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Carta
de lectores
No
a las papeleras
Por
Marcelo,
de Junín
Con
una gran sorpresa he leído el artículo sobre las papeleras en Gualeguaychú en
SoB N° 73, firmado por Isidoro Cruz Bernal. Me parece que la cuestión presenta
algunos puntos para el debate, por lo que envío este texto.
La
irrupción de los llamados movimientos sociales ha provocado diferentes
respuestas. Desde un sector que comúnmente se reconoce “autonomista” se los
ha glorificado como el nuevo sujeto que puede enfrentar al capitalismo y
presentar una alternativa al mismo. A la enorme fragmentación que presenta la
sociedad contemporánea se la enfrentaría con una alianza entre los fragmentos
o identidades, sin que ningún sector juegue un papel estratégico. Un nuevo
sujeto social, la multitud ocupa el rol que históricamente le correspondía a
la clase trabajadora. Hacen énfasis en “cambiar el mundo sin tomar el
poder” y rechazan la política y los partidos.
Desde
otros sectores de la izquierda ha habido una reacción inversa. Como los
movimientos no son capaces de transformar la sociedad, ya que no intervienen
directamente sobre la producción, donde está el poder de la clase dominante,
solo cabe descalificarlos o ignorarlos. Cuestiones como la opresión nacional,
el racismo o la ecología, son de cuarto orden y serán resueltos por el
socialismo.
IC
Bernal ha elegido esta última posición y para fundamentar su elección recurre
a los tradiciones más comunes de un amplio sector de la izquierda argentina: así
califica (o, mejor, descalifica) a la Asamblea Ambientalista de Gualeguaychú
por chauvinista, anti-obrera, reaccionaria y el infaltable rótulo de pequeña
burguesa. No aporta ni siquiera una declaración periodística como prueba de
sus afirmaciones, y mediante un rápido análisis dictamina que la base social
de la Asamblea sería una clase media acomodada, perteneciente a una provincia
económicamente y socialmente atrasada, y casi condenada a sucumbir al estado
burgués.
Es
curioso que en su extenso artículo no mencione una sola vez a los trabajadores
de Gualeguaychú, por lo que debemos suponer que o no participan en la Asamblea,
o que en función de su análisis sociológico serían una ínfima minoría que
no se puede tener en cuenta. El problema de estas dos variantes es que en un
caso no se podrían explicar las masivas movilizaciones y, en el otro, estaría
limitando la presencia de la clase trabajadora como tal a tres o cuatro
provincias. Por lo que nos quedaríamos sin entender lo que pasa hoy en Santa
Cruz.
Cualquiera
que haya seguido un poco a la distancia el conflicto debe tener presente el rol
del Gobernador Busti y su apoyo a los cortes, las limitaciones políticas de la
movilización, y sus expectativas en Kirchner, la falta de perspectiva al pensar
que un conflicto de esta dimensión se pueda resolver localmente, centrándose
en exigir al gobierno para que “nos defienda del gobierno uruguayo”.
También
que, como pasa en estos fenómenos, los trabajadores intervienen
individualmente, dispersos en el conjunto y no con sector social y que por
cuestiones materiales (mayor disposición de tiempo para informarse e
intervenir, mayor nivel cultural) y políticas (la falta de avance de su
conciencia que atraviesa a los trabajadores argentinos de conjunto), sean
intelectuales o sectores medios quienes lleven la voz cantante.
Pero
las limitaciones no justifican el dogmatismo sectario como respuesta a nuevos
problemas. Ya la oposición del pueblo de Esquel a la explotación minera y de
Ezeiza contra el basurero nuclear preanunciaban la aparición de estos nuevos
procesos, que ocupan un lugar central en la percepción de los sectores
populares afectados.
No
hay aquí un “enfrentamiento nacionalista de carácter reaccionario”. Hay
una profunda reacción popular contra dos empresas sostenidas por todo el arco
político patronal uruguayo, con el gobierno del Frente Amplio a la cabeza, que
vienen a envenenar el río, un río que es parte integrante de la cultura y la
vida esa sociedad, incluida la clase trabajadora.
Que
ésta no pueda hoy encabezar esa resistencia en Gualeguaychú no significa que
no exista, ni que la misma le sea ajena. Exigirle el paso del localismo
provinciano al internacionalismo proletario, por sí sola y forzada por el
conflicto, como hace ICB, mostrándose como el sector social capaz de liderar
los reclamos que afectan al grueso de la sociedad y que la comprensión que la
defensa de la naturaleza depende del socialismo, es negar la necesaria lucha política
que el partido debe llevar a cabo al interior de la propia clase. Esa lucha política
no se da en un aula, sino en los procesos reales, tratando de ligar a través de
la propia experiencia las reivindicaciones puntuales con la salida de fondo, y
donde los militantes revolucionarios también tenemos mucho para aprender, y
para ganar, si abandonamos el púlpito.
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