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1º
de mayo
Un
día que no es igual a los demás
Por Isidoro
Cruz Bernal
Las
clases dominantes, y los gobiernos y regímenes que las representan, han
maniobrado en forma constante para convertir a esta fecha en algo inofensivo. Así
se ha hablado, paulatina e indistintamente, de “día del trabajo” o
“fiesta del trabajo”. Definiciones como éstas cambian completamente el
significado original del 1º de mayo. Sentido que no es otro que la protesta
contra los atropellos de los empresarios, a través del camino de reconocerse
como miembros solidarios de una misma clase y la afirmación decidida del
derecho de los trabajadores a disfrutar en libertad de los bienes que su trabajo
colectivo produce. Cosa que tiene, en la actual organización de la sociedad, un
obstáculo imposible de superar si no se produce un cambio radical que acabe con
el capitalismo y construya una sociedad libre de explotación. Estos planteos de
emancipación social se identifican, más allá de diversas deformaciones y
eventualidades históricas, con el proyecto histórico socialista.
Esta
lucha contra una realidad opresiva y alienante, que lleva hacia el
descubrimiento de un objetivo de justicia y dignidad, no empezó hace poco. Es
la larga historia de una lucha durísima, sellada muchas veces con el martirio
de una incontable legión de militantes obreros y populares. Por eso, en vísperas
del 1º de mayo de 2006, debemos reafirmar que esta fecha no es ninguna
“fiesta” ni se trata de un insípido “día del trabajo” (común por lo
tanto a empresarios y obreros): es una conmemoración. Es y debe ser una
jornada de lucha, y también de reflexión, que invita a rememorar el
trayecto vivido por los trabajadores (en lo personal, lo colectivo y lo histórico)
y a pensar nuestra situación presente como clase y hacia dónde debemos ir
aquellos que, por nuestro común carácter de trabajadores, somos el principal
sostén de la vida social.
El
origen histórico del 1º de mayo
Ya
en estas páginas hemos relatado la historia de los mártires de Chicago. No
repetiremos esto sino que mencionaremos lo esencial. Los que posteriormente serán
conocidos así eran parte de la dirección de un combativo núcleo
anarcosindicalista que, hacia comienzos de la década de 1880-90, había logrado
ganar la mayor parte de los sindicatos de esa ciudad. Como el resto de las
corrientes del movimiento obrero, orientaron la lucha de los trabajadores de
Chicago hacia la conquista de la jornada de 8 horas. Esta reivindicación
implicaba poner un límite a la superexplotación de los trabajadores, basada en
ese momento histórico en una jornada laboral de 16 o más horas, y era
fundamentada a partir de dividir el día en tres partes
(8 horas para trabajar, 8 horas de descanso y 8 horas para la vida
individual y de relación para cada trabajador). Realizaron manifestaciones
masivas y varias huelgas generales.
Un
hecho terminó dando un brutal giro a los acontecimientos. Al día posterior que
la policía reprimió un acto realizado por estibadores (con 4 muertos) se hizo
una manifestación de repudio. Alguien arrojó una bomba sobre la policía,
matando a 7 efectivos e hiriendo a decenas de ellos. La mayoría de los
historiadores coincide en que lo más probable es que se tratara de una
provocación armada por la policía. En caso que no hubiera sido así, lo
concreto es que esto legitimó una represión policial mucho más cruenta. Más
de 200 personas heridas y varios muertos. La zona
se volvió un infierno.
El
resultado final de esto fue que la dirección de los sindicatos combativos de
Chicago fue llevada a un juicio que constituía una auténtica venganza de
clase, que inclusive violaba las mismas normas legales proclamadas por la
burguesía. Tan parcial y sin pruebas fue el juicio que el jurado no se atrevió
a condenar a muerte a los 8 acusados. Lo hizo con 5 de ellos (August Spies,
George Engel, Adolph Fischer, Louis Lingg y Albert Parsons) mientras que 3 de
ellos (Oscar Neebe, Samuel Fielden y Michael Schwab) pasaron largos años en
prisión.
El
impacto que tuvo este hecho fue enorme. Los mártires de Chicago fueron una
bandera para todo el movimiento obrero. Otro hecho inmediatamente posterior se
enlazaría con este. La condena de Spies y sus compañeros fue en 1886, tres años
antes del primer centenario de la Revolución Francesa. La burguesía francesa
se preparaba para celebrarlo mediante la realización de una Exposición
Universal en París. Los socialistas y anarquistas que habían realizado las
Conferencias Obreras Internacionales de 1883 y 1886 decidieron impulsar una
nueva convocatoria que coincidiera temporalmente con la Exposición Universal de
París. En su declaración de propósitos afirmaban la contraposición entre la
Exposición Universal, que invitaba a los ricos a admirar la riqueza producida
por el trabajo social y apropiada en exclusividad por ellos, y la reunión
convocada por el Congreso Obrero Internacional, que buscaba afirmar los lazos de
unión entre los trabajadores desposeídos.
