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El
control de la inflación
Paso
a paso, se viene el tarifazo
Por Marcelo
Yunes
Salió
la nueva ley: el gobierno va a hacer lo que le parezca con las tarifas de
servicios públicos. Basta de negociaciones interminables con las privatizadas y
de conflictos con las asociaciones de usuarios. Kirchner resolvió el asunto con
la llamada Ley De Vido: está autorizado a crear cargos tarifarios adicionales
en las boletas (por ahora de luz y gas, pero ya seguirán otras), supuestamente
para “inversiones de infraestructura”.
El
texto de la ley tiene tantas trampas que hay que abarajarlas de a una.
Por
empezar, se supone que los cargos adicionales son sólo para industrias,
comercios y consumidores medianos y grandes. Primera trampa: hasta ahora, los
aumentos de tarifas autorizados por el gobierno en los nuevos contratos excluían
a todas las casas de familia, lo que significa que ahora empieza a avanzar en
ese terreno. Segunda trampa: en ninguna parte se aclara cuál es el criterio
para ser considerado consumidor “mediano” o “pequeño”. Tercera trampa,
la mayor de todas: querer hacer creer que al que no le toque el aumento está
salvado. La realidad es que el gobierno, poco a poco, está estimulando la
inflación, porque no hay duda de que “industrias y comercios” trasladarán
sus mayores costos a los precios. De hecho, parte del aumento del costo de vida
bajo Kirchner se debe a ese proceso invisible y que evita costos políticos,
pero muy real.
Más
trampas: a diferencia de cualquier negociación de contrato de concesión, no se
prevé ninguna intervención de las asociaciones de usuarios. Por poco eficaces
que sean, representaban cierto margen de límite que ahora estará ausente. Y va
a haber que acostumbrarse a esto, porque la ley no pone ninguna fecha de término
a este sistema de cargos extras. Cuando paguemos la boleta de la luz en el
2011 nos vamos a acordar de Kirchner, como hoy nos acordamos de Menem.
Hablando
de Roma, queda al desnudo otra gran mentira de este gobierno: que viene a
arreglar las privatizaciones desastrosas de los 90. La realidad es que gracias a
este esquema, las privatizadas mantendrán su concesión, con la ventaja de que no
tendrán que poner un peso de inversión real. Esa plata la vamos a poner
nosotros, gracias a este esquema de fondos fiduciarios inventado no en 2006 por
Kirchner ni De Vido, sino en 1994 por… sí, por Menem.
La
crisis de infraestructura
El
problema de fondo es muy simple: la infraestructura energética y de
servicios de la Argentina no da para mucho más. Lo cual es lógico, si se
tiene en cuenta que las empresas encargadas de brindar el servicio sólo se
encargaron de llenarse los bolsillos –sin invertir– durante los 90, con el 1
a 1, y de hacerle juicio al Estado con el 3 a 1. Entonces, hay tres días
seguidos de calor y se corta la luz, hay tres días seguidos de frío y falta
gas, se rompe un caño y queda medio Jujuy sin agua, se cae un puente y queda
aislado el norte de Salta, que después se inunda, y todo así…
Por
supuesto, las privatizadas no van a devolver nada de todo lo que se llevaron ni
poner recursos propios. Van a seguir embolsando jugosas ganancias por
administrar la infraestructura heredada del Estado. Las imprescindibles
inversiones que les toque hacer, las pagarán del bolsillo del Estado. Es decir,
el nuestro, vía las nuevas tarifas extra. Y no es poca plata: sólo en
generación eléctrica y gasoductos, se estima una inversión de 4.000 millones
de dólares. Esto es, más de la mitad del “superávit fiscal récord”, que
da para mucho pero no alcanza para todo. Por eso, los dineros adicionales saldrán
no de las arcas de Edenor, Edesur o Metrogas, sino de nuestro salario.
El
colmo de lo escandaloso es que estos cargos se pueden empezar a cobrar no cuando
empiecen las obras, sino incluso sólo con el proyecto aprobado de la obra (artículo
9 de la ley). Es como si Menem hubiera podido empezar a cobrar tarifas extra
para las obras de saneamiento del Riachuelo…
El
que parte y reparte…
…
se queda con la mejor parte. Ése es el caso del gobierno, que a través del
Ministerio de Planeamiento tendrá todas estas atribuciones: a) definirá el
monto del cargo tarifario extra; b) podrá modificar ese monto como mejor le
parezca; c) no está obligado a interrumpir el cobro de la tarifa extra; d) podrá
decidir si los recursos se gastan vía obra pública directa o vía empresas, y
la lista sigue. La pusilánime oposición burguesa llora por los rincones
clamando contra los “superpoderes” de De Vido, presentado por la prensa como
una especie de “monje negro”. Una pavada, porque esa mediocridad insigne no
es más que el otro yo del Dr. Kirchner.
En
realidad, como ya hemos dicho en estas páginas, el nuevo esquema oficial es
tener bajo control el funcionamiento de los servicios a través de diversas
formas de subsidio. Algo así como tener todas las desventajas de la privatización
(ganancias ajenas) y de la estatización (gasto público), sin ninguna de las
eventuales “ventajas”. Pero de esta manera el gobierno se asegura de que no
haya sorpresas en el manejo del cuadro tarifario. Como se ve, todos los
caminos conducen a Kirchner 2007…
Para
el postre, una frutilla bien gorda: según la nueva ley, resulta que los
excedentes “temporarios” –es decir, los que el gobierno considere como
tales– de los fondos creados con los cargos extra pueden ser destinados a
financiar al Estado, con tasas favorables (Clarín, 29-4-06). Una
forma muy oportuna de poder recurrir a una caja adicional si surgen gastillos no
previstos. Por ejemplo, para campañas electorales. Porque de mecanismo de
control, mejor ni hablar: el uso de los fondos va a ser, en los hechos,
discrecional, y no habrá que rendirle cuentas a nadie
En
conclusión, también en este terreno Kirchner se muestra como la consolidación
–con los cambios necesarios– de la estructura montada en los 90. El supuesto
“estatismo” tiene patas cortas, y las carencias de infraestructura no serán
resueltas mediante este esquema mezquino, pensado para un “largo plazo” que
se agota en la reelección. La única solución realista es la nacionalización
de todos los servicios públicos sin indemnización, bajo control de
trabajadores y usuarios, en el marco de un plan serio de obras públicas
imprescindibles de infraestructura, financiado con los fondos que hoy se
destinan a la deuda con los usureros internacionales y locales. Es decir, lo
contrario del capitalismo “semi-regulado” de Kirchner.
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