|
|
La
historia “no oficial”
Las
verdaderas razones del golpe de 1976
Por
Guillermo Pessoa
Paradójicamente,
bajo el gobierno de los “muchachos de la JP”, los motivos del golpe de
Videla quedan no más claros, sino más ocultos. Los ex “peronistas
combativos” devenidos administradores del capitalismo quieren transformar el
24 de marzo en un canto a la “democracia” colonial. Los marxistas
revolucionarios argentinos, en cambio, ponemos el acento en lo que los progres
no dicen: el lugar que estaba ocupando la clase obrera, y el terror que ésta le
infundía a la clase capitalista, amenazando con una crisis de dominación.
Conocer la verdadera historia del golpe ayuda a entender por qué los partidos y
políticos del régimen lo repudian a los gritos en las tribunas mientras
trabajan, silenciosamente, para consolidar su nefasto legado.
A
treinta años del golpe más sangriento de la historia argentina, el gobierno
nacional –acompañado lamentablemente por la mayoría de los organismos
defensores de los derechos humanos y el llamado “arco centroizquierdista”–
se apresta a recordarlo con decenas de actos y espectáculos artísticos. Los
ejes claros de dicha celebración son condenar el terrorismo de estado sin
indagar, o mejor dicho, difuminando, las motivaciones
que llevaron a éste y contra quiénes
centralmente se realizó; junto a la validación
de la democracia burguesa como régimen suprahistórico al cual no hay forma
alguna de superar. Algo así como el
final de la historia, pero en clave progresista.
Sobre
este último aspecto no avanzaremos en este artículo, ya que merece un
desarrollo más in extenso. Digamos solamente que muchos intelectuales y ex
militantes de organizaciones armadas hacen suya esta caracterización y ejercen
un mea culpa de su accionar pasado, sin
separar la metodología empleada de la
crítica al sistema capitalista
y sus instituciones, que acompañaba aquélla (Beatriz Sarlo, Pilar
Calveiro, Oscar del Barco y Héctor Schmucler, entre otros expresan dicha
posición).
Para
poder comprender el golpe de 1976 hay que insertarlo en una coyuntura nacional
que abre el Cordobazo y que éste
precisamente viene a cerrar.
La existencia de una crisis –incipiente, es verdad– de dominación política
y social es su principal característica. En uno de los trabajos que más
investigó dicho proceso se lee: “Lo nuevo para la burguesía como clase es
que ve peligrar como tendencia su
existencia social. Sus hijos empiezan a implementar una práctica política
que pone en peligro y vulnera las condiciones que hacen posible su poder social.
Entra en peligro el proceso mismo de
reproducción social. Se ha cerrado un ciclo histórico de luchas
económico-político-sociales, y en donde este enfrentamiento expresa esa
ruptura y lo nuevo que emerge”.[1] Eso nuevo que emerge se manifiesta en
corrientes clasistas y antiburocráticas, radicalización de la juventud y
acercamiento de ésta a los sectores obreros, en donde se intenta una
“lectura” en clave socialista del peronismo, la irrupción de organizaciones
armadas y la emergencia de semi insurreciones populares como el citado Cordobazo
de 1969, que se reiterará hacia 1971 junto a otros “azos” provinciales. El
último gobierno peronista fue el intento de contener y desviar este proceso,
antes de recurrir a la “salida pinochetista”.
¿Sobre
qué bases económico sociales la burguesía argentina en su conjunto podía
frenar este estado de cosas? La crisis del petróleo desatada hacia 1974, junto
a una cada vez mayor pérdida de ubicación del país en el mercado mundial,
planteaban un escenario en donde cualquier atisbo de reformismo, e incluso de
Pacto Social, estaba totalmente cerrado. Como muy bien dice un sociólogo:
“En definitiva, lo que nos ofrece el proyecto actual de la burguesía
dependiente actualmente en el poder puede resumirse en: estancamiento relativo,
desarrollo distorsionado, desempleo permanente o creciente, y mayor
subordinación al capital extranjero. Para no ser injusto debe señalarse que
todo esto tendría lugar, con suerte, en un contexto de precios estables y tipos
de cambio fijos”.[2]
Si
tenemos en cuenta este sucinto marco explicatorio, la emergencia del golpe se
presentará como necesario e imperioso para la clase dominante y en especial su
sector más fuerte. Ya volveremos sobre esto.
