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Declaración
de Socialismo o Barbarie Bolivia ante la “nacionalización” del gas
Una
renegociación de contratos sin expropiación
El
1º de Mayo Evo Morales anunció la nacionalización de los hidrocarburos de su
país (DS 28701). Los alcances y límites de estas medidas, el contexto nacional
e internacional en el cual se ha llevado a cabo y la posición que debemos
asumir los socialistas revolucionarios son el objeto de esta declaración.
1.
La coyuntura internacional está marcada por una evidente crisis de hegemonía.
El pantano en que está metido el gobierno de Bush en Iraq, sumado a la
movilización latina en los propios Estados Unidos –que está metiendo el
ciclo de rebeliones populares latinoamericanas en el país del norte– muestran
un momento de clara debilidad del imperialismo norteamericano. Esta
crisis hegemónica (que tiene raíces profundas y estructurales que el proyecto
de “Nuevo Siglo Americano” de los neoconservadores buscaba superar) es lo
que explica y da contexto internacional a desafíos como los planteados por el
gobierno de Irán alrededor de su plan nuclear. O a comportamientos con rasgos
independientes, como es el caso del gobierno de Chávez. Es también el marco en
el cual ubicar esta medida del gobierno de Evo Morales, que más allá de las
limitaciones que desarrollaremos mas abajo, implica patear el tablero
respecto de las reglas de juego que habían sido establecidas en el apogeo del
neoliberalismo puro y duro de los 90. De ahí los tiras y aflojes que se están
viviendo en estos días con los gobiernos de Lula, Zapatero y Kirchner (en este
último caso, alrededor del precio del gas).
2.
Junto con esta coyuntura internacional, está el marco regional y nacional de la
propia Bolivia. En América Latina –aun estando en el medio de un momento de
mediación del ciclo de las rebeliones populares inaugurado con el comienzo del
siglo XXI–, se está viviendo un cambio de proporciones. El
cuestionamiento popular al “neoliberalismo” y a la democracia de ricos y
colonial ha adquirido una enorme magnitud. Cabalgando sobre esta realidad y,
particularmente, la de la propia Bolivia (la más radicalizada luego de
Venezuela), es que Evo Morales se ha visto obligado a tomar esta medida
que fuerza una real renegociación de los términos de la explotación de los
hidrocarburos con las empresas multinacionales e imperialistas.
La
medida del gobierno de frente popular del MAS, con todo lo limitada e
inconsecuente que efectivamente es desde el punto de vista de una auténtica
expropiación de las empresas hidrocarburíferas, no se podría entender sin
el octubre del 2003 y las jornadas revolucionarias de mayo-junio del 2005,
que aún están presentes en la conciencia popular. La presión de estas mismas
circunstancias, y el hecho de que estaban apareciendo algunos tempraneros síntomas
de crisis en el gobierno de Morales, ha resultado en la actual “nacionalización”,
presentada de manera más “radicalizada” de lo esperado.
3.
Las medidas del gobierno del MAS tienen alcances y límites bien precisos. Su
alcance principal: fuerza en los hechos una renegociación de los contratos con
Petrobras, Repsol y demás multinacionales en condiciones más favorables para
el Estado boliviano. En las circunstancias de la existencia de una renta
extraordinaria por los exorbitantes precios del petróleo en el mercado mundial
(que van a continuar) y del hecho de que el precio del gas acompaña este
aumento de los precios, el gobierno de Morales fuerza una renegociación para
que el Estado se quede con una parte mayor de la renta petrolera que la actual.
Sobre los 3.500 millones de dólares que significa anualmente el negocio del gas
en Bolivia, el Estado pasaría de los actuales miserables 300 millones que le
ingresan a una tajada del alrededor de 1.000 millones.
En
materia de derechos de propiedad, el decreto nacionalizador busca colocar al
Estado boliviano como copropietario de las empresas. Es decir, junto con
ratificar las reservas y el fluido como propiedad boliviana, junto con el
control de sus precios y comercialización, el gobierno busca que el Estado pase
a formar parte de las empresas hidrocarburíferas, que asumen un carácter
mixto con los capitales imperialistas. El objetivo, categóricamente
distinto a los 90, es que el Estado pueda cumplir un papel regulador y de
control de la industria gasífera y petrolera, vía la recuperación bajo
control del Estado de los títulos de propiedad “populares” que habían sido
entregados como parte de los fondos de pensión a empresas privadas de
jubilaciones.
