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Perú
y Colombia
Dos
elecciones que abren signos de interrogación
El
4 de junio y el 28 de mayo respectivamente se realizaron elecciones
presidenciales en Perú (segunda vuelta) y en Colombia. Los triunfos
de Alan García y Álvaro Uribe –candidatos bendecidos por Bush–
parecen contradecir la onda de “desobediencia” al amo del Norte que recorre
América Latina. Por eso los medios serviles se apresuraron a festejar estos
“triunfos de la democracia”. Sin embargo, una mirada más atenta nos revela
un panorama diferente.
Perú
¿Qué
hay detrás de las votaciones?
Finalmente
Alan García –candidato del APRA y hombre de la socialdemocracia
internacional– se impuso en la segunda vuelta de las presidenciales contra el
candidato nacionalista Ollanta Humala, que sin embargo hizo una extraordinaria
elección al alcanzar casi el 45 de los votos válidos.
De
ese modo llega por segunda vez a la presidencia de Perú un personaje famoso por
dos récords históricos: los millones de dólares que robó y la cantidad de
gente que mató. Sólo su sucesor, Fujimori, lo superó en ambos rubros...
Otro
elemento a destacar es que hasta hace pocos meses, la intención de voto por
Alan García (y también por Ollanta Hulama) era pequeña. La candidata que
“corría seguro” era Lourdes Flores, neoliberal pura y dura, la amada de
Washington, las multinacionales mineras y la burguesía vendepatria. Desde el
vamos, Lourdes era la elegida por estas tres fuerzas... sin embargo, llegó
tercera. Pero después de su derrota, esa trinidad que maneja y explota Perú no
tuvo otra opción que volcarse al poco serio y confiable Alan García.
El
motivo de su devoción por Lourdes Flores no era ningún secreto: ella
garantizaba la continuidad del neoliberalismo salvaje
–sin retoques “populistas” y/o nacionalistas– que en Perú aplicó
primero Fujimori y luego el presidente saliente Toledo. Y significaba también
la aprobación sin objeciones del TLC, el colonial “Tratado de Libre
Comercio” ya suscripto por el agonizante Toledo.
Perú
viene siendo un país que el FMI levanta como “ejemplo” en Sudamérica. En
el podio del FMI, Perú compite con Chile –que ahora comienza a trastabillar
por la rebelión de los estudiantes– y con Colombia, la gran democracia de los
narcos y paramilitares.
Las
elecciones han significado, entonces, una especie de “vuelta de campana” del
barco político peruano, que hasta ahora seguía imperturbable el curso marcado
por la brújula neoliberal. Sin embargo, que un barco dé esa voltereta es un
gran problema, pero no necesariamente implica ya un cambio de rumbo.
¿Qué
sería necesario para eso? La irrupción de las masas trabajadoras y
populares del Perú, como sucedió en Bolivia y otros países del
continente. Eso aún no ha ocurrido, pero las elecciones suelen ser el reflejo
distorsionado y a veces anticipado de procesos más profundos. Lo que es
claro es que el monumental No a Lourdes Flores expresó un gran deseo de
cambio, de rechazo a “más de lo mismo”. Un deseo confuso y
contradictorio en su expresión por la positiva, pero indudablemente poderoso.
El
nacionalismo de Humala y el significado de su voto
En
un artículo sobre la situación peruana publicado el año pasado se hablaba de “las
dificultades de una nueva etapa que no termina de nacer” (Socialismo o
Barbarie periódico, 12-8-05). Para entender el fenómeno político-electoral
de Ollanta Humala hay que situarlo en este contexto de incubación de una
nueva etapa política que supere las atroces derrotas del pasado,
especialmente la de los tiempos de Fujimori.
En
esto hay que distinguir dos aspectos relacionados pero diferentes:
lo que expresaron las masas con el voto a Humala, y la caracterización de este
personaje y su corriente política.
Como
ya señalamos, este voto expresó el deseo de un cambio político radical.
Y esto se fue acentuando a medida que los medios de la burguesía y las cadenas
del imperialismo desarrollaban una campaña delirante, con las peores
provocaciones, como la “satanización” de Chávez y otros ingredientes. Pero
esto tuvo un “rebote” contradictorio y peligroso: el voto a Humala por el
lado de las masas se fue cargando de una intención de rechazo y
protesta cada vez más radical.
Esto
contrastó con la conducta diametralmente opuesta del candidato, que se
fue haciendo cada vez más pusilánime a medida que arreciaba el
vendaval de provocaciones de los medios burgueses e imperialistas.
Humala
inició su campaña con un programa nacionalista tibio, pero que criticaba al
TLC y proponía una Asamblea Constituyente (un tema democrático sentido por la
vigencia de la autoritaria Constitución de Fujimori). Sin embargo, a medida que
el viento en contra que soplaba desde Washington se convertía en huracán,
Humala fue arriando velas. La oposición al TLC se transformó en sólo
“revisarlo”. La propuesta de Constituyente naufragó de la misma manera. Y
lo peor: Humala inició un humillante lloriqueo en los medios para demostrar que
ama a Bush y no tiene nada que ver con Chávez: “no
tengo animadversión hacia EEUU; no me sumaré al conflicto de Hugo Chávez con
Bush”, declaraba.
