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La crisis de Medio Oriente
El fracaso del proyecto imperialista
Por Roberto Rámirez
Lo que comenzó como una crisis “local” –el brutal ataque de Israel en
Gaza– se transformó en pocas semanas en un enfrentamiento armado con la
única fuerza árabe que logró en su momento derrotar al Ejército sionista y
hacerlo retirar de su país: la guerrilla libanesa de Hezbollah.
Israel ha replicado con un ataque tan genocida como cobarde contra la inerme
población del Líbano. Pero esta extensión de la crisis puede derivar en una
guerra en todo Medio Oriente, con la participación de Siria e Irán, y de
consecuencias incalculables.
Como advierte The Economist (18-7-06), “la campaña de Israel en el
Líbano es supuestamente para derrotar a Hezbollah, pero amenaza
desestabilizar al Líbano y a toda la región en su conjunto”. Para comprender
estos acontecimientos, es necesario examinar en qué contexto mundial se están
desarrollando.
En nuestro número anterior decíamos que para entender lo que sucede en Medio
Oriente era necesario ubicarlo en el marco de la “crisis de hegemonía”
por la que está pasando Estados Unidos, cuyo punto nodal es el fracaso del
proyecto “super-imperialista” intentado por la administración Bush. El
sueño de hacer del siglo XXI el “nuevo siglo norteamericano” –así fue
bautizado ese delirio por sus autores– se ha transformado en pocos años en una
pesadilla.
Aquí debemos hacer algunas precisiones. Como lo han advertido muchos analistas,
EEUU, en el “largo plazo” lleva un curso lento y gradual de decadencia.
El imperialismo yanqui alcanzó el cenit de su poderío económico y geopolítico al
triunfar en la Segunda Guerra Mundial (1939-45) y no en 1989-91, con el derrumbe
de la ex Unión Soviética. Aunque la restauración capitalista en la ex URSS, el
Este europeo y China fue un triunfo de enorme importancia para el capitalismo
en general, esta victoria no devolvió a EEUU en particular la casi
absoluta hegemonía mundial que tuvo en ese momento estelar de posguerra.
Hegemonía que era acompañada de una “legitimidad” no menos considerable (había
sido el vencedor “democrático” del nazi-fascismo).
A mediados de los 90, un calificado equipo “neoconservador” de intelectuales,
políticos y administradores –que venía advirtiendo este “deterioro” hegemónico–
se organizó en el “Proyecto para el nuevo siglo norteamericano” [1] y
formuló un programa, un plan global para hacer de EEUU lo
que podríamos llamar un “super-imperialismo”, que dominaría al mundo sin rivales
durante todo el nuevo siglo, como mínimo. Éste es el equipo y el plan político
que llega al poder con Bush. Y ese plan de acción “hegemonista” o
“superimperialista” –de rasgos delirantes [2]– ha fracasado estrepitosamente.
Éste es el hecho que tiñe la presente situación mundial.
Aquí, entonces, hay que distinguir cuidadosamente entre este fracaso rotundo de
la administración Bush y el poderío “estructural”, económico y militar, que aún
conserva indudablemente el imperialismo yanqui. El desastre de Bush ha abierto
una situación política mundial de “crisis de dominación” de EEUU, pero no
todavía una debacle “estructural” de este imperialismo.
Esta “crisis de hegemonía” de EEUU que marca la coyuntura mundial va también
acompañada de una “crisis de legitimidad”, tanto del imperialismo yanqui
como de sus acompañantes, entre ellos el Estado de Israel. La impopularidad
mundial de Bush y de EEUU ahora es también acompañada por la de Israel. En
Europa, por ejemplo, a pesar de las incansables falsificaciones de los medios,
del servilismo de los gobiernos hacia los sionistas y de las campañas
islamofóbicas, las encuestas de opinión dan en casi todos los países una mayoría
contraria a Israel.
