Socialismo o Barbarie, periódico, Nº 78, 00/05/06
 

 

 

 

 

 

Debates

¿Federación de repúblicas latinoamericanas… capitalistas?

Por Roberto Sáenz

Presentamos la segunda parte del debate con los compañeros del MES del Brasil (corriente interna del P-SOL). Debate que cobra más actualidad aún en momentos en que las relaciones entre Estados “crujen” bajo la doble presión del Imperialismo yanqui y la continuada presencia del ciclo de las rebeliones populares. Sometidos a estas presiones, los distintos gobiernos de “centro-izquierda”, nacionalistas burgueses o de “frente popular”, toman cursos políticos y económicos que, sin romper con el capitalismo, muchas veces expresan la búsqueda de una regulación distinta del capitalismo a la que rigió en los 90, así como mayores grados de autonomía respecto de las imposiciones yanquis. Ejemplo de esto es la anunciada “nacionalización” del gas en Bolivia.

Pero en todos los casos, estos posicionamientos –aun incluyendo elementos de resistencia parcial frente al imperialismo yanqui– de ninguna manera configuran un curso anticapitalista. Y, por lo tanto, no pueden dar lugar a una verdadera integración, aun cuando se ensayen pasos que estén fuera del libreto de lo acostumbrado en las últimas décadas.

Los compañeros del MES sostienen la tesis de que el “debilitamiento” de la clase obrera habría llegado a tal punto que lo más dinámico serían los “nuevos movimientos sociales”. Lo han dado entender más de una vez a lo largo de los últimos años y se reitera en artículos más recientes.

“Chávez y la revolución bolivariana existen en un nuevo contexto de la situación latinoamericana, en el cual se mezclan las crisis de los gobiernos neoliberales con la emergencia de insurrecciones y movilizaciones populares. En estos procesos, principalmente campesinos e indígenas –pero donde la clase obrera estuvo siempre presente- se levantaron reivindicaciones democráticas y antiimperialistas, más que clasistas. Podemos afirmar que de alguna manera estos movimientos son más progresistas, pues permiten la formación de un bloque de clases explotadas con una política nacional conjunta” (Movimiento Nº 12, p. 18).

Por lo pronto, no queda muy claro a qué se refieren los compañeros con “bloque de clases explotadas con una política nacional conjunta” (vaguedad propia de las formulaciones frentepopulistas). En todo caso, los movimientos campesinos e indígenas (muy progresivos, pero no “más progresistas” respecto de la emergencia de la clase obrera), lejos de ser un elemento de fortaleza de las rebeliones populares, han marcado, precisamente, la ausencia de la centralidad de la clase trabajadora en la primera fase del actual ciclo político. Y esa carencia social fue la más determinante para que se pudiera imponer la actual mediación centroizquierdista de las rebeliones.

Por si esto fuera poco, resulta sorprendente que no den cuenta de que tanto en el caso del nuevo gobierno de Evo Morales, como en la experiencia de la UNT en Venezuela –y, más claramente aún, en el caso de Argentina y Kirchner–, la dinámica es la opuesta: los “movimientos sociales” se están mostrando como cooptables por el Estado, al tiempo que el sector social de los explotados y oprimidos de donde más consecuentemente vienen los elementos de contradicción y oposición a los nuevos gobiernos es la clase obrera ocupada.

Sin ser impresionistas, y al calor de una recuperación –si bien no estructural- de la economía a nivel continental, sectores clave de la clase obrera ocupada están recuperando un lugar estratégico y central muy superior, por razones objetivas y subjetivas, a la endeblez social y política que muestran los “nuevos movimientos sociales” como el MST de Brasil, las corrientes indigenistas en Bolivia (el MAS y el MIP) e incluso los movimientos de desocupados (es decir, trabajadores en sentido amplio, pero sin arraigo laboral y estructural) en la Argentina.

Este mismo análisis y perspectiva estratégica respecto del sujeto social de la transformación, este debate sobre la centralidad o no de los trabajadores en la necesaria alianza obrera, campesina, originaria y popular que se necesita en Latinoamérica, se entronca con y tiene consecuencias en la orientación política en la región. La pérdida de toda perspectiva política independiente –que señaláramos en el número anterior– y el llamado a construirse al interior de movimientos burgueses o pequeño burgueses que no son de la clase obrera son parte de la misma perspectiva.

