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Acuerdo
CGT-Patrones y gobierno
El
salario del hambre
El viernes
28/07 el “Consejo del Empleo, la
Productividad y el Salario Mínimo”, por consenso,
subió en cuotas el salario mínimo. Éste
se incrementará de 630 a 760 pesos a partir de agosto; se
elevará a 780 desde septiembre y, finalmente, en noviembre
será de $800 en bruto. A esto hay que descontarle
cerca del 13% de cargas previsionales y sociales, es decir,
que un trabajador sin hijos cobrará en mano en noviembre
cerca de $691. Más allá de cómo el gobierno, los
empresarios y la burocracia prestaron los números
(agregaron $120 de asignación por dos hijos y una doceava
parte correspondiente al aguinaldo), de todas formas, se
dibuje como se dibujen los números, no cambia el contendido
de las cosas: un reparto de la torta que condena a los
trabajadores a vivir en la pobreza.
Según
los datos oficiales, cerca de 770.000 trabajadores se
“beneficiaran” de este incremento: aquellos a quienes
sus mínimos de convenio estén por debajo de esa cifra.
Pero esta miseria ni siquiera es aplicable a 4,5
millones de trabajadores en negro: quedan afuera cerca
del 44% de los trabajadores en relación de dependencia.
Para este sector, la política oficial del gobierno la dictó
el ministro Tomada rogándoles a los empresarios que tienen
trabajadores en negro que “no despidan a los empleados que
pidan un aumento al mínimo”...
Tanto
la CGT como la CTA (que finalmente no firmó el acuerdo)
fueron a reclamar un salario mínimo que sea igual a la
canasta de pobreza. Su propuesta consolida la
fragmentación de los trabajadores en tres grandes
categorías: los indigentes (con un ingreso que no
supera los $370); la media del hambre en que están incluido
la mayoría de los trabajadores del país (la canasta de
pobreza alrededor de los $860) y los asalariados
“privilegiados” que cobrarían cerca del salario mínimo:
es decir, alrededor de $2.000.
Recordemos
que la Ley de Contrato de Trabajo da una clara definición
de los que es el salario mínimo: es “la menor
remuneración que debe percibir en efectivo el trabajador
sin cargas de familia, en su jornada legal de trabajo, que
le asegure alimentación adecuada, vivienda digna, educación,
vestuario, asistencia sanitaria, transporte, esparcimiento,
vacaciones y previsión”… Hoy, la misma CGT estima el
salario mínimo en $1.900 y la CTA calcula este valor en
unos $2.200.
Enfrentar
a la burocracia. Apoyar a los que luchan. Por un básico de
$2.200
“El
consenso que se alcanzó en el Consejo de Salario es
resultado del equilibrio y el dialogo maduro que mantuvieron
las partes en la negociación”, dijo Tomada en el acto de
la firma. En realidad, la fijación del salario mínimo es el
último acto del acuerdo antiobrero entre el gobierno, la
burocracia y la patronales que garantiza, entre otras cosas,
que la patronal se quede íntegramente con la productividad,
que garantiza la tasa de ganancia empresaria más alta en la
historia argentina y que el crecimiento récord de los últimos
años esté apoyado sobre las espaldas, el sudor y el
salario de los trabajadores. Este acuerdo antiobrero
comenzó poniendo un techo del 19% a los reclamos salariales
y un cepo a las luchas que empezaban a darse a principio de
año. Ahora, se le intenta poner un punto final a la
discusión salarial y se la condiciona para el año próximo.
Sin embargo
y a pesar de este acuerdo, se está desarrollando en
forma tan profunda como molecular, un proceso de recomposición
que se manifiesta en el surgimiento de una nueva generación
obrera que está haciendo sus primeras “armas” y
eligiendo nuevos delgados honestos y luchadores.
El
desarrollo de estas experiencias, sumado a apoyar a los que
están luchando, como es el caso de los docentes en Córdoba,
los trabajadores de la salud de esa misma provincia y otros,
es la forma concreta de luchar contra el acuerdo antiobrero
de la burocracia, el gobierno y la patronal, junto con una
fuerte campaña por un básico que sea un mínimo de
dignidad, es decir, no inferior a los $2.200, y no un
“mínimo” que se convierte en máximo de $850 de hambre
y pobreza.
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