Medio Oriente, el “tiro por la culata” del imperialismo
Este plan tenía como centro geopolítico una “remodelación” neocolonial
de Medio Oriente y aún más allá (Afganistán, Asia central etc.). La gran apuesta
de esta aventura fue Iraq. No necesitamos recordar en qué derivó.
Con Iraq como modelo y columna vertebral, el gobierno Bush –con planes como la
“Iniciativa para un Amplio Oriente Medio” – imaginaba una región con regímenes
de “democracia” colonial, amigos de su enclave Israel que formarían con los
sionistas y EEUU una gran “zona de libre comercio”. Esto aseguraría también
petróleo barato por muchos años.
Pero todo fue saliendo al revés. Se fue produciendo una especie de
“reducción al absurdo” (o, más popularmente, de “tiros por la culata”) de los
planes hegemonistas estadounidenses en la región.
El primer y decisivo “tiro por la culata” es obviamente el desastre de Iraq,
que no necesita de mayores explicaciones. Pero subrayemos que aquí se combinan
derrotas en varios planos, tanto políticos como militares.
Un segundo contraste es geopolítico, el de las relaciones de fuerza y
de poderes en la región. Supuestamente, la invasión y ocupación de Iraq y su
conversión en un país “democrático” amigo de Israel y EEUU iban a significar
también el principio del fin del régimen de Irán (clasificado como otro “eje del
mal”).
El resultado no pudo haber sido más opuesto: hoy Irán emerge como la
gran potencia regional enfrentada a Israel, y que también se permite
desafiar a EEUU aspirando a convertirse en potencia nuclear. La misma
ocupación yanqui en Iraq pende del hilo de los compromisos con sectores afines
al clero iraní. Qué va a pasar con ellos si se desata una guerra regional, es
materia de especulación.
Otro tiro por la culata han sido los intentos de “democratización” al uso
colonial, que era parte fundamental para imponer lo que ellos llamaban la
“Pax Americana en Medio Oriente”. El gobierno de Bush creía que el régimen de
“democracia colonial” sería fácilmente trasplantable al Oriente Medio. En
abstracto, su idea no parecía mala. Mediante el voto, la administración
imperialista pensaba que se legitimarían los gobiernos árabes que están a
su servicio (como Egipto, Jordania, etc.) y que son generalmente tiranías
bestiales. Dando el derecho a depositar un papelito en la urna, confiaba en
descomprimir las tensiones sociales y políticas, y sobre todo dar legitimidad
a sus gobiernos vasallos.
Pero los resultados de los “experimentos democráticos” fueron un remedio peor
que la enfermedad. Dejando de lado la farsa de las “elecciones” con la
pistola en nuca en Iraq, las dos más importantes experiencias “democráticas”
resultaron fallidas, y una con resultados catastróficos para EEUU y su perro
rabioso, Israel.
En Egipto, la sanguinaria dictadura proyanqui de Mubarak permitió elecciones
parlamentarias con candidatos opositores. Ya en la primera votación (se votaba
durante varios días), era evidente que arrasaban los candidatos islamistas
opositores. Mubarak salió del aprieto enviando la policía a apalear a los
votantes y cerrar los centros de votación. Pero así también quedó hecha trizas
la legitimidad de su gobierno y de las elecciones.
Sin embargo, el desastre mayor fue Palestina. Las elecciones del 25 de enero de
este año –las más democráticas que se hayan realizado en Medio Oriente–
dieron un triunfo aplastante a Hamas, los adversarios islamistas de los lacayos
de EEUU e Israel que venían manejando la “Autoridad Nacional Palestina”.
Esta es otra importante “reducción al absurdo” de los planes yanquis. El
resultado final de la política de Bush es que si hubiese elecciones realmente
“libres” y “democráticas”, en casi todos los países ganarían las corrientes
islamistas, porque son vistas por las masas como enemigas del imperialismo
yanqui y los sanguinarios sionistas.