La integración latinoamericana y el planteo del MES

Dicen los compañeros: “El proceso bolivariano pone a la izquierda revolucionaria frente a un desafío. Defensora de la idea de una Federación de Repúblicas Socialistas, tiene el desafío de posicionarse –o no- en ese terreno concreto frente al imperialismo y a los gobiernos entreguistas. La Federación Socialista fue una palabra de orden aplicada en la época del apogeo de la revolución cubana, cuando Fidel y el Che habían puesto en marcha la OLAS (Organización Latinoamericana de Solidaridad) y después la Tricontinental. Ahora existe un contexto diferente, nuevo, sobre el cual es preciso actuar y que obliga a pensar una política concreta para este momento concreto. Política que permita incidir en el proceso de lucha de clases y esto no se puede hacer repitiendo las mismas palabras de orden del pasado de manera litúrgica. El ALBA ubica a la integración latinoamericana de manera objetiva y está dando pasos concretos en ese sentido (...) El ALBA significa también un paso importante para la toma de conciencia antiimperialista de las masas latinoamericanas, ya que no existe otra alternativa que llegue a ellas. Hoy es posible establecer un nuevo diálogo con el movimiento de masas de cada país, presentar una opción frente al imperialismo (...). A partir de esta situación y con esta política es que se puede presentar de manera mas clara la idea de la Federación de Repúblicas Latinoamericanas”.

Si se trata de un error de impresión, los compañeros nos sabrán disculpar: en esa formulación  no aparece el carácter socialista de la Federación. Sin embargo, por la lógica política de toda su posición, no parece que se trate de la ausencia involuntaria de una palabra. Porque el planteo del ALBA, con todo los elementos contradictorios “antiimperialistas” que, al menos en los papeles, tiene o pueda tener respecto de las orientaciones centrales del imperialismo, no es una propuesta de carácter anticapitalista.

El planteo concreto del MES termina siendo la utopía reaccionaria de una estrategia que viene fracasando en la región desde hace 200 años: una perspectiva de unidad latinoamericana de la mano de corrientes burguesas o pequeño-burguesas. Una perspectiva que en este terreno –como en el del “frente único antiimperialista– rompe con la lógica de la revolución permanente en beneficio de una estrategia etapista.

No es casual que en este planteo esté presente la lógica del “mientras tanto”: ubiquémonos “tácticamente” ahora, en “la situación concreta”, y “mientras tanto” las cosas van evolucionando. La molesta estrategia –que nos aleja de la conciencia política actual de las masas– la dejamos  para después. Con ese razonamiento se justifica el apoyo político al gobierno chavista, sólo que bajo la formula de “posicionarse en el terreno concreto”.

El carácter del ALBA

En defensa de esta orientación, se argumenta, como vimos, que el ALBA estaría ubicando “a la integración latinoamericana de manera objetiva y está dando pasos concretos en ese sentido”. Esto tiene una pizca de verdad, que hay que aprovechar revolucionariamente: el planteo del ALBA, como el del “socialismo del siglo XXI, ponen sobre la mesa debates ausentes hace años. Desde ese punto de vista cumplen un rol “progresista”.

Pero eso quiere decir en absoluto que esos planteos puedan resolver el problema de la integración. La cruda verdad es que el ALBA no ha dado un solo paso concreto que haya colocado la integración latinoamericana como un proceso que ya es “objetivo”, sino que, a lo sumo, ha servido de cobertura para acuerdos económicos de Estado o para negocios regionales con grandes grupos capitalistas.

Ya hemos escrito que Chávez tiene todo el derecho a hacer acuerdos como los que tienden a evitar el aislamiento económico de Venezuela y las medidas económicas de protección recíproca con Cuba. Pero no es esto lo que da el tono y el contenido real del resto de las relaciones económicas de Chávez con los demás países latinoamericanos. Que Chávez le mande a Cuba petróleo a cambio de la brigada de médicos y alfabetizadores enviados a Venezuela atenúa los efectos del bloqueo yanqui y el aislamiento económico de la isla. Pero la cosa no pasa de ahí: hace décadas que Castro practica la misma política reaccionaria de acuerdos de estados y que de ninguna manera impulsa un curso desde abajo, anticapitalista, en los países de la región.