La
irrupción del Rodrigazo en junio de 1975, ese “plan Martinez de Hoz en dosis
homeopáticas”, como supo decir otro investigador [3], provoca un hecho
inédito: la primera huelga
general contra un gobierno peronista, acompañado del surgimiento de las
Coordinadoras de Gremios en Lucha del Gran Buenos Aires (ver SoB Nº 60). La
expulsión tanto del ministro de Economía autor del plan como de López Rega
(mandamás del poder isabelista) reaviva todas las contradicciones existentes.
El gobierno peronista es ya un desgobierno
y sus días parecen estar contados. Videla, comandante en jefe del
Ejército, le pone fecha precisa: noventa días, según señala por la cadena de
radio y televisión en la navidad de ese año.
La
lectura atenta de los principales diarios del país en ese período nos permite
develar las principales motivaciones
del golpe, que son dejadas de lado por la “explicación oficial”. Veamos: el
4 de marzo de 1976, el presidente provisional del Senado (el justicialista
Luder) declara inconstitucional la posibilidad de convocar una Asamblea
Legislativa para juzgar la labor de la presidenta y poder parar un posible
golpe. “Impotencia parlamentaria” es el calificativo que la prensa utiliza
para graficar la situación. Una publicación de la época relata un diálogo
entre Isabel y el entonces intendente de Avellaneda, Herminio Iglesias, en el
cual ésta afirma que la llegada de Mondelli al Palacio de Hacienda en reemplazo
de Cafiero tenía como fin hacer “la tarea sucia”de implementar el plan
económico que reclamaban las FFAA y los sectores más concentrados de la
burguesía local e internacional: “La conclusión de Isabel era: el golpe va a
quedar frenado y, si ganamos un mes, entonces llegamos a las elecciones,
previstas para fines de año”.[4]
El
5 de marzo es el anuncio de las medidas del nuevo ministro: subas de servicios
públicos y combustibles, tregua social y un escuálido 12 por ciento de aumento
salarial. Uno de los primeros “logros” del plan es que parece haber
aglutinado un sólido polo opositor:
empresariado nacional, sectores financieros, prensa internacional que habla de
“fuerte escepticismo”, dirigencia sindical, bases obreras a lo largo y ancho
del país, partidos y tendencias políticas tanto con representación
parlamentaria como sin ella y por supuesto aquellas organizaciones que actúan
en la clandestinidad. Paralelamente la APEGE (gremiales empresarias que agrupan
al comercio, la industria y el agro), que ya había realizado un lock out en
febrero, convoca a un plenario para analizar la situación y anuncia que “este
nuevo intento de cargar sobre la comunidad nacional el peso de la crisis que
tiene responsables concretos, y que no son precisamente los empresarios
descapitalizados ni los obreros empobrecidos, ya no tiene margen de aplicabilidad: la paciencia de los argentinos
está agotada” (Clarín, 7-3-76,
subrayado nuestro).
La
semana tal cual se anunciaba, comenzó con varias medidas de fuerza con centro
en los principales puntos productivos industriales del país, algunas por tiempo
indeterminado, y son acompañadas por pronunciamientos de repudio a la política
económica. Expresión clara de esto es el paro con asambleas que llevan a cabo
los trabajadores de Mercedes Benz en González Catán. Sus delegados señalaron:
“la situación no podía mantenerse dentro de la normalidad por mucho tiempo y
si las conducciones gremiales no exigían inmediatamente un replanteo salarial, las
bases actuarán por su cuenta, permaneciendo en asamblea permanente
para estudiar nuevas medidas en repudio del plan Mondelli” (Clarín, 10-3-76, subrayado nuestro). Como un reguero de pólvora se
va extendiendo la conflictividad obrera: Salta, Jujuy, ciudades del interior de
Santa Fe y Córdoba se suman a las ya existentes. En esta última provincia, la
Mesa de Gremios en Lucha realiza el 11 un paro con abandono de tareas, con el
siguiente planteo: “Contra el plan
Mondelli, el gobierno, su política; contra el golpe de estado y la
inmediata libertad de Rafael Flores, dirigente del caucho, Luján y Pedro
Flores, de Perkins, y demás desaparecidos”
(Clarín, 12-3-76, subrayado nuestro).
Como
se observa, hay un salto en cuanto al
tipo de reivindicación: además del planteo sindical-económico, existe un enunciado
político claro: no es sólo un ministro de Hacienda el problema, sino el
gobierno en su conjunto quien al instrumentar su política obliga a la lucha y
pone como eje estructurador también la cercanía de un posible golpe, uniendo
en su proclama dos términos que acompañarán ineluctablemente el lustro que
viene: militares
y desaparecidos.
