Socialismo o Barbarie, periódico, Nº 77, 20/04/06
 

 

 

 

 

 

¿Federación de repúblicas... capitalistas o Federación Socialista?

La opción por los “movimientos sociales” en detrimento de la clase obrera

Roberto Sáenz

Someramente, desde el punto de vista estratégico, es sabido que los compañeros del MES sostienen la tesis de que el “debilitamiento” de la clase obrera habría llegado a tal punto que lo más dinámico serian los “nuevos movimientos sociales”. Esto ha aparecido en una serie de textos a lo largo de los últimos años y se reitera, nuevamente, en los artículos que estamos criticando.

“Chávez y la revolución bolivariana existen en un nuevo contexto de la situación latinoamericana, en la cual se mezclan las crisis de los gobiernos neoliberales con la emergencia de insurrecciones y movilizaciones populares. En estos procesos, principalmente campesinos e indígenas –pero donde la clase obrera estuvo siempre presente- se levantaron reivindicaciones democráticas y antiimperialistas, mas que clasistas.

Podemos afirmar que de alguna manera estos movimientos son mas progresistas, pues permiten la formación de un bloque de clases explotadas con una política nacional conjunta[1].

Realmente, no se sabe a que se refieren los compañeros cuando habla de “la formación de un bloque de clases explotadas con una política nacional conjunta” (pastiche que suena “frente-populista”). En todo caso, lejos de ser los movimientos campesinos e indígenas (muy progresivos, pero no “mas progresistas” respecto de la emergencia de la clase obrera) un elemento de fortaleza de las rebeliones populares, ha sido, precisamente, la ausencia de la centralidad de la clase trabajadora en la primera fase del actual ciclo político, la carencia social mas determinante para que se pudiera imponer la actual mediación centroizquierdista de las rebeliones.

Por si esto fuera poco, resulta sorprendente que siquiera se den cuenta que tanto en el caso del nuevo gobierno de Evo Morales, como en la experiencia de la UNT en Venezuela o, mas claramente aun, en el caso argentino frente a Kirchner, la dinámica es la opuesta: los “movimiento sociales” están siendo y son fácilmente cooptables por el Estado, al tiempo que el sector social de los explotados y oprimidos de quien mas consecuentemente están viniendo los elementos de oposición y contradicción con los nuevos gobiernos, es precisamente la clase obrera ocupada.

Es decir, lejos del impresionismo y al calor de una recuperación –si bien no estructural- de la economía a nivel continental, sectores capitales de la clase obrera ocupada están recuperando el lugar estratégico y central muy superior por razones objetivas y subjetivas, frente a la endebles social y política que muestran los “nuevos movimientos sociales” como el MST de Brasil, las corrientes indigenistas en Bolivia (el MAS y el MIP). E, incluso, los movimientos de desocupados (es decir, de trabajadores en sentido amplio, pero sin arraigo laboral y estructural) en la Argentina.

Este mismo análisis (o perspectiva estratégica) respecto del sujeto social de la transformación y de la centralidad (o no) de los trabajadores en la necesaria alianza obrera, campesina, originaria y popular que se necesita en Latinoamérica, se entronca y tiene consecuencias en la orientación del trabajo en la región. Hace parte, justamente, de la perdida –que venimos señalando- de toda perspectiva política independiente y del llamado a construirse al interior de movimientos burgueses o pequeño burgueses que no son de la clase obrera. Una cosa se condice con la otra.

¿Qué integración latinoamericana?

Nos interesa desarrollar, como ultimo punto de esta polémica, una critica respecto de los planteos programáticos del MES en lo que hace a la integración latinoamericana y el papel del ALBA en la misma.

Dicen los compañeros: “El proceso bolivariano pone a la izquierda revolucionaria frente a un desafió. Defensora de la idea de una Federación de Republicas Socialistas, tiene el desafió de posicionarse –o no- en ese terreno concreto frente al imperialismo y a los gobiernos entreguistas. La Federación Socialista fue una palabra de orden aplicada en la época del apogeo de la revolución cubana, cuando Fidel y el Che habían puesto en marcha la OLAS (Organización Latinoamericana de Solidaridad) y después la Tricontinental. Ahora existe un contexto diferente, nuevo, sobre el cual es preciso actuar y que obliga a pensar una política concreta para este momento concreto. Política que permita incidir en el proceso de lucha de clases y esto no se puede hacer repitiendo las mismas palabras de orden del pasado de manera litúrgica. El ALBA ubica a la integración latinoamericana de manera objetiva y esta dando pasos concretos en ese sentido (...). El ALBA significa también un paso importante para la toma de conciencia antiimperialista de las masas latinoamericanas, ya que no existe otra alternativa que llegue a ellas. Hoy es posible establecer un nuevo dialogo con el movimiento de masas de cada país, presentar una opción frente al imperialismo (...). A partir de esta situación y con esta política es que se puede presentar de manera mas clara la idea de la Federación de Republicas Latinoamericanas”.