El triunfo arrasador de Hamas ha sido uno de los detonantes de la presente
guerra. Ni las bestias que ocupan el gobierno de Israel, ni Bush, ni sus
lacayos de la Unión Europea pudieron tolerar que la democracia –¡esta vez real!–
diera ese resultado: que el pueblo palestino cometiera el agravio de no votar a
los candidatos de EEUU y los sionistas. ¡Hay “democracia” sólo si votan por mis
candidatos!
Es allí donde comienza verdaderamente la guerra: con el desconocimiento de la
voluntad democrática del pueblo palestino, expresada en elecciones sin tacha.
Desde ese momento, toda la política fue apuntada al derrocamiento del gobierno
de Hamas. Primero, con el bloqueo económico, financiero, y de alimentos y
medicinas. Cuando esto fracasó, comenzaron las matanzas diarias de civiles
palestinos, como la de las familias y niños que estaban de picnic en las playas
de Gaza, en junio.
Líbano: el único éxito político de Bush ha sido destruido
por Israel
Ahora, el gran derrumbe del plan para el “Amplio Oriente Medio” es lo del
Líbano. El único éxito político importante de Bush en la región había sido
precisamente Líbano... y este éxito ha sido sepultado bajo las bombas por
Israel.
El nunca aclarado asesinato del líder político libanés Hariri, el 15 de febrero
del año pasado, detonó un movimiento masivo contra Siria que permitió a EEUU
presionar para que las tropas de ese país se retiraran del Líbano. Las
elecciones posteriores dieron un (estrecho) triunfo a los sectores políticos
prooccidentales, neoliberales y de armonía con Israel. “¡Por fin unas
elecciones donde los malditos árabes ‘votan bien’!”, debe haber pensado Bush.
Líbano era el gran ejemplo, el único país “sensato” de la región, que obedecía a
EEUU y mantenía buenas relaciones con Israel, sin necesidad de imponerle una
dictadura sanguinaria como las de Egipto o Jordania.
Es materia de debate entre los analistas por qué Israel se decidió a bombardear
al único gobierno “democrático” y afín a Bush (un gobierno que además no está en
condiciones de desarmar a Hezbollah), en vez de apuntar a las dos potencias
que respaldan a Hezbollah, Siria e Irán.
Más allá de una razón obvia (el gobierno del Líbano no tiene realmente fuerzas
militares, pero una guerra con Siria e Irán es otra cosa), el hecho es que
Israel no tuvo en cuenta la situación en que ponía a Bush. Israel está
peligrosamente convencido de que puede hacer lo que quiera, le guste o no
a Bush; y que el apoyo del gobierno yanqui siempre va a ser incondicional,
aunque lo que haga lo contraríe. Y efectivamente ha sido así.
En la reunión del G8 que se realizó en estos días en Rusia, Bush –en otro de sus
incidentes ridículos– habló sin darse cuenta por un micrófono abierto. Y lo que
dijo pone de relieve esa contradicción: “La ironía es que lo que realmente se
debe hacer es convencer a Siria de que Hezbollah pare con esta mierda, y todo
habrá terminado", dijo Bush. Sin embargo, Israel no salió a la palestra a
“convencer a Siria”. El matón del barrio prefirió pegarle al más débil –el
gobierno prooccidental del Líbano– aunque con eso arruinara años de trabajo
político de EEUU en ese país.
Esto lleva a una pregunta importante: ¿quién controla a quién? ¿Bush al
matón de EEUU en Medio Oriente? ¿O el matón israelí a Bush?
Un gobierno en la cuerda floja
En relación a ambas preguntas, y como parte de la crisis política de EEUU, ha
estallado el debate sobre un tema que antes era tabú: el papel del lobby
israelí en la determinación de la política exterior estadounidense. Aquí no
vamos a exponer este debate, que se da no sólo en la izquierda sino también
ahora en sectores burgueses preocupados por el giro de los acontecimientos.[3]
Pero señalemos que el gobierno de Bush, por su crisis, exhibe una debilidad que
facilita y exacerba las presiones, los forcejeos, que cada cual haga lo que
quiera... y que los procesos se vuelvan incontrolables.
