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Incendio y
muerte en un taller clandestino
La
precarización laboral no reconoce fronteras
Por Oscar
Alba
A
poco de destituido Ibarra por su responsabilidad en la masacre de Cromañón,
una nueva tragedia enlutó la ciudad. Y otra vez, la corrupción de las
instituciones y la falta de control fueron cómplices de la muerte de
trabajadores y niños víctimas de la superexplotación capitalista.
El
trágico incendio del taller textil de Caballito, el 30 de marzo pasado, se llevó
la vida de dos trabajadores bolivianos y cuatro chiquitos de la misma
nacionalidad que trabajaban y vivían allí, en condiciones inhumanas.
Luego
de ocurrido el incendio, Jorge Telerman, flamante jefe de gobierno de la ciudad
de Buenos Aires, anunció el lanzamiento de un plan para combatir el trabajo
ilegal, y Enrique Rodríguez, ministro de la Producción, será interventor de
la policía de trabajo de la Ciudad. Estas primeras medidas, por supuesto,
llegan muy tarde. La existencia de talleres clandestinos viene desde hace varios
años y es conocido por los trabajadores y vecinos de los barrios de la Capital
y el Gran Buenos Aires, lo cual pone al desnudo la hipocresía de funcionarios,
empresarios y burócratas sindicales que ahora salen a culparse mutuamente.
Al
derribarse el techo de la fábrica textil por efecto de las llamas, los dos
trabajadores bolivianos y las criaturas no pudieron escapar y murieron
carbonizados. Fue el fin de un camino de superexplotación y moderna esclavitud
por el que vienen transitando decenas de miles de inmigrantes bolivianos. Un
camino que inician en su propia tierra, empujados por la miseria, la desocupación
y la marginalidad. Es el caso, por ejemplo de Sonia Aruquipa de 41 años, que
pensó encontrar cierta salida de la pobreza en uno de los tantos talleres del
barrio de Flores. “Me la pasaba agachada, ordenando, barriendo, cocinando. Me
daban unos minutos para comer y de vuelta a trabajar” (La Nación,
1-4-06) En ese taller Sonia debía trabajar dieciocho horas, encerrada
y durmiendo muchas veces sobre cartones junto a su hijito al lado de las
máquinas.
El
circuito internacional de la superexplotación
Estas
víctimas de la precarización laboral capitalista son reclutadas en Bolivia.
Allí, los trabajadores son engañados mediante promesas de buenos sueldos y un
alojamiento en cuartos luminosos y aireados. El trabajador es contratado y el
tallerista se compromete a pagar el traslado, gasto que luego el trabajador irá
devolviendo. En esta ruta de la esclavitud, empresas de micros, controles
fronterizos y hasta funcionarios de Migraciones se organizan para que el
trabajador ingrese al país indocumentado y totalmente a merced de la voracidad
patronal.
En
la terminal de La Paz, estas empresas suelen oficiar de prestamistas, dándole
al trabajador entre 500 y 600 dólares para que pueda demostrar en la frontera
que ingresa como turista. En otros casos, la empresa de micros avisa a las
autoridades fronterizas que llevan “paquetes” para que no los revisen. Una
vez en las terminales de Liniers o Retiro, los trabajadores son llevados en
remises hasta el taller en el cual serán recluidos bajo amenazas y malos
tratos. El gobierno porteño tuvo que reconocer que en Capital Federal habría
por lo menos 1.600 talleres en estas condiciones,
empleando a casi 10.000 trabajadores.
Estos
talleres clandestinos trabajan tanto para marcas truchas como para marcas de
primera línea. “Por una campera termosellada que en un local de Florida
cuesta entre 300 y 600 pesos, al costurero le pagan 1,50 pesos” (La Nación,
1-4-06) De esta manera, las ganancias patronales, tanto del comercio que las
compra como del tallerista, son extraordinarias. Mientras tanto, el obrero que
las confecciona ve avanzar su cansancio y su pobreza en la misma medida en que
sus expectativas de una vida mejor y la posibilidad de enviar unos pesos a
Bolivia se evaporan.
La
Cámara patronal de la industria textil salió a decir, entre otras cosas, que
esta red de talleres clandestinos constituía una “competencia desleal”. Por
otro lado, algunos voceros de esa industria agrupados en la asociación Pro
Tejer aclararon que se “trataba de un establecimiento irregular que nada tiene
que ver con lo que nosotros entendemos por una industria textil”. A este coro
patronal también se arriman algunas voces de la burocracia sindical que, como
siempre, no han hecho nada para evitar las condiciones infrahumanas de trabajo a
la que vienen siendo sometidos los trabajadores de esos talleres. La competencia
intercapitalista no reconoce más parámetro que el de la ganancia, y esos
patrones que hablan de “competencia desleal” de parte de coreanos o patrones
bolivianos ocultan que la superexplotación en esos talleres también les
permite a ellos mantener salarios de hambre con sus trabajadores.
Por
una solución que defienda los intereses de los trabajadores
El
lunes 3 de abril por la tarde se realizó una concentración de la comunidad
boliviana en el barrio de Flores Sur. Allí estaban aquellos que denunciaban a
los talleristas y aquellos que pedían que no se clausuraran los talleres pues
se quedaban sin trabajo y sin techo (por ejemplo, las familias que habitaban el
taller que se incendió se encuentran alojados en un club de la calle Gregorio
de Laferrere, en Floresta). En este sentido, la lucha contra la precarización
laboral debe ser entendida como una lucha global contra las patronales
nacionales, bolivianas, coreanas o de donde sean. Y contra los Evo Morales y los
Kirchner que a uno y otro lado de la frontera se llenan la boca de frases
progresistas pero coinciden, y lo han dicho, en hacer respetar la propiedad
privada. O sea, los intereses patronales.
De
hecho, las clausuras del gobierno de Telerman –que antes hacía la vista
gorda– sólo lograrán lo que ya está sucediendo: arrojar a los trabajadores
desesperados en brazos de sus propios patrones esclavistas. Por el contrario,
una solución que contemple los intereses de los trabajadores sería eliminar
las condiciones que permiten la explotación salvaje. Y esto pasa, en primer
lugar, por legalizar de manera inmediata y gratuita a los trabajadores y
sus familias, dándoles residencia legal, DNI y vivienda digna. En
segundo lugar, el régimen de trabajo de los talleres debe terminar, pero eso no
significa que los talleres deban cerrar definitivamente privando a los obreros
de su fuente de trabajo. Al revés: la Ciudad puede y debe expropiar los
talleres –por supuesto, sin indemnizar a sus ex patrones, negreros,
evasores y delincuentes– y hacerlos funcionar con el régimen laboral vigente,
bajo control de los trabajadores.
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