Es
probable entonces que, si ganaba las elecciones, el gobierno de Humala se
pareciera más al del coronel Lucio Gutiérrez –derrocado en la rebelión del
año pasado en Ecuador– que al de Evo Morales en Bolivia. Sin embargo, éstas
son sólo conjeturas sin respuesta.
Lo
único firme de estas elecciones es que han reflejado, como dijimos, el “no
va más” de amplios sectores de las masas trabajadoras y populares. En
otras palabras, hay “sintonía” con el “humor” del resto del
continente.
Lo
cuestión va a ser si, del terreno del voto (tramposo y pasivo), este
sentimiento pasa al terreno de la acción, de las luchas. Entonces las
cosas, al fin, habrán comenzado a cambiar en el Perú.
El
triunfo de Uribe en Colombia
Un
segundo mandato con legitimidad dudosa
La
reelección el 28 de mayo del notorio paramilitar ligado al narcotráfico Álvaro
Uribe Vélez a la presidencia de Colombia provocó en los medios “democráticos”
aún más alborozo que la victoria de Alan García en Perú una semana después.
Efectivamente,
los titulares de los falsi-medios festejaron el “triunfo aplastante” (Clarín),
la “arrasadora victoria de Uribe con el 62% de los votos” (CNN). Pero
sólo uno de cada treinta diarios o noticieros de TV aclaraba que aún más
“arrasador” había sido que casi el 60% del padrón no había ido a votar.
Y esta abstención se produjo a pesar de que en muchas regiones de Colombia las
metralletas de los paramilitares trataron de convencer a los electores de que
les sería saludable ir a votar... y naturalmente por Uribe.
Otro
aspecto de la reelección fueron las multitudes de electores muertos que,
emulando a Lázaro, se levantaron de sus tumbas y marcharon a votar por Uribe.
Pero sólo un cable de agencia, perdido entre una montaña de otros despachos,
informaba que, por ejemplo, “en Manizales y otras zonas del departamento de
Caldas” se había verificado que centenares de fallecidos “se acercaron a
ejercer su derecho ciudadano” (textual).
Es
dentro de este cuadro que hay que evaluar los resultados oficiales de las
elecciones: 62% por Uribe; 22% del Polo Democrático Alternativo, que
levantaba la candidatura del ex juez Carlos Gaviria, y sólo un 12% para el histórico
Partido Liberal. Y, también, es la ocasión de hacer un balance de las
diferentes políticas de la izquierda.
El
voto es un problema táctico, así como el de presentarse a elecciones o llamar
al boicot y/o la abstención. Pero eso no significa que carece de importancia.
En este caso particular, estimamos que la mejor política de la izquierda, sobre
todo de las corrientes que se reivindican revolucionarias, hubiera sido la de
unirse para pelear por la abstención masiva, para despojar de toda
legitimidad a la reelección de Uribe.
Meses
antes de las elecciones presidenciales hubo comicios parlamentarios. Pese a
todos los esfuerzos del gobierno (y, lamentablemente, de candidatos que se dicen
de “izquierda”), la abstención superó el 70% (y en algunas regiones, el
75%). Eso indicaba ya una realidad de “protesta pasiva”.
Por
supuesto, la abstención o el voto nulo o en blanco no tienen una clara fisonomía.
“Normalmente” expresan a sectores atrasados o marginales. Pero cuando por
sus dimensiones son “anormales” –como en Colombia–, entonces empiezan a
reflejar otra cosa: la protesta (aún pasiva) de millones.
Esto
pone en cuestión la legitimidad de los electos en esas condiciones. Y
cuando se trata de elecciones presidenciales en un régimen autoritario con
disfraz democrático –un régimen que en los últimos años ha asesinado a
miles de dirigentes sindicales y campesinos, que ha legalizado el
paramilitarismo y que se presenta en Sudamérica como el agente directo e
incondicional de Bush– esto tiene una importancia inmensa. Uribe necesitaba
como cuestión de vida o muerte legitimar su reelección con un cierto
porcentaje de votantes. Repetir la abstención de más del 70% de las
elecciones parlamentarias era muy grave para una elección presidencial.
El
liquidado Partido Liberal no podía “solucionar” este problema a Uribe. Fue
el Polo Democrático quien le hizo el favor, prestándose a legitimar la
reelección en el papel de “oposición de Su Majestad”... y acarreando gente
a votar.
De
todos modos, la legitimación de Uribe quedó a mitad de camino. Evitó
una catastrófica abstención como la de las elecciones parlamentarias. Pero,
pese a la colaboración del Polo Democrático, las cifras ponen en duda desde el
inicio la legitimidad de su segundo mandato.
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