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Se
fueron Suez y Aguas Argentinas
El
fin del “contrato modelo”
Por Marcelo
Yunes
Con
la rescisión de la concesión a Aguas Argentinas se cierra uno de los capítulos
más infames de las privatizaciones de los 90. Pero a no engañarse: no hay
“oleada estatizadora”, sino el típico pragmatismo de un gobierno que
siempre defendió el contrato con la empresa, y que adoptó la medida a regañadientes.
Como
siempre, Kirchner salió a boquear contra la compañía francesa Suez, principal
accionista de Aguas, acusándola de ganar cientos de millones y brindar un
servicio pésimo. No opinaba así hace menos de dos años, cuando renovó
la concesión firmando lo que el propio presidente llamó “un contrato
modelo”.[1] Por supuesto, este gobierno
que aprovecha al máximo los gestos y las primeras impresiones se preocupó de
dejar la imagen de un fiero defensor de los usuarios, que le pegó un portazo de
manera intempestiva a la compañía. Pero mirar las cosas más de cerca y
encontrar que la realidad es la opuesta a la que se pregona en las tapas de los
diarios es casi la misma cosa.
Una
concesión escandalosa
La
verdad es que Aguas Argentinas y en particular Suez se querían ir del país
desde el día después de la devaluación. En julio del año pasado Suez se fue
de Aguas de Santa Fe, y en ya en septiembre de 2005 la empresa anunció que
rescindía el contrato. Desde ese momento, el gobierno hizo innumerables
gestiones para encontrar un nuevo operador privado: tentó a Agbar (Aguas de
Barcelona), a grupos inversores locales y extranjeros, a los accionistas menores
de Aguas. Todo en vano: los interesados no aparecieron.
Así,
como señala un analista, la creación de una operadora estatal, AySA (Aguas y
Saneamiento Argentinos) no fue ni la primera ni la segunda opción, sino la
de descarte, la que menos quería el gobierno.[2] Lo mismo reconoce
un economista neoliberal que no siente la menor simpatía por Kirchner, Carlos
Melconian: en el gobierno “no hay afán estatista”, sino que se ve forzado a
“tomar el control cuando no tiene otro remedio”.[3]
Pasa
que la posición de Aguas Argentinas era insostenible. Como el gobierno,
dedicado a contener la inflación, no aceptó los aumentos salvajes que pedía
Suez, la firma francesa empeoró el servicio hasta límites escandalosos.
Hay múltiples denuncias ante todo tribunal existente contra AA por el
suministro de agua intomable, con un contenido de nitratos muy superior al máximo
aceptable. Las propias boletas de AA en la zona sur del GBA aconsejaban a
embarazados y niños no consumir el agua que ellos mismos proveían.[4] El
resultado es que no menos de 300.000 personas tenían su salud en riesgo por
el manejo irresponsable de AA.
Al
desinterés por la salud se le sumaron actitudes que lindaban con el sabotaje.
La compañía había advertido que la presión de agua podía bajar en el verano
pasado (ya con la decisión tomada de irse). Resulta que cuando se hicieron los
primeros controles, la presión bajaba porque ¡desconectaban las bombas durante
la noche para reducir gastos! [5]
A
todo esto, las ganancias de Aguas en las buenas épocas del 1 a 1 eran siderales:
según un estudio de FLACSO, el beneficio sobre el patrimonio neto promedió
hasta 2001 casi un 20%, es decir, el triple que la media de la actividad
en EEUU o Gran Bretaña, por ejemplo.[6] Lo que no tiene nada de extraño, si
se recuerda que jamás cumplieron los compromisos de inversión, gracias
a los cuales recibían jugosos aumentos de tarifas.
Lo
más indignante es que, con todos estos antecedentes, Kirchner no sólo renovó
la concesión en un “contrato modelo”, sino que el acuerdo con Suez no la
obligaba a levantar la demanda contra el Estado argentino ante la corte
internacional de arbitraje (CIADI). Gracias a esa concesión de Kirchner, ahora
Suez reclama nada menos que 1.700 millones de dólares por sus
“inversiones”, con el respaldo del gobierno francés.
