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Debates
¿Federación
de repúblicas latinoamericanas… capitalistas?
Por Roberto
Sáenz
Presentamos
la segunda parte del debate con los compañeros del MES del Brasil (corriente
interna del P-SOL). Debate que cobra más actualidad aún en momentos en que las
relaciones entre Estados “crujen” bajo la doble presión del Imperialismo
yanqui y la continuada presencia del ciclo de las rebeliones populares.
Sometidos a estas presiones, los distintos gobiernos de “centro-izquierda”,
nacionalistas burgueses o de “frente popular”, toman cursos políticos y
económicos que, sin romper con el capitalismo, muchas veces expresan la
búsqueda de una regulación distinta del capitalismo a la que rigió en los 90,
así como mayores grados de autonomía respecto de las imposiciones yanquis.
Ejemplo de esto es la anunciada “nacionalización” del gas en Bolivia.
Pero
en todos los casos, estos posicionamientos –aun incluyendo elementos de
resistencia parcial frente al imperialismo yanqui– de ninguna manera
configuran un curso anticapitalista. Y, por lo tanto, no pueden dar lugar a una
verdadera integración, aun cuando se ensayen pasos que estén fuera del libreto
de lo acostumbrado en las últimas décadas.
Los
compañeros del MES sostienen la tesis de que el “debilitamiento” de la
clase obrera habría llegado a tal punto que lo más dinámico serían los
“nuevos movimientos sociales”. Lo han dado entender más de una vez a lo
largo de los últimos años y se reitera en artículos más recientes.
“Chávez
y la revolución bolivariana existen en un nuevo contexto de la situación
latinoamericana, en el cual se mezclan las crisis de los gobiernos neoliberales
con la emergencia de insurrecciones y movilizaciones populares. En estos
procesos, principalmente campesinos e indígenas –pero donde la clase obrera
estuvo siempre presente- se levantaron reivindicaciones democráticas y
antiimperialistas, más que clasistas. Podemos afirmar que de alguna manera
estos movimientos son más progresistas, pues permiten la formación de
un bloque de clases explotadas con una política nacional conjunta” (Movimiento
Nº 12, p. 18).
Por
lo pronto, no queda muy claro a qué se refieren los compañeros con “bloque
de clases explotadas con una política nacional conjunta” (vaguedad propia de
las formulaciones frentepopulistas). En todo caso, los movimientos campesinos e
indígenas (muy progresivos, pero no “más progresistas” respecto de la
emergencia de la clase obrera), lejos de ser un elemento de fortaleza de las
rebeliones populares, han marcado, precisamente, la ausencia de la
centralidad de la clase trabajadora en la primera fase del actual ciclo
político. Y esa carencia social fue la más determinante para que se
pudiera imponer la actual mediación centroizquierdista de las rebeliones.
Por
si esto fuera poco, resulta sorprendente que no den cuenta de que tanto en el
caso del nuevo gobierno de Evo Morales, como en la experiencia de la UNT en
Venezuela –y, más claramente aún, en el caso de Argentina y Kirchner–, la
dinámica es la opuesta: los “movimientos sociales” se están mostrando como
cooptables por el Estado, al tiempo que el sector social de
los explotados y oprimidos de donde más consecuentemente vienen los elementos
de contradicción y oposición a los nuevos gobiernos es la clase
obrera ocupada.
Sin
ser impresionistas, y al calor de una recuperación –si bien no estructural-
de la economía a nivel continental, sectores clave de la clase
obrera ocupada están recuperando un lugar estratégico y central muy superior,
por razones objetivas y subjetivas, a la endeblez social y política que
muestran los “nuevos movimientos sociales” como el MST de Brasil, las
corrientes indigenistas en Bolivia (el MAS y el MIP) e incluso los movimientos
de desocupados (es decir, trabajadores en sentido amplio, pero sin arraigo
laboral y estructural) en la Argentina.
Este
mismo análisis y perspectiva estratégica respecto del sujeto social de la
transformación, este debate sobre la centralidad o no de los trabajadores en la
necesaria alianza obrera, campesina, originaria y popular que se necesita en
Latinoamérica, se entronca con y tiene consecuencias en la orientación
política en la región. La pérdida de toda perspectiva política
independiente –que señaláramos en el número anterior– y el llamado a
construirse al interior de movimientos burgueses o pequeño burgueses que
no son de la clase obrera son parte de la misma perspectiva.
