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Un
triunfo de la movilización popular
La
caída del “amigo
Aníbal”
“«Ya
se fue Ibarra, y la puta que lo parió», cantaron. «¡Primera pelea ganada!»,
gritó un familiar, con el puño en alto, mientras recibía palmadas en la
espalda. Algunos lloraban y se abrazaban (...). «Esto implica que hemos hecho
algo en estos 14 meses de lucha (...). Es un triunfo contra la impunidad. Vamos
a seguir para que la sociedad se pregunte porque se matan pibes de esta forma y buscando el resto de las responsabilidades hacia el gobierno nacional»”
(Página 12, 8/3).
El
martes 7 se logró un gran triunfo político: pasados 14 meses de la masacre de
Cromagnon, terminó cayendo de su cargo Aníbal Ibarra, el principal responsable
político de la “tragedia”. Una inmensa alegría nos embargó a todos los
que estamos comprometidos con la lucha popular.
Desde
el vamos hay que decir que esto no se debe centralmente a los bloques
parlamentarios del PRO o del ARI o a que “por una vez, funcionaron las
instituciones”: se debe a la tesonera,
abnegada y sistemática movilización de los familiares, amigos, corrientes de
la izquierda y demás sectores que, de
no haberse dado, ni de lejos se habría logrado imponer la caída de Ibarra.
Inmediatamente
después de la tragedia –pleno enero de 2005– se salió a las calles. En
medio de su inmenso dolor padres, hermanos y amigos (conjuntamente con las
corrientes de la izquierda y movimientos de desocupados) tomaron en sus manos la
única instancia y elemento real para lograr el objetivo de que la masacre no
quedara impune: los métodos de la
movilización masiva como condición para imponer las reivindicaciones. Es
decir, se ha apelado una y otra vez a la acción directa: rodeando la casa de
Chabán y persiguiéndolo hasta el Delta, marchando hacia la Legislatura y Casa
de Gobierno, escrachando legisladores vendidos como Baltroc, metiéndole presión
a los que se querían vender (caso Romagnoli). Es decir, tomando métodos y
formas de lucha que vienen de los trabajadores, de la lucha democrática contra
el genocidio y –sobre todo– de las brasas aún calientes del Argentinazo.
Cuando
se va por lana y se sale trasquilado
Un
elemento que llamó la atención fue la inconsistencia
del staff de Ibarra, que festejaba antes de tiempo una “absolución”
que no ocurrió. Como dice el dicho popular, Ibarra fue a la Legislatura por lana y
salió trasquilado. Todos los medios daban cuenta de la confianza del ibarrismo
que se aprestaba a asistir a “una votación histórica” de la que saldría
nuevamente como Jefe de Gobierno. Pero a medida que transcurría la votación,
en su cara se fue dibujando una mueca de sorpresa y desazón (disfrazada bajo
una aparente “apatía”), seguramente preguntándose para qué había
asistido a su propio funeral.
Es
que acarrear gente a una concentración que no
es auténtica, gobernar sobre bases clientelares, rodearse espuria e hipócritamente
de algunos símbolos de la lucha democrática contra la impunidad (como Estela
de Carlotto) no alcanzó ni podía alcanzar para tapar la magnitud de la
masacre: se trata de casi 200 pibes asesinados, intentos de suicidio de otros
varios, familias destrozadas, todo por el
negocio capitalista de la diversión y la complicidad de los gobiernos
patronales con estos negocios capitalistas.
En
medios burgueses se analiza como “falta de estructura propia” que no haya
tenido “política hacia la Legislatura”, su “aislamiento”, etc. Pero éste
no es más que el aspecto superficial del asunto. El problema central es que la
Capital Federal (uno de los dos principales distritos electorales del país) ha
heredado del Argentinazo una
persistente crisis de representatividad y fragmentación de las fuerzas políticas
patronales. Esta fragmentación es la que atravesó a la mayor parte del
gobierno de Ibarra, como también a bloques improvisados como el
“kirchnerista” (cuyos tres integrantes de la sala juzgadora votaron de
manera distinta). Es esta fragmentación y debilidad política persistente la
que explica que “hayan votado a conciencia” y que no se haya logrado imponer
la “disciplina” de la estructura partidaria patronal. En última instancia,
Ibarra no era más que un resto fósil de la Alianza y el Frepaso, un
sobreviviente circunstancial y sin bases sólidas, que tampoco podían aportarle
el PJ, el “Frente para la Victoria”, el PS o cualquier rejunte de fuerzas de
un escenario fragmentario de fuerzas, en la ciudad que supo cantar a voz en
cuello “que se vayan todos”.