4.
En lo inmediato, la renegociación de los contratos significa, respecto de los
dos campos gasíferos más importantes (San Alberto y San Albano, en manos de
Petrobras), que transitoriamente y por 180 días le deberá ser entregado el 82%
de la producción al Estado, quedándose la empresa brasileña –de acciones
mayoritariamente privadas y participación estatal– con el 18% de la producción.
En el resto de los campos, la renta se seguirá distribuyendo según la ley de
hidrocarburos votada por el Congreso en el 2005 (ley 3058): en principio, hasta
el 50% para cada parte.
Sin
embargo, por su propio carácter, el decreto “nacionalizador” abre ahora una
pelea por los nuevos términos de los contratos, razón por la cual asistiremos
en estos meses a una dura pulseada, pero sólo se podrán saber los
verdaderos alcances del decreto a la hora de la firma de los nuevos contratos.
Todos los analistas serios señalan que, aun bajo los nuevos términos, por más
“duros” que estos parezcan, las multinacionales podrán seguir haciendo
jugosos negocios, tal como ocurre en el caso de Venezuela con los capitales
imperialistas que tienen contratos de asociación o concesión con PDVSA.
5.
Al mismo tiempo, el decreto “nacionalizador”, como totalidad, no sólo tiene
claras limitaciones, sino que constituye también una maniobra política
respecto de la reivindicación popular colocada sobre la mesa al costo de casi
100 muertos en Octubre del 2003. Hay que afirmar con claridad que no se trata
de una verdadera expropiación de las empresas hidrocarburiferas, ni mucho menos
su puesta bajo control de los trabajadores y el pueblo originario y pobre.
Además, como ha dicho la actual dirección de la COB, viene a legalizar o
relegitimar las explotaciones imperialistas, ahora por la vía de las empresas
de carácter mixto.
Por
un lado, las empresas como tales, la producción y –en gran medida– la
operación del negocio seguirán en manos de las multinacionales. A
diferencia de las nacionalizaciones de la Standard Oil en 1937 y de la Gulf Oil
en 1969, no se expropia a las empresas (aun cuando en esos casos se haya
tratado de nacionalizaciones capitalistas que indemnizaron a las empresas). En
este caso no hay indemnización sencillamente porque no hay expropiación,
más allá de la actual disputa por el status legal de los ahorros jubilatorios.
El anuncio de Morales el 1º de Mayo de que estaríamos ante “la tercera y
definitiva nacionalización de los hidrocarburos en Bolivia” no pasa de ser
una bravuconada que esconde el verdadero contenido esencialmente no
nacionalizador de sus medidas.
En
segundo lugar, está claro que el que pasa a controlar el recurso es el
Estado capitalista boliviano y no los trabajadores. Movilizar las
fuerzas armadas para ocupar los campos puede tener alto impacto mediático y
“soberano”, pero el mensaje es claro: se llama a los trabajadores y el
pueblo boliviano en general a apoyar pasivamente las medidas del gobierno
frentepopulista, pero expresamente excluyendo la participación activa de los
trabajadores en ellas. Con toda seguridad, en manos del Estado boliviano una
parte importantísima de los recursos que se obtendrán se dilapidarán sin
pena ni gloria, por más pomposidad con que se rodeen ahora las medidas.
No
puede haber desarrollo consecuente de las fuerzas productivas del país de la
mano del gobierno frente populista a la cabeza del Estado burgués, para colmo
asociado, aunque en nuevas condiciones, con las multinacionales imperialistas. Y
no se trata de cualquier Estado capitalista,
sino del estado capitalista semicolonial boliviano caracterizado de pies
a cabeza por la compra y venta de cargos y favores.
6.
Esta realidad de no expropiación de las empresas hace al carácter
limitado, parcial e inconsecuente de la “nacionalización” de Morales y
Linera. Tomando una definición estrictamente jurídica de la propia
legislación boliviana, se establece que la nacionalización “es un acto
gubernativo de alto nivel destinado a un mejor manejo de la economía nacional o
a su reestructuración, por el cual la propiedad privada sobre empresas de
importancia es transformada de manera general e impersonal en propiedad
colectiva y queda en el dominio del Estado. La nacionalización permite
alcanzar su propio efecto: mediante un solo acto integral, los complejos
procesos y resultados necesarios para que un área de la actividad económica
nacional, en actual explotación por empresas particulares: a) quede sustraída
a la posibilidad jurídica de ser realizada por particulares; b) pasen en
dominio al Estado los bienes y elementos con que los empresarios privados la
llevaban a cabo anteriormente; y c) corresponda al Estado la futura explotación
de ella” (“Análisis del decreto de «nacionalización» de los
hidrocarburos”. M.E.O. Urioste, www.lahaine.org).