La
integración latinoamericana y el planteo del MES
Dicen
los compañeros: “El proceso bolivariano pone a la izquierda revolucionaria
frente a un desafío. Defensora de la idea de una Federación de Repúblicas
Socialistas, tiene el desafío de posicionarse –o no- en ese terreno concreto
frente al imperialismo y a los gobiernos entreguistas. La Federación Socialista
fue una palabra de orden aplicada en la época del apogeo de la revolución
cubana, cuando Fidel y el Che habían puesto en marcha la OLAS (Organización
Latinoamericana de Solidaridad) y después la Tricontinental. Ahora existe un
contexto diferente, nuevo, sobre el cual es preciso actuar y que obliga a pensar
una política concreta para este momento concreto. Política que permita incidir
en el proceso de lucha de clases y esto no se puede hacer repitiendo las mismas
palabras de orden del pasado de manera litúrgica. El ALBA ubica a la
integración latinoamericana de manera objetiva y está dando pasos concretos en
ese sentido (...) El ALBA significa también un paso importante para la toma
de conciencia antiimperialista de las masas latinoamericanas, ya que no existe
otra alternativa que llegue a ellas. Hoy es posible establecer un nuevo diálogo
con el movimiento de masas de cada país, presentar una opción frente al
imperialismo (...). A partir de esta situación y con esta política es que se
puede presentar de manera mas clara la idea de la Federación de Repúblicas
Latinoamericanas”.
Si
se trata de un error de impresión, los compañeros nos sabrán disculpar: en
esa formulación no aparece el
carácter socialista de la Federación. Sin embargo, por la lógica
política de toda su posición, no parece que se trate de la ausencia
involuntaria de una palabra. Porque el planteo del ALBA, con todo los elementos
contradictorios “antiimperialistas” que, al menos en los papeles, tiene o
pueda tener respecto de las orientaciones centrales del imperialismo, no es
una propuesta de carácter anticapitalista.
El
planteo concreto del MES termina siendo la utopía reaccionaria de una
estrategia que viene fracasando en la región desde hace 200 años: una
perspectiva de unidad latinoamericana de la mano de corrientes burguesas o
pequeño-burguesas. Una perspectiva que en este terreno –como en el del
“frente único antiimperialista– rompe con la lógica de la revolución
permanente en beneficio de una estrategia etapista.
No
es casual que en este planteo esté presente la lógica del “mientras
tanto”: ubiquémonos “tácticamente” ahora, en “la situación
concreta”, y “mientras tanto” las cosas van evolucionando. La molesta
estrategia –que nos aleja de la conciencia política actual de las masas– la
dejamos para después. Con ese
razonamiento se justifica el apoyo político al gobierno chavista, sólo que
bajo la formula de “posicionarse en el terreno concreto”.
El
carácter del ALBA
En
defensa de esta orientación, se argumenta, como vimos, que el ALBA estaría
ubicando “a la integración latinoamericana de manera objetiva y está
dando pasos concretos en ese sentido”. Esto tiene una pizca de verdad,
que hay que aprovechar revolucionariamente: el planteo del ALBA, como el del
“socialismo del siglo XXI, ponen sobre la mesa debates ausentes hace años.
Desde ese punto de vista cumplen un rol “progresista”.
Pero
eso quiere decir en absoluto que esos planteos puedan resolver el
problema de la integración. La cruda verdad es que el ALBA no ha dado un
solo paso concreto que haya colocado la integración latinoamericana como un
proceso que ya es “objetivo”, sino que, a lo sumo, ha servido de
cobertura para acuerdos económicos de Estado o para negocios regionales con
grandes grupos capitalistas.
Ya
hemos escrito que Chávez tiene todo el derecho a hacer acuerdos como los
que tienden a evitar el aislamiento económico de Venezuela y las medidas
económicas de protección recíproca con Cuba. Pero no es esto lo que da el
tono y el contenido real del resto de las relaciones económicas de Chávez con
los demás países latinoamericanos. Que Chávez le mande a Cuba petróleo a
cambio de la brigada de médicos y alfabetizadores enviados a Venezuela atenúa
los efectos del bloqueo yanqui y el aislamiento económico de la isla. Pero la
cosa no pasa de ahí: hace décadas que Castro practica la misma política
reaccionaria de acuerdos de estados y que de ninguna manera impulsa un curso
desde abajo, anticapitalista, en los países de la región.