Quizás nos equivoquemos (los compañeros nos sabrán disculpar). Pero en la redacción del ultimo renglón, se les “paso” el carácter “socialista” de la Federación... Sin embargo, nos parece que por la lógica de toda su posición, no es así. No se trata de la ausencia involuntaria de una “palabra”. Hay un grave problema de lógica política: el planteo del ALBA, con todo lo que de elementos contradictorios “antiimperialistas” –por lo menos, en los papeles- tiene (o pueda tener) respecto de las orientaciones centrales del imperialismo, no es una propuesta de carácter anticapitalista.

Es decir, el planteo “concreto” del MES “para la situación concreta”, termina siendo la utopía reaccionaria de una estrategia que viene fracasando en la región desde hace 200 años: una perspectiva de unidad latinoamericana de la mano de corrientes burguesas o pequeño-burguesas. Una perspectiva que en este terreno (como en el del frente único antiimperialista) rompe con la lógica de la revolución permanente en beneficio de una estrategia etapista. No es casual que -en este planteo-  este también presente esa lógica del “mientras tanto” (utilizada para justificar el apoyo político al gobierno chavista), solo que bajo la formula de llamado a “posicionarse en el terreno concreto”[2].

En defensa de esta orientación, se argumenta que el ALBA estaría ubicando “a la integración latinoamericana de manera objetiva y esta dando pasos concretos en ese sentido”. Pero lo que de pizca de verdad contiene este argumento (y eso hay que aprovecharlo revolucionariamente), es que el planteo del ALBA (como el del “Socialismo en el siglo XXI) colocan sobre la mesa debates ausentes hace años y desde ese punto de vista cumplen un rol “progresista”; lo que no quiere decir, para nada, que puedan resolver el problema de la integración.

Es decir, la cruda verdad es que el ALBA no ha dado un solo paso concreto que haya colocado la integración latinoamericana como un proceso que ya es “objetivo”, sino que -a lo sumo- ha servido de cobertura para acuerdos económicos de Estado (muchos de ellos “lícitos”, como los que tienden a evitar el aislamiento económico de Venezuela) o para negocios regionales con grandes grupos capitalistas[3]. Recientes trabajos de Claudio Katz[4] (que, honestidad obliga, es menos critico que nosotros respecto del ALBA) nos permiten poner más elementos sobre la mesa.

“Venezuela no es estructuralmente distinta del resto de Sudamérica. Padece el mismo nivel de inequidad social, subdesarrollo agrario y raquitismo industrial. La pobreza afecta al 80% de la población y el empleo informal abarca las tres cuartas partes de los trabajadores (...). El asistencialismo social, la distribución de tierras improductivas y créditos al cooperativismo permiten iniciar una redistribución progresiva del ingreso. Pero remontar la regresión social (...) y revertir el desempleo estructural (...) presupone inversiones estatales de grandes dimensiones. No alcanza con el ‘desarrollo endógeno’ en las ciudades y la erradicación de tierras improductivas en el campo (...). Un gran paso se ha dado con la expulsión de la gerencia transnacionalizada que controlaba PDVESA (...). Pero el principal freno del proceso bolivariano se localiza dentro de la propia administración chavista (...). La experiencia demuestra que las conquistas congeladas se diluyen (...). Chávez ha declarado varias veces su admiración (por la revolución cubana), pero no implementa las medidas de ruptura con el capitalismo que se adoptaron en Cuba en los años ’60 (...). Las convocatorias regionalistas (...) no tuvieron gran recepción entre sus colegas de centroizquierda (...). En cierta medida estas iniciativas brindan cobertura a los negocios que ya entrelazan a varios grupos capitalistas. Pero de estos convenios no surge la integración autónoma que ambiciona Chávez. Este objetivo requeriría implementar transformaciones que ningún gobierno centroizquierdista esta dispuesto a llevar a cabo. Para que Petrosur revierta la sumisión energética de la región habría que reestatizar el petróleo en Argentina y Brasil (...). Pero es evidente que Kirchner y Mesa (ahora Morales) mantienen alianzas estratégicas con Repsol para preservar la privatización del sector (...). La expectativa chavista de contagiar el espíritu bolivariano a los gobiernos centroizquierdistas choca con un obstáculo estructural: las clases dominantes de la región preservan la conformación centrípeta que históricamente bloqueo su asociación (...). El sueño de Bolívar y San Martín no podrá concretarse mientras estos grupos capitalistas manejen el poder”[5].