La
Nación
titulará su edición del día con la sentencia: “Advertencia del estado ante
rebeldía sindical: protestas metalúrgicas y mecánicas en el Gran Buenos Aires
y la Capital Federal ante el llamativo silencio de la central obrera”, y no
dejará de expresar su preocupación ante la “evidencia” de que los gremios
rebeldes no acatan a los cuerpos orgánicos. Por ejemplo: “En
el campo laboral se ahonda la fractura... los enemigos de los dirigentes
obreros se han multiplicado y la lucha...
adquiere características muy arduas para los gremialistas, porque
prácticamente les es imposible sofocar a
tales agresores como los personeros marxistas” (La Nación, 14-3-76, subrayado nuestro). Los días subsiguientes marcan un alza en la conflictividad obrera,
en especial en el interior del país. Buenos Aires parece vivir una “pausa”
en la lucha, junto con la aparición de amenazas y hostigamiento a dirigentes de
base identificados como contrarios a las cúpulas de sus gremios. Por su parte,
la APEGE publica una solicitada en La
Nación en la cual llaman a un paro para el 18, con la precisa consigna de
“queremos paz y orden”.
En
el plano político sobresalen dos hechos: uno, el discurso transmitido por
cadena nacional del máximo líder del partido de oposición, Ricardo Balbín
(UCR). Confiesa “no tener soluciones”, a la vez que denuncia a comisiones
internas antiburocráticas bajo el epíteto de “guerrilla fabril”. El otro
es la parálisis que vive un órgano fundamental del régimen democrático
constitucional: el Parlamento: cuesta reunir a los cuerpos legislativos e
inclusive algunos legisladores deciden renunciar a sus cargos. El más resonante
es el del diputado del Frejuli Sobrino Aranda quien fundamenta su decisión
aseverando que “el proceso político está agotado” ; casi al unísono la gran prensa afirma que dicho diagnóstico es
opinión generalizada en vastos sectores de la ciudadanía, lo que motiva la
acusación de golpistas por parte de las cúpulas gremiales. El 18, la primera
plana de los diarios la ocupa las declaraciones del ministro del Interior,
Roberto Ares, negándole vigencia al plan Mondelli; y vaticinando que “en un
mes como máximo el gobierno pondrá en marcha un plan económico definitivo, en
profundidad” al mismo tiempo que advierte que “cierto recrudecimiento de la
guerrilla provocaría un golpe de estado” y se suma a los elogios generales
que las fuerzas parlamentarias dieron al discurso de Balbín.
El
mismo día, la Asociación de Concesionarios de Automotores de Argentina (ACARA)
publica una solicitada en donde luego de la queja por el conflicto planteado por
los trabajadores mecánicos le “exige” al Ministerio de Trabajo que
“actúe”: “debe poner fin a este estado de cosas y declarar
fuera de la ley al SMATA, para que esta declaración de ilegalidad surta sus
efectos: despido de los instigadores, aplicación de la ley antisubversiva y
procesamiento penal de los culpables” (Clarín
y La Nación, 18-3-76, subrayado nuestro).
El
último fin de semana previo al golpe encuentra a varios sectores de la
producción dispuestos a vencer la “parálisis gubernativa” y actuar en
consecuencia. Jorge Aguado, de CARBAP (Confederación de Asociaciones Rurales de
Buenos Aires y la Pampa) exalta la “acción gremial cívica”, eufemismo para alentar el desabastecimiento, y la solidaridad
contra la “insurgencia fabril”.
Gigantescas
solicitadas firmadas por una no identificada “Liga pro comportamiento
humano” aparecen en absolutamente todos los diarios del país, con eslóganes
sugestivos como el de “Blanca y celeste aunque nos cueste” y aquella que muestra la imagen de un soldado mientras se lee:
“No estás solo... tu pueblo te respalda... Tu
guerra es limpia... Porque empuñas la verdad con tu mano”.
Ningún sector salió a criticar o responder. Es más, las
propias 62 organizaciones, en otra solicitada redactada el 23 de marzo y
aparecida tardíamente, afirman: “El
movimiento obrero siente un profundo respeto por sus [¡sus!] FFAA ... Ha
sentido como propia las heridas que la guerrilla asesina infligiera a sus
soldados. Sabe de sus valores y de la conciencia de Patria que las anima” (Clarín, 24-3-76, subrayado nuestro).