La
convocatoria fue ampliamente exitosa. Concurrieron poderosas organizaciones
obreras de todo el continente europeo, como las Trade Unions inglesas, así como
delegaciones de América del Norte y del Sur. La reunión votó una resolución
en la que se planteaba organizar “una gran manifestación en fecha fija, de
tal manera que simultáneamente, en todos los países y en todas las ciudades en
el mismo día convenido, los trabajadores pedirán a las autoridades oficiales
la reducción, mediante una ley, de la jornada de trabajo de 8 horas y que se
lleven a efecto las demás resoluciones del Congreso de París”. La fecha
escogida fue el 1º de mayo de 1890, día en que los sindicatos norteamericanos
decidieron reiniciar la lucha por las 8 horas y que conmemoraba la huelga que
terminó con la condena a los mártires de Chicago.
El
1º de mayo de 1890 representaba los primeros pasos de una clase social
progresista para erigirse como un factor autónomo e independiente, tanto en
cada país como a escala internacional.
Defender
y renovar las tradiciones obreras e internacionalistas
Mucha
agua ha corrido bajo los puentes. A nivel internacional, la tremenda fuerza del
capital produjo la aparición del fenómeno de la colaboración de clases.
Primero la socialdemocracia y después el estalinismo, usurpador de la revolución
obrera bolchevique, representaron variantes de ese colaboracionismo. En sus
manos, el 1º de mayo se convirtió en un día en el que se hacían discursos más
o menos “rojos”, mientras que la política cotidiana se orientaba por el
carril de la derecha. Hoy en día, ambas formaciones históricas de la izquierda
son completamente funcionales al capitalismo, las más de las veces asumiendo su
defensa encendida.
En
la Argentina fue distinto. El movimiento obrero obtuvo una serie de importantes
conquistas materiales, cuyo disfrute durante unos años lo ha pagado con la pérdida
de su independencia. El peronismo prácticamente estatizó los sindicatos,
convirtiéndolos en una dependencia de un gobierno burgués. Estas conquistas,
otorgadas “desde arriba”, apuntalaron el dominio de una ideología burguesa
entre los trabajadores. El peronismo educó a la clase obrera argentina en la
creencia de que la explotación no es la norma del sistema capitalista sino una
especie de “desviación” respecto del trato “normal” entre empresarios y
trabajadores. Solamente los “malos” patrones explotaban. Con los patrones
“buenos” había que entenderse, ya que “capital y trabajo son factores
necesarios para la producción”, y que “uno sin el otro no pueden hacer
nada”. Es decir, el peronismo logró convencer a la clase que era posible la
armonía entre clases con distintos intereses, entre patrones y obreros.
Esto
se reflejó cada año en el 1º de mayo. Esta fecha fue calificada de “Fiesta
del Trabajo y de la Unidad Nacional”. La evidencia de que la sociedad
argentina está dividida en diferentes clases que tienen diferentes objetivos
fue casi anulada por la hegemonía peronista. Ni siquiera las fracciones de
izquierda del peronismo escapan a esta lógica, ya que si bien tuvieron una
importante dosis de combatividad, eran adversas al clasismo en nombre de la
alianza con la “burguesía nacional” contra el imperialismo.
La
conmemoración del 1º de mayo no es algo ritual para los socialistas
revolucionarios. Implica afirmar un vínculo solidario y fraterno entre los
explotados, entre los miembros de una misma clase: la clase que sostiene al
mundo en que vivimos y que, al mismo tiempo, no dispone de los bienes y la
riqueza que contribuye, decisivamente, a crear. El 1º de mayo es el día de esa
clase, de la clase trabajadora. Y hay que recordar que esa clase existe en todo
el mundo, porque la extensión al infinito de la sociedad capitalista la hace
cada día más grande. Conmemorar el 1º de mayo es dar cuenta de los lazos que
unen a los trabajadores a través de todo el mundo e impulsarlos a la acción
política cotidiana. Es afirmar una cosa tan sencilla y tan profunda como que el
1º de mayo es el día internacional de los trabajadores.
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