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Movimientos
de desocupados
Un
debate de vida o muerte
Por Patricia
López
El
movimiento de desocupados nació de las luchas por recuperar los puestos de
trabajo perdidos con la recesión y las privatizaciones de los años 90, y se
constituyó en la más extendida y organizada reacción contra la economía
neoliberal en la Argentina. El Estado lo enfrentó con una doble política: por
un lado, durísima represión que dejó muertos, heridos y presos; por el otro,
planes sociales. Los movimientos no lograron reabrir fuentes de trabajo en
cantidad, más allá de los proyectos productivos de subsistencia y alguna que
otra cooperativa. En el terreno de la asistencia social, en cambio, los
movimientos avanzaron más, hasta lograr administrar por sí mismos los planes,
subsidios y alimentos que le arrancaron al Estado.
Esta
nueva tarea de administradores de la asistencia social estatal impuso a los
movimientos un nuevo carácter. Comenzaron a entrar a estas organizaciones masas
enteras de compañeros con una estructura de vida distinta: no son trabajadores
que perdieron su trabajo y quieren recuperarlo, sino que viven desde hace mucho
tiempo de la ayuda social y en su mayoría no pretenden cambiar su condición de
excluidos: de hecho la afirman, reclamando más planes, aumento de
los planes y más alimentos como única perspectiva de supervivencia.
En
nuestra opinión, los movimientos se adaptaron a esta presión distinta y
opuesta a la fuerza social que los originó, esa rebelión de compañeros
que, con mayor o menor claridad política, luchaban para salir de su situación
de miseria y fueron parte de la lucha más general del Argentinazo, expresando
esto en sus banderas: “trabajo, dignidad y cambio social”. El hecho de
pelear por trabajo (junto a su independencia respecto del Estado burgués) les
daba a los movimientos de desocupados un carácter obrero, una puerta abierta
hacia el clasismo.
En
los últimos años, estas consignas fueron de hecho sustituidas por otra, que
podría sintetizarse así: “queremos administrar un pedazo más de la
asistencia social del Estado”. El reclamo de trabajo genuino siguió
levantándose formalmente en actos y declaraciones, pero los movimientos se
volvieron cada vez más corporativos y alejados de la clase trabajadora, y
(junto con el retroceso general del Argentinazo) su carácter de “cooperativas
de reparto” se fue acentuando y el espíritu de lucha fue disminuyendo. Y esto
no se nota sólo en el número de compañeros movilizados: en nada se parecen
las columnas de indiferentes y silenciosos “caminantes” de hoy a las
orgullosas y combativas columnas de ayer.
Una
situación contradictoria
La
actual reactivación económica, que trajo la apertura de puestos de trabajo,
pone a los movimientos en una contradicción: la lucha por trabajo genuino se
hace más posible que en los primeros tiempos; a la vez, las organizaciones
están muy debilitadas en cantidad y calidad. ¿Se podrá reconvertir el
movimiento para retomar la lucha por trabajo? Ésa es la condición para
que estas organizaciones vuelvan a cobrar vida, reinsertándose en la lucha
de la clase trabajadora con una nueva legitimidad.
Desde
hace tiempo, el Frente de Trabajadores Combativos (FTC) pelea para que el
movimiento de desocupados cambie su programa y encare la lucha por trabajo como
prioridad. En esto ha habido un avance: el 17 de abril se realizó un corte en
la 9 de Julio de todos los movimientos en reclamo de puestos de trabajo en las
obras públicas como primer punto del programa. Si el plan de lucha del año
pasado, en lugar de “aumento de los planes”, hubiera levantado este
programa, hoy los movimientos estarían mejor posicionados frente al gobierno y
junto a los ocupados que están peleando por el salario.
Reorientarse
o morir
Hoy,
los mejores compañeros, los que no se adaptaron a la miseria y quieren
hacer algo para vivir mejor, buscan trabajo, y muchos lo han conseguido. Los
puestos que se consiguen son en su mayoría precarios, tercerizados, en negro.
Pero ya hemos visto cómo la gente que ha entrado en las tercerizadas
(telefónicos, ferrocarril, subtes, automotrices) pelea luego para pasar al
plantel de la empresa, para encuadrarse en el gremio que tiene el convenio más
ventajoso, etc., y muchas veces lo logran.
Ahora
se han abierto varias obras públicas. El programa que levantamos el 17 de abril
hay que bajarlo a tierra peleando para que los compañeros de los movimientos
entren a trabajar allí, convencerlos de que sigan organizados y que desde allí
den la pelea, junto a sus nuevos compañeros de trabajo, para mejorar sus
condiciones laborales. Y el movimiento tiene que reorganizarse a fondo para
servir realmente como herramienta de lucha a los compañeros que quieren pelear
por trabajo y a los que entran a trabajar. Y los que no pueden trabajar, por la
edad o la salud, que acompañen esa pelea por trabajo de los que sí pueden, y
mantengan desde allí el plan y los alimentos que han conquistado.
El
proyecto de Kirchner no consiste en bajar los planes; eso es sólo una parte. Lo
que necesita el capitalismo, representado por Kirchner, es mantener a la mitad
de la población desocupada o subocupada, para que el salario sea lo más bajo
posible. Y está dispuesto a invertir plata durante el tiempo que sea necesario
para “endulzar” a los desocupados con la ayuda social, como lo demuestra con
la cantidad de alimentos que está repartiendo a sus fieles y los nuevos planes
que ha implementado. La orientación que venían teniendo los movimientos, de
seguir reclamando asistencia social en vez de trabajo, es una trampa,
es de derecha y va en favor del gobierno, por más capucha con que la
vistan.
Este
debate no tiene que quedar en las reuniones de los dirigentes:
tiene que llegar a la base de los movimientos y que los mejores compañeros la
lleven adelante en sus barrios, organizando con el movimiento a nuevos
compañeros que hasta ahora no se acercan porque no les interesa un plan sino
tener trabajo. Si esto se logra, nuevamente habrá un recambio en la
composición de los movimientos, esta vez en un sentido progresivo, hacia la
lucha y la unidad de clase.
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