Recientes
trabajos de un economista marxista de reconocida seriedad, Claudio Katz (que, a
decir verdad, es menos crítico que nosotros respecto del ALBA),
aportan más elementos a la discusión:
“Venezuela
no es estructuralmente distinta del resto de Sudamérica. Padece el mismo nivel
de inequidad social, subdesarrollo agrario y raquitismo industrial. La pobreza
afecta al 80% de la población y el empleo informal abarca las tres cuartas
partes de los trabajadores (...). El asistencialismo social, la distribución de
tierras improductivas y créditos al cooperativismo permiten iniciar una
redistribución progresiva del ingreso. Pero remontar la regresión social (...)
y revertir el desempleo estructural (...) presupone inversiones estatales de
grandes dimensiones. No alcanza con el «desarrollo endógeno» en las
ciudades y la erradicación de tierras improductivas en el campo (...)
“Un
gran paso se ha dado con la expulsión de la gerencia transnacionalizada que
controlaba PDVSA (...). Pero el principal freno del proceso bolivariano se
localiza dentro de la propia administración chavista (...). La
experiencia demuestra que las conquistas congeladas se diluyen (...).
Chávez ha declarado varias veces su admiración por la revolución cubana, pero
no implementa las medidas de ruptura con el capitalismo que se adoptaron en
Cuba en los años 60 (...). Las convocatorias regionalistas (...) no
tuvieron gran recepción entre sus colegas de centroizquierda (...)
“En
cierta medida estas iniciativas brindan cobertura a los negocios que ya
entrelazan a varios grupos capitalistas. Pero de estos convenios no surge
la integración autónoma que ambiciona Chávez. Este objetivo requeriría
implementar transformaciones que ningún gobierno centroizquierdista esta
dispuesto a llevar a cabo. Para que Petrosur revierta la sumisión
energética de la región, habría que reestatizar el petróleo en Argentina y
Brasil (...). Pero es evidente que Kirchner y Mesa (ahora Morales) mantienen
alianzas estratégicas con Repsol para preservar la privatización del sector
(...). La expectativa chavista de contagiar el espíritu bolivariano a los
gobiernos centroizquierdistas choca con un obstáculo estructural: las clases
dominantes de la región preservan la conformación centrípeta que
históricamente bloqueo su asociación (...). El sueño de Bolívar y San
Martín no podrá concretarse mientras estos grupos capitalistas manejen el
poder” (“Centroizquierda, nacionalismo y socialismo”, en revista SoB
Nº 19).
Máas
allá de las palabras y los gestos altisonantes, la política de acuerdos de
Estados por arriba, sin el impulso real a una orientación de lucha de
clases, de liquidación de la gran propiedad privada, en nada puede modificar
esta conformación estructural de la región.
Es
ahí donde mueren las palabras del “comandante” y el ALBA. Porque el
contenido y la lógica última del ALBA no excede los acuerdos de Estados
que, efectivamente, podrían tener elementos de una opción alternativa al ALCA,
pero que tal como se pretenden implementar resultan o una cobertura a negocios
con sectores capitalistas (por ejemplo, el caso del mega-gasoducto sudamericano)
o un callejón sin salida, sin ninguna viabilidad.
Esto
no es algo que las “nuevas condiciones” a que se refieren los compañeros
del MES hayan cambiado. No es ninguna novedad teórica que no hay posibilidad
estructural de “integración latinoamericana” sin un curso claro
anticapitalista. En todo caso, lo realmente “nuevo”, en las actuales
condiciones de mundialización del capital, es que una “nación
grande” latinoamericana capitalista es aún menos posible que en
el pasado.
Al
respecto, más allá de la retórica de Chávez, la inmensa transnacionalizacion
de las economías de todo los países de la región y los vínculos que ya
mantienen con el mercado mundial hacen completamente irreal e ilusoria la
prédica “latinoamericanista”.
La
unidad regional es una aguda necesidad de los pueblos del continente: buena
parte del atraso y sometimiento de la región se deben a que –a diferencia de
Estados Unidos-, en Sudamérica, luego de la independencia, se dio lugar a una
miríada de estados relativamente pequeños que impidió el desarrollo de
economías de escala y, por tanto, de sus fuerzas productivas. Paralelamente, la
emancipación de un imperio en decadencia como España dio lugar a una renovada
dependencia respecto de las potencias imperialistas en ascenso: en el siglo XIX,
Inglaterra; en el siglo XX, Estados Unidos. Pero si la unidad latinoamericana no
pudo lograrse entonces, ¿cómo podría lograrse ahora, cuando prácticamente
no quedan burguesías propiamente nacionales?
La
conclusión que se desprende es que, más que nunca, un proceso revolucionario
que supere las fronteras y estados nacionales no vendrá del “frente único
antiimperialista” con la corriente “bolivariana continental”. Sólo puede
venir de un curso independiente, de la mano de la clase obrera que, en
alianza con el resto de los explotados y oprimidos, impongan con su lucha los Estados
Unidos Socialistas de Latinoamérica.
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