Como
salta a la vista, esto es precisamente lo que NO ocurre con el decreto de
Morales. Esta “estratégica área de la actividad económica” boliviana no
quedará “sustraída” a la posibilidad jurídica de que sea realizada por
las multinacionales, sencillamente porque “los medios y elementos con que
los empresarios privados” llevan a cabo la explotación del gas no serán
expropiados, es decir, no pasarán “a dominio del Estado”. Y, en
consecuencia, la “futura explotación del gas” (es decir, el ámbito del
proceso de producción material), centralmente, no corresponderá al
Estado. Todo lo cual configurará una evidente posición de fuerza que,
disipado el humo de la actual coyuntura, quedará en manos de las
multinacionales para chantajear de una u otra manera a Bolivia.
7.
Esta medida plantea la necesidad una clara definición de conjunto respecto de
su carácter. Como dijimos, se fuerza una renegociación de los contratos y
se coloca al Estado en calidad de socio pero, al mismo tiempo, constituye una
maniobra política que no significa una auténtica nacionalización.
Es
verdad que permitirá aumentar los ingresos del Estado boliviano y que expresa
–de manera distorsionada, no directa– la presión popular. Sin embargo, no
se trata de una verdadera nacionalización de la industria hidrocarburífera, y
mucho menos su expropiación y funcionamiento bajo control obrero.
Tampoco
es una medida realmente “nacionalizadora” en el sentido antiimperialista del
término, porque se busca renegociar con las multinacionales, no expulsarlas (lo
que sí sería realmente antiimperialista). Ni se trata de una auténtica
expropiación, en la medida en que no se les quita a las multinacionales sus
empresas, sino que se las convoca a operarlas en términos capitalistas en
asociación mixta con el Estado, dejando por fuera de la gestión y administración
a los trabajadores. La gestión y administración obrera serían la única
garantía contra los nuevos negociados y despilfarros que están por delante,
ahora en manos del Estado boliviano en su asociación “mixta” con los
privados.
8.
La posición de los socialistas revolucionarios frente a la “nacionalización”
de Evo debe ser clara y categórica: políticamente NO la apoyamos por lo que
tiene de inconsecuente, limitada e incluso maniobrera tiene. Sin embargo,
llamamos a los trabajadores bolivianos a aprovecharla, es decir, a
exigir e imponer que se vaya hasta el final: hasta la expropiación definitiva
de las empresas hidrocarburíferas sin ninguna indemnización, y ponerlas bajo
control y administración de las organizaciones obreras.
Al
mismo tiempo, en todos los embates y peleas que aun las limitadas medidas del
MAS generen con una u otra empresa o Estado capitalista e imperialista, como
hasta cierto punto ya está ocurriendo, defendemos incondicionalmente el
derecho del pueblo boliviano a fijar los términos de la explotación de sus
propios recursos como ellos decidan. Entre la nación oprimida y la opresora,
estamos con los oprimidos. Más aún: defendemos frente a estos enemigos el
derecho al accionar independiente del Estado boliviano e incluso las limitadas
medidas de Evo Morales.
9.
Asumimos esta ubicación política en el marco de que subrayamos que no se
debe confiar en el gobierno de Morales y Linera, que a pesar de las medidas
que ha tomado –o, mejor dicho, en función de su carácter limitado y burgués–
se trata de un gobierno capitalista. Que aunque “atípico”, está
haciendo reformas limitadas que en definitiva no resuelven de manera consecuente
las reivindicaciones planteadas en Octubre.
Por
el contrario, sostenemos que para poder resolver de manera consecuente estas
tareas –propiedad del gas, Asamblea Constituyente, liquidación del estado
racista– se deberá avanzar en la experiencia y ruptura con el gobierno de
Evo, en la construcción de un Instrumento Político Independiente de los
Trabajadores y en la puesta en pie de la Asamblea Nacional Popular y Originaria.
Que deben tener la perspectiva de un auténtico gobierno obrero, originario,
campesino y popular, superando la trampa que constituye el actual gobierno de
Frente Popular.
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