir, que
colaboraran con la autopreservación de la burocracia del
PCC.
Así
fue, por ejemplo, con los sandinistas del FSLN a fines de
los 70, a quienes expresamente les pidió que “no hicieran
una Cuba en Nicaragua” –es decir, que no expropiaran a
la burguesía–, sino que acordaran con los capitalistas
menos somocistas. El mismo consejo le dio al Frente
Farabundo Martí en El Salvador en los 80. Más cerca en el
tiempo, no hay más que recordar el entusiasta discurso de
loas a Kirchner en Buenos Aires en 2003, o su reciente apoyo
a la reelección de Lula.
Por
supuesto, Cuba y Fidel tienen el derecho de hacer acuerdos
económicos circunstanciales con quien sea; lo que es
totalmente objetable, en la mejor tradición revolucionaria
de Marx y Lenin, es que se dé apoyo político a los
gobiernos y estados capitalistas. Ésa es, por el contrario,
la postura clásica de los regímenes estalinistas como el
de la URSS, para los cuales su autopreservación estaba por
encima de cualquier consideración política o de
principios.
En
este marco, el reciente acercamiento entre Cuba y el
Mercosur no significa que las economías del Mercosur giran
hacia el “modelo cubano”, sino más bien lo contrario:
que la economía cubana, todavía hoy esencialmente no
capitalista, apunte a ubicarse en un marco comercial
definidamente capitalista, acaso como preludio al giro
hacia alguna forma de “capitalismo de Estado” con
régimen de propiedad “mixta” (privada-estatal) en
el que la burocracia pueda mantener su posición dominante y
sus privilegios. Es posible que éste sea, si no el más
probable, al menos el rumbo hacia el que tratará de
orientarse la dirección del PCC post Fidel.
Poner
en pie la tradición del socialismo revolucionario
Para
los socialistas revolucionarios queda plantear la necesidad
de un cuarto camino, muy difícil pero absolutamente
imprescindible: el del desarrollo de la organización
independiente, democrática y desde abajo de los
trabajadores y el pueblo. Ésa es, si no la única, la
mejor garantía de frenar cualquier intento del imperialismo
yanqui y los gusanos disfrazados de “guardianes de la
libertad”; así como del necesario curso independiente
frente a la burocracia castrista que, como capa social
privilegiada, ha venido subordinando los intereses de los
explotados y oprimidos de la isla a los suyos propios.
También, para que las decisiones necesarias para defender
lo conquistado y avanzar en un sentido auténticamente
obrero y socialista recaigan sobre organizaciones que
representen de manera genuina la voluntad de las mayorías
populares, con total diversidad y libertad de opinión
sobre la base de la defensa de la revolución y del rechazo
a la intervención yanqui.
Para
esto mismo, en el plazo más breve, está planteado poner en
pie en la isla la auténtica tradición del marxismo
revolucionario: la de Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburgo,
en el sentido de dar pasos en la construcción de un
partido socialista revolucionario de la clase obrera,
delimitado tanto de la tradición estalinista y socialdemócrata
como castrista.
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