Es obvio que Chávez “entiende” perfectamente esto. Y mas allá de las palabras y los gestos altisonantes, la política de acuerdos de Estados por arriba, sin el impulso real a una orientación de lucha de clases, de liquidación de la gran propiedad privada, en nada puede modificar esta conformación estructural de la región. Es ahí donde mueren las palabras del “comandante” y el ALBA.

Este es el contenido y la lógica última del ALBA: acuerdos de Estados que, efectivamente, podrían tener elementos de una opción alternativa al ALCA, pero que por la vía que se pretenden implementar o es una cobertura a negocios con sectores capitalistas (por ejemplo, el caso del mega-gasoducto sudamericano que se esta proyectando) o un callejón sin salida, sin ninguna practicidad.

Esto no es algo que las “nuevas condiciones” -de las cuales hablan los compañeros del MES- hayan cambiado. Es decir, no es “nuevo” el hecho de que no haya ninguna posibilidad estructural de “integración latinoamericana” sin un curso claro anticapitalista. En todo caso, lo realmente “nuevo” -en condiciones de mundialización del capital- es que esto es un millones de veces menos posible que en el pasado.

Al respecto, “(...) mas allá de la retórica de Chávez, la inmensa transnacionalizacion de las economías de todo los países de la región y los vínculos que ya mantienen con el mercado mundial hacen completamente irreal e ilusoria la predica ‘latinoamericanista’ (...). Desde ya que esta unidad es una aguda necesidad de los pueblos del continente: no poco del atraso y sometimiento de la región tienen que ver con que –a diferencia de Estados Unidos-, en Sudamérica, luego de la independencia, se dio lugar a una miríada de estados relativamente pequeños que impidió el desarrollo de economías de escala y, por tanto, de sus fuerzas productivas. A la vez que, en vez de lograrse un desarrollo realmente independiente, la independencia de un imperio en decadencia como el de España dio lugar a una renovada dependencia respecto de la potencia imperialista en ascenso en aquella época: Inglaterra (...) en el siglo XX, Estados Unidos. Pero si en el siglo XIX y XX este proceso de emancipación (...) no pudo venir de la mano de las ‘burguesías nacionales’, ¿cómo podría serlo ahora, cuando estas mismas burguesías no son mas que un mito, cuando prácticamente no quedan burguesías propiamente nacionales?”.

Conclusión: mas que nunca, un proceso que supere las fronteras y estados nacionales, no vendrá del “frente único antiimperialista” con la corriente “bolivariana continental”. Solo puede venir de un curso independiente: de la mano de la clase obrera que en alianza con el resto de los explotados y oprimidos impongan mediante los métodos de la lucha de clases, los Estados Unidos Socialistas de Latinoamérica.


[1] Revista Movimiento nº12, pp.18.

[2] Es decir, posicionémonos “tácticamente” ahora (en “el terreno concreto de la situación concreta”  y “mientras tanto” las cosas vayan evolucionando) y dejemos la –molesta- estrategia –que nos pone “Muros de Berlín” hacia las masas- para después...

[3] Ya hemos escrito que consideramos un derecho y “progresivas” la medidas económicas de protección reciproca con Cuba. Pero no es esto lo que da el tono y el contenido real del resto de las relaciones económicas de Chávez con los demás países latinoamericanos: “Que Chávez le tienda una mano a Cuba mediante el aporte de petróleo a cambio de la brigada de médicos y alfabetizadores enviados a Venezuela, es progresivo y, a todas luces, atenúa los efectos del bloqueo yanqui y el aislamiento económico de la isla. Pero la cosa no pasa de ahí: hace décadas que Castro practica la misma política reaccionaria de acuerdos de estados y que de ninguna manera impulsa un curso desde abajo, anticapitalista, en los países de la región”. Idem, Roberto Sáenz.

[4] Se trata de un serio economista marxista ampliamente conocido en la vanguardia de la región.

[5] Claudio Katz, “Centroizquierda, nacionalismo y socialismo”. En revista “Socialismo o Barbarie” n°19.