La
primera derrota
Varios
medios de prensa han destacando un hecho significativo, quizá más aún que la
propia caída del jefe de la ciudad. No se trata sólo de la defenestración de
Ibarra: el gobierno de Kirchner sufrió
un golpe político casi directo. Como refleja Morales Solá en La
Nación: “Aníbal Ibarra ha caído. Su agonía (un año y dos meses) ha
sido larga. En su derrumbe se lleva también
algo de la autoridad política del presidente Néstor Kirchner, el hombre
que lo salvó de la derrota segura en su reelección, en 2003” (8/3).
Es
que en las últimas semanas Kirchner no logró disimular del todo su complicidad
política con Ibarra, e incluso se envalentonó creyendo que se salvaba,
expresando su apoyo en palabras: habló en un acto oficial de su “amigo Aníbal”.
La derrota de Ibarra, es entonces también –y de manera muy importante, aun
cuando sea algo “indirecta”– una derrota política del gobierno K, de las
más importantes, si no la mayor en lo que va de su mandato.
No
sólo esto: es una rotunda muestra del
estado de las relaciones de fuerzas en este post Argentinazo que estamos
transitando; es una muestra de que el
gobierno no logra cerrar del todo la crisis abierta en diciembre del 2001, no
logra hacerse valer sobre los movimientos de lucha y la activa vanguardia obrera
y popular que sigue en pie y que puede empalmar con una futura reapertura de la
crisis a mediano plazo.
Esto
mismo refleja Página 12 del 8 de marzo: “Los familiares de las víctimas, que
mayoritariamente eligieron como parte de la asunción de su duelo bregar por la
defenestración de Ibarra, festejaron su triunfo. Su presencia y su presión
fueron decisivas
(...) por la representatividad que la cultura política argentina
concede a los familiares de las víctimas (...). Esa legitimidad
básica le dio un piso de fuerza que (...) alcanzó para expulsar a Ibarra. El
sistema político argentino realmente existente funciona con minorías
organizadas muy representativas de sus bases aguerridas, dotadas de fuerte
capacidad de movilización y de
formidable astucia mediática, muy jacobinas, muy poco inclinadas a la negociación”.
La
calle y el parlamento
La
votación se trasmitió en vivo y en directo por la TV. Está claro que la
utilización burguesa del resultado del juicio político es para dar el mensaje
de que hay una “vía civilizada e institucional” para sacar a un gobierno
que manifiesta “mal desempeño”: la “institución constitucional del
juicio político”. Este ha sido el ángulo esgrimido por Macri, López Murphy
y Carrió: “aquí nace una nueva clase política... es la primera vez que se
hace justicia con los funcionarios, a tiempo” (La
Nación, 8/3).
No
casualmente, una mirada similarmente superficial
fue la que intentó utilizar de coartada el grupo de Zamora para su traición
(que no pudo ser consumada): lo que se cocinó en la Legislatura habría sido un
“circo” (según la fundamentación de voto de Romagnoli). Por tanto, su
verdadera orientación de voto era la “abstención”, que sólo se transformó
en voto por la destitución ante el
literal pavor a que los familiares lo linchen por su traición.
Efectivamente,
el juicio político tuvo necesariamente, como ámbito burgués, elementos de
“circo” mediático para intentar relegitimar las instituciones de la
democracia patronal. Pero hay que profundizar en esta cuestión: es evidente que
desde la Legislatura se montó el juicio político como forma de dar canal
institucional a la crisis política abierta en la ciudad. Como ya hemos señalado,
el Argentinazo está ahí y sigue muy presente en la conciencia el hecho de que
a De la Rúa se lo echó con una movilización directa
(e incluso, revolucionaria) en las calles. Las
fuerzas del régimen trabajaron para evitar esto y que la salida de Ibarra fuera
lo más indirecta, mediada e “institucional” que fuera posible. Esta es la
razón de la “larga agonía” a la que se refiere Morales Solá.