¿Control
de los trabajadores o negocios de la burocracia?
El
director de AySA es Carlos Ben, que hasta el día de la rescisión era director
adjunto de Aguas Argentinas. Siempre fue socio político del burócrata del
sindicato, José Luis Lingeri; ambos fueron menemistas rabiosos y defensores de
la privatización de Obras Sanitarias. Lingeri ahora se dice kirchnerista y es
el número dos de la CGT detrás de su nuevo aliado, Hugo Moyano.
La
burocracia está feliz de la vida con AySA, porque el gobierno le respeta el 10%
de la compañía gracias al PPP (Programa de Propiedad Participada) de la época
de María Julia. Ese porcentaje teóricamente de “los trabajadores” es en
realidad administrado por el sindicato, es decir, por Lingeri, quien, eufórico,
calificó a Ben de “amigo”.
El
gobierno, por boca del ministro De Vido, anunció su intención de armar un plan
de inversiones por un mínimo de dos años, aunque ya hay quienes hablan de
“planes quinquenales” y se rechazó todo aumento de tarifas. En todo caso,
está claro que, aunque la “estatización” haya sido evidentemente resuelta
de manera apresurada e improvisada, AySA pasará a ser parte del andamiaje político
del operativo Kirchner 2007.
En
efecto: de la mano del superávit fiscal, el gobierno empieza a consolidar una
política de manejar los subsidios a las empresas de servicios privatizados como
herramienta política. Eso no significa, en absoluto, que haya que descartar
aumentos de tarifas: en el gas ya se aprobó un aumentazo retroactivo a julio de
2005 para industrias y comercios, que tarde o temprano hará presión sobre los
precios al consumidor. Pero el gobierno sabe que si se desbocan las tarifas, a
la inflación no la para nadie. Y eso no es bueno para los objetivos
reeleccionistas.
Por
lo tanto, Kirchner buscará calmar a las privatizadas con aumentos no tanto en
las tarifas como en los subsidios. De paso, el hecho de que una proporción
creciente de los ingresos de las compañías dependerá del aporte estatal y no
de la facturación será una elemento que el gobierno usará como arma de presión.
En
este esquema, la burocracia sindical tiene un rol importante para jugar. Tanto
en las compañías privatizadas como en las estatizadas, la burocracia funcionará
como aliada del gobierno contra los trabajadores y también contra las compañías
que resistan los designios kirchneristas. En recompensa, el gobierno le concede
cuotas de decisión (como en AySA o la ex línea San Martín) o le facilitará
asumir el rol de operadora directa vía el sindicato (como en la próxima
licitación por el Belgrano Cargas y otras concesiones en la cuerda floja).
De
esta manera, el gobierno y sus aliados ponen hacen de servicios esenciales para
la población, como el agua, prenda de negociación política para el proyecto
Kirchner 2007. Como resumió Lingeri, “los trabajadores no tenemos vocación
de poder [para eso está el compañero presidente], lo que queremos es poner el
hombro”.[7] Traducción: que Kirchner saque rédito político, que la
burocracia administre su 10%, y que los trabajadores se deslomen al servicio de
ambos.
Por
eso, contra todo el verso oficial de que “los servicios vuelven al Estado y al
pueblo”la única posibilidad de garantizar tanto una prestación digna del
servicio como los derechos y el ingreso de los trabajadores es estableciendo un control
efectivo de la gestión por parte de los trabajadores.
Notas:
1.
Ver al respecto “Aguas Argentinas, champán francés”, en SoB Nº 40, mayo
2004.
2.
Alfredo Zaiat en Página 12, 22-3-06.
3.
La Nación, 22-3-06.
4.
Los nitratos dificultan la oxigenación de la sangre, especialmente en niños
pequeños. De allí que se hayan registrado casos del llamado “síndrome del
bebé azul”, o cianótico, esto es, que toman ese color por la mala oxigenación
de la sangre. El 90% de los casos informados en los últimos años se originaba
en la mala calidad del agua (Página 12, 23-3-06).
5.
Ver la columna de Alfredo Zaiat en Página 12, 23-3-06.
6.
La Nación, 22-3-06.
7.
Clarín, 22-3-06.
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