Recientes trabajos de un economista marxista de reconocida seriedad, Claudio Katz (que, a decir verdad, es menos crítico que nosotros respecto del ALBA), aportan más elementos a la discusión:

“Venezuela no es estructuralmente distinta del resto de Sudamérica. Padece el mismo nivel de inequidad social, subdesarrollo agrario y raquitismo industrial. La pobreza afecta al 80% de la población y el empleo informal abarca las tres cuartas partes de los trabajadores (...). El asistencialismo social, la distribución de tierras improductivas y créditos al cooperativismo permiten iniciar una redistribución progresiva del ingreso. Pero remontar la regresión social (...) y revertir el desempleo estructural (...) presupone inversiones estatales de grandes dimensiones. No alcanza con el «desarrollo endógeno» en las ciudades y la erradicación de tierras improductivas en el campo (...)

“Un gran paso se ha dado con la expulsión de la gerencia transnacionalizada que controlaba PDVSA (...). Pero el principal freno del proceso bolivariano se localiza dentro de la propia administración chavista (...). La experiencia demuestra que las conquistas congeladas se diluyen (...). Chávez ha declarado varias veces su admiración por la revolución cubana, pero no implementa las medidas de ruptura con el capitalismo que se adoptaron en Cuba en los años 60 (...). Las convocatorias regionalistas (...) no tuvieron gran recepción entre sus colegas de centroizquierda (...)

“En cierta medida estas iniciativas brindan cobertura a los negocios que ya entrelazan a varios grupos capitalistas. Pero de estos convenios no surge la integración autónoma que ambiciona Chávez. Este objetivo requeriría implementar transformaciones que ningún gobierno centroizquierdista esta dispuesto a llevar a cabo. Para que Petrosur revierta la sumisión energética de la región, habría que reestatizar el petróleo en Argentina y Brasil (...). Pero es evidente que Kirchner y Mesa (ahora Morales) mantienen alianzas estratégicas con Repsol para preservar la privatización del sector (...). La expectativa chavista de contagiar el espíritu bolivariano a los gobiernos centroizquierdistas choca con un obstáculo estructural: las clases dominantes de la región preservan la conformación centrípeta que históricamente bloqueo su asociación (...). El sueño de Bolívar y San Martín no podrá concretarse mientras estos grupos capitalistas manejen el poder” (“Centroizquierda, nacionalismo y socialismo”, en revista SoB Nº 19).

Máas allá de las palabras y los gestos altisonantes, la política de acuerdos de Estados por arriba, sin el impulso real a una orientación de lucha de clases, de liquidación de la gran propiedad privada, en nada puede modificar esta conformación estructural de la región.

Es ahí donde mueren las palabras del “comandante” y el ALBA. Porque el contenido y la lógica última del ALBA no excede los acuerdos de Estados que, efectivamente, podrían tener elementos de una opción alternativa al ALCA, pero que tal como se pretenden implementar resultan o una cobertura a negocios con sectores capitalistas (por ejemplo, el caso del mega-gasoducto sudamericano) o un callejón sin salida, sin ninguna viabilidad.

Esto no es algo que las “nuevas condiciones” a que se refieren los compañeros del MES hayan cambiado. No es ninguna novedad teórica que no hay posibilidad estructural de “integración latinoamericana” sin un curso claro anticapitalista. En todo caso, lo realmente “nuevo”, en las actuales condiciones de mundialización del capital, es que una “nación grande” latinoamericana capitalista es aún menos posible que en el pasado.

Al respecto, más allá de la retórica de Chávez, la inmensa transnacionalizacion de las economías de todo los países de la región y los vínculos que ya mantienen con el mercado mundial hacen completamente irreal e ilusoria la prédica “latinoamericanista”.

La unidad regional es una aguda necesidad de los pueblos del continente: buena parte del atraso y sometimiento de la región se deben a que –a diferencia de Estados Unidos-, en Sudamérica, luego de la independencia, se dio lugar a una miríada de estados relativamente pequeños que impidió el desarrollo de economías de escala y, por tanto, de sus fuerzas productivas. Paralelamente, la emancipación de un imperio en decadencia como España dio lugar a una renovada dependencia respecto de las potencias imperialistas en ascenso: en el siglo XIX, Inglaterra; en el siglo XX, Estados Unidos. Pero si la unidad latinoamericana no pudo lograrse entonces, ¿cómo podría lograrse ahora, cuando prácticamente no quedan burguesías propiamente nacionales?

La conclusión que se desprende es que, más que nunca, un proceso revolucionario que supere las fronteras y estados nacionales no vendrá del “frente único antiimperialista” con la corriente “bolivariana continental”. Sólo puede venir de un curso independiente, de la mano de la clase obrera que, en alianza con el resto de los explotados y oprimidos, impongan con su lucha los Estados Unidos Socialistas de Latinoamérica.