Pero
esta es sólo una parte de la realidad, no la más
importante en este momento concreto. Lo que ha ocurrido es que la Legislatura
–bajo una tremenda presión popular– terminó siendo una caja de resonancia
y administradora de un proceso real que
estuvo fuera de sus cuatro sucias paredes: una importantísima, activa y sistemática
movilización, que si bien no logró la caída del conjunto del gobierno
ibarrista, terminó imponiendo la salida de éste. Bajo estas circunstancias, lo
que se vivió fue bastante real y no un mero “circo”.
Y la alegría y el festejo de los familiares y toda la militancia de la
izquierda allí presentes fue legítima, no un autoengaño.
Al
mismo tiempo, sin duda, hay una intervención específica de la Legislatura para
“evitar los daños” y hacer valer con todo una relegitimación de las
instituciones. Pero este es otro costado del problema, no
el más importante en esta situación concreta, que no puede ser disuelta sobre
la base de consideraciones abstractas y generales.
Desde
las calles, lo que se terminó imponiendo fue la derrota de Ibarra y del propio
K por la vía distorsionada e
“indirecta” de la Legislatura, hecho que, en sí mismo, no menoscaba en
nada el triunfo obtenido, aunque esté al servicio de limitar
y mediar sus efectos. ¿Cómo? Es claro: ya asumió Telerman, ya se están
rasgando las vestiduras por las elecciones del 2007 y, además, Ibarra no sufrió
ninguna inhabilitación. Las podridas instituciones de la democracia siguen en
pie. Por esto mismo, dejar claro este
balance contra el confusionismo es ahora de suma importancia, porque las
fuerzas burguesas ya se han lanzado de lleno a intentar distorsionar la cosa
para el lado de la relegitimación institucional.
Hacer
el balance para decidir cómo seguir
De
la caída de Ibarra se desprenden una serie de conclusiones o tareas. Por un
lado, hay una más general: en lo inmediato, hay
que hacerla valer con todo en el sentido de que “la lucha paga”.
Más ante la actual coyuntura, en la que el gobierno ha intentando
avanzar en una serie de frentes, pero se
ha topado en cada caso con una firme vanguardia. Hay que hacer valer esto en
el sentido que es un golpe político contra el gobierno nacional que debe ayudar al desarrollo de las luchas en curso y a su triunfo, ante
un gobierno que no se querrá exponer –en este momentos– a nuevas derrotas.
Por
ejemplo, es ahora el caso clave del conflicto de petroleros del Sur, que está en estado
latente, que va a una jornada nacional el 13 de marzo y en el que el gobierno
hasta ahora ha venido pretendiendo ignorar
los compromisos asumidos con los trabajadores y pasarlos por arriba con la
Gendarmería y las detenciones por la muerte de Sayago. También está el desafío
de hacer del 24 de marzo una jornada
multitudinaria y antigubernamental..
Por
otra parte, se trata de la continuidad de la lucha de
Cromagnon. Lo más inmediato y evidente es la pelea por que Chabán se pudra en
la cárcel y por la apertura del juicio penal al propio Ibarra. Pero hay más:
está el problema, como decía un familiar, de la continuidad de Telerman y del
resto de los partidos de la Legislatura que “hasta aquí llegaron”: van
a trabajar activamente para que el castigo político no vaya más allá de
Ibarra. En este sentido, hay que
continuar la pelea, también respecto de las responsabilidades que excedieron el
ámbito de la ciudad y rozan el ámbito nacional. Es decir, el gobierno de
Kirchner, que se borró de la escena de la masacre refugiándose en Santa Cruz,
algo que ningún familiar olvida. Son los familiares y organizaciones muy
progresivas como es el caso de AVISAR, que estamos apoyando desde nuestra
juventud del Ya Basta, las que se deben
reunir, discutir el balance de lo obtenido hasta aquí y fijar los próximos
objetivos.
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