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Educación
¿Ciencia
para quién?
Por
Inés,
Filosofia - UBA
En
las últimas semanas los medios dieron publicidad al convenio firmado por la
empresa Siderca-Tenaris y el CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas
y Técnicas, dependiente del gobierno nacional).
El
acuerdo fue anunciado como “la primera vez que una empresa y ese organismo
cooperan para el desarrollo de investigaciones”. Pero esa no es la novedad, ya
que este tipo de convenios se vienen dando desde hace años, y muestran la
creciente subordinación de la ciencia y la investigación a las necesidades del
gran capital.
Eduardo
Charreau, presidente del CONICET, señaló que “gracias al esfuerzo de
ambos... ahora será posible darle mayor valor agregado a las exportaciones” (La
auténtica defensa, Campana, 3-2-06). Por su parte Siderca, que vende al
exterior el 70% de su producción local, estimada en unas 850.000 toneladas de
tubos de acero, indicó que esta incorporación de investigadores le dará
nuevas herramientas para aumentar su potencial de proveedor de acero para la
industria.
Guillermo
Noriega, titular de Tenaris, indicó que “la investigación y el desarrollo
muestra competitividad en el mundo”. Mientras el CONICET aporta el trabajo
calificado de los investigadores, con el cargo de investigador en empresa,
Siderca se hace cargo de los sueldos y equipamiento, y además aportará cinco
becas por año por cada profesional incorporado.
Eduardo
Charreau señaló a La Nación
(6-2-06) que su gestión “ha tendido puentes con el sector privado para que la
comunidad científica se acerque más a las demandas reales del país. Esto
permite que la conciencia ciudadana aprecie mejor el papel que cumplen los
investigadores en nuestra sociedad”.
Suena
bien. Pero veamos más de cerca qué quiere decir “las demandas reales del país”.
Como
dijimos más arriba, Siderca es una de las empresas líderes en caños sin
costura, con filiales hasta en Japón. O sea que los investigadores que fueron
formados en las universidades nacionales aportan un “gran valor agregado” a
una empresa que factura millones y millones, con salarios mínimos como los del
CONICET.
Por
otra parte, estos acuerdos son resultado del cambio de orientación en la política
del gobierno respecto de la investigación científica El gran giro lo dio el
gobierno de Menem, donde lo importante es dirigir el organismo hacia
investigaciones que tengan aplicación en la producción.
Esto
es la colaboración con empresas privadas: la expresión “las demandas
reales” del país se refiere básicamente a lo que puedan necesitar las
grandes empresas para aumentar sus ganancias.
Un
ejemplo triste es el escaso apoyo que recibe la investigación y sobre todo la
aplicación de políticas para la erradicación del mal de Chagas. Según el
Ministerio de Salud, la proyección de datos de 1992 indica que habría hoy unos
2.300.000 infectados. Sin embargo instituciones como la Asociación de Lucha
contra el Mal de Chagas y la Fundación Pedro Echagüe calculan que hay
alrededor de 6 millones de infectados.
En
sus conclusiones sobre el estado actual de la enfermedad, el CELS señala
“sencillamente... no existen estadísticas sobre la cantidad y localización
de los infectados por el mal... y por lo tanto resulta imposible diagramar una
política efectiva a fin de tratar a los afectados por el mal y tender a la
erradicación definitiva de la enfermedad” (www.cels.org.ar).
Lo
interesante del caso es que el CONICET sólo tiene un (1) proyecto aprobado para
el tramo 2005-2006 sobre el mal de Chagas. Es decir, el CONICET da poca
importancia a proyectos que no estén vinculados con la ciencia aplicada rentable.
Menos
aún hay espacio para la ciencia básica, esto es, la que no tiene aplicación
tecnológica inmediata, ni para las áreas de ciencias sociales y humanidades.
Según
podemos leer en la página web del CONICET, “la iniciativa plasma un ejemplo más
de eficiente articulación entre los sectores público y privado y reafirma el
compromiso de ambas instituciones con el desarrollo de una Argentina productiva
sustentada en el conocimiento”.
Claro,
habría que preguntarse productiva para quién. Parece que para las empresas...
Otro
ángulo de la cuestión es que el producto de lo que se investigue, es decir,
los descubrimientos que puedan hacer los investigadores, están atados a la cláusula
de confidencialidad del convenio. Es decir, todo conocimiento resultado de estas investigaciones es propiedad de
Siderca y no puede ser divulgado.
Hace
unos años se dio un debate bastante serio en relación con las patentes del
genoma de determinados animales. Las empresas farmacéuticas que habían
financiado las investigaciones pretendían tener la patente sobre el genoma de
esos animales, es decir, convertirse en dueñas del mapa genético de esos
bichos. Vale decir, el conocimiento no es más patrimonio de la humanidad para
seguir investigando, sino propiedad de empresas para hacer mejores negocios.
Porque, obviamente, la empresa cobraría regalías a todo aquel que quiera usar
el genoma de los animales para otras investigaciones o medicamentos.
Finalmente,
hay un debate alrededor de la utilidad de la ciencia, no tan “práctico” ni
inmediato.
Si
las empresas son las que deciden qué investigar, cómo y son dueñas de los
resultados, la ciencia se empobrece indefectiblemente. ¿Se imaginan si Copérnico
hubiera sido el empleado de una empresa privada? Tal vez
el centro del universo seguiría siendo la tierra... pero eso sí, la
empresa hubiera tenido un genio a disposición para hacer ganancias.
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