La debilidad política de Bush llega al punto de que el “impeachment”
–juicio político para destituir al presidente– ha comenzado a ser un tema de
debate, aunque todavía minoritario (The Economist, 13-7-06). Pero si
en las próximas elecciones de noviembre, los candidatos de Bush sufren una
derrota y pierde el control de la Cámaras, el impeachment podría
convertirse en una amenaza real.
Como señala un observador en Washington, “la escalada bélica en una de las zonas
más sensibles de Medio Oriente se desató en un período de creciente aislamiento
de la administración Bush. Cuenta con un bajísimo apoyo entre los
estadounidenses y afronta continuos desafíos en la arena internacional... La
debilidad de Bush resulta hoy evidente, a un año y medio de iniciar su segundo
mandato...” [4]
Otro analista resume la situación señalando que hoy en el mundo “emergen
diversos centros posibles de poder que contrarían el predominio estadounidense”:
además de los desafíos de Irán o de países petroleros como Venezuela, hay otros
procesos más “silenciosos” y sin choques directos, pero no menos “centrífugos”
en relación con la “obediencia” a EEUU, tales como Rusia, China e India.[5]
Es este contexto el que hace tan inestable la situación mundial y en particular
la del Oriente Medio. Allí Bush quiso poner los cimientos del “nuevo siglo
norteamericano”. Su fracaso puede derivar en coyunturas explosivas, sobre todo
si el gobierno de Bush o alguno de sus socios criminales, como Israel, opta por
salir del paso “huyendo hacia adelante”, desatando nuevas guerras y
genocidios.
Como dijimos al principio, la crisis de dominio y de legitimidad de EEUU,
que marca la presente situación mundial, no significa mecánicamente que el
imperialismo yanqui ya se esté viniendo abajo. Sin embargo, esto abre
nuevas perspectivas y mejores condiciones para las luchas de las
masas trabajadoras y populares, no sólo en la “periferia” (Medio Oriente,
América Latina, etc.) sino también al interior de los países imperialistas,
incluyendo a EEUU. El desarrollo, magnitud y orientación política de esas luchas
es lo que traerá las decisiones estratégicas.
Notas:
1. El “Proyecto para el nuevo siglo norteamericano” fue una organización
fundada por la pandilla neoconservadora que luego iba a conformar el grueso del
equipo de la administración Bush (el vicepresidente Cheney, Rumsfeld, que dictó
la desastrosa política militar, etc.). Significativamente, hoy el “Proyecto” ha
decidido disolverse. Esto ha motivado el chiste de que el “nuevo siglo
norteamericano” duró sólo doce años... igual que el “Imperio de Mil Años” de
Adolf Hitler.
2. Sus ideólogos decían que EEUU era el “nuevo Imperio Romano”, pero que
mandaría sobre todo el planeta y no sólo en el Mediterráneo.
3. Probablemente la verdad esté en el medio de dos exageraciones opuestas: la
que piensa que el lobby israelí tiene el poder de imponer a EEUU
políticas totalmente contrarias a sus intereses, y la que subestima su rol con
el argumento de que al fin de cuentas los intereses de Israel y EEUU coinciden
en lo esencial de la política imperialista. Sobre esta polémica que ahora
adquiere fuerza renovada, pueden consultarse las ediciones del 2 de julio, del 4
de junio y del 28 de mayo de este año en www.socialismo-o-barbarie.org
4. Hugo Alconada Mon, corresponsal en Washington, La Nación, 14-7-06.
5. Carlos Nadal, “Reajustes en el equilibrio mundial”, La Vanguardia,
14-5-06
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