Como
afirma un editorialista en Clarín del
lunes 22, se acercaba “una semana decisiva”,
al mismo tiempo que enjuicia y le pasa factura a representantes del cuerpo
político y sindical: “Mientras los hombres de las FFAA, de seguridad y
policiales caen todos los días víctimas de la delincuencia subversiva, los
senadores se mostraron reticentes en aprobar un proyecto que contemplaba la
aplicación del Código de Justicia Militar en las zonas que sean declaradas de
emergencia... La debilidad de la
dirigencia gremial quedó evidenciada recientemente cuando dio su apoyo al
llamado Plan Mondelli. En el Gran Buenos Aires y en los principales centros
industriales del interior del país se efectuaron paros, manifestaciones y
asambleas, convocadas, en gran parte, por comisiones
de lucha al margen de los dirigentes de los sindicatos”.
Llegaba
de esa manera el “día D”, y serán nuevamente los dos mayores periódicos
del país los que en sus editoriales luego del golpe mejor expresen la nueva
relación de fuerzas establecida y sus propósitos inmediatos. Con un tono más
épico, uno dirá: “Desde este y otros medios de prensa se alzaron voces que
señalaban la necesidad de una urgente rectificación en los métodos de
gobierno, al tiempo que reclamaban una acción efectiva para superar la crisis que amenazaba destruir las bases materiales del país
y disgregar de manera irreparable el ser nacional. La Argentina necesita de
la virilidad, la lucidez y el trabajo
de sus habitantes, y por sobre todas las cosas, de la inteligencia, el coraje
y la determinación de sus gobernantes” (Clarín, 25-3-76,
subrayado nuestro).
Por
su parte, La Nación se deshacía en
elogios hacia la Junta de Gobierno pero dejaba para el final un saludable deseo:
“En el campo laboral concluyó una
época... es preciso restringir la
declaración de huelgas... El país
requiere una legión de trabajadores disciplinados, los necesita también
provistos de una sólida cobertura contra influencias
malsanas, contra halagos cargados de veneno oculto que intoxica cuando no
mata las virtudes del hombre, su dignidad su independencia para actuar
libremente sin riesgos ni amenazas” (La
Nación, 25-3-76, subrayado nuestro).
La
importancia de estudiar el golpe se halla en que
debe ser visto como el instrumento
“preventivo” de un posible pasaje a posiciones más radicales y proto
revolucionarias de sectores importantes de las clases subalternas y en especial
de la clase obrera como caudillo de éstas. La preocupación por “cortar
la víbora insurgente” recorre todo el arco de actores sociales y políticos
de la clase dominante. No es casualidad que términos como “orden” y
“paz” están en boca de todos ellos, y en definitiva el dejar caer al
gobierno radica en la comprobación de que éste da muestras de no poder
garantizar dichos objetivos.
Por
otro lado, el ciclo de “reactivación
económica” que el capitalismo mundial había vivido desde la
finalización de la Segunda Guerra, y que en cierta forma fue el presupuesto de
los llamados “populismos” o “estados keynesianos” del período, estaba tocando a su fin. Por eso Martínez de Hoz, en el discurso
del 2 de abril de 1976 al presentar su proyecto económico podrá decir que
“hay una Argentina que muere: la del estado elefantiásico que subsidia
empresas ineficientes y cobija tanto a empresarios indolentes como a
sindicalistas inescrupulosos” (La
Nación y Clarín, 3-4-76).
Las
consecuencias de ello llegan hasta hoy, década del 90 y globalización
mediante: una estructura social
concentrada y que amplía la brecha de desigualdades sociales, sin espacio
alguno para reflotar algún tipo de burguesía nacional o proyecto medianamente
reformista dentro de los marcos del capitalismo. El
Argentinazo de 2001, en forma aún muy inconsciente, fue un intento por revertir
esta situación. Si la historia debe servir para algo es precisamente para
aprender de ella.
La
tarea que quedó pendiente en 1976 es la estrategia que sigue vigente hoy:
la clase trabajadora con sus organismos liderando a los demás sectores
explotados e iniciando el camino a la toma del poder y el socialismo como
verdadera superación de la
democracia burguesa, que siempre será preferible a cualquier tipo de
fascismo, pero que no resuelve sino que
encubre en su “cielo laico” la más cruda desigualdad y alienación humanas.
Reafirmar nuestro compromiso con estas banderas será la mejor manera de
recordar y saldar cuentas con aquel fatídico 24 de marzo.
Notas:
1.
BALVE, B: El 69, huelga politica de masas. Contrapunto, 1989
2.
BRAUN, Oscar (comp): El capitalismo argentino en crisis. Siglo XXI, 1973
3.
HOROWICZ, Alejandro: Los cuatro peronismos. Hyspamérica, 1984
4.
Citado en TORRE, Juan C: Los sindicatos en
el gobierno: 1973-1976. CEAL,
1983.
|
|