Socialismo o Barbarie, periódico, Nº 73, 25/02/06
 

 

 

 

 

 

Zamora y AyL

Una decadencia lamentable

Por Roberto Ramirez

A muchos ha sorprendido este escándalo. Sin embargo, entre el activismo, tanto de la izquierda como del movimiento obrero y los movimientos sociales, no hay tanto asombro. Ya habían visto el curso de Zamora y su grupo. La traición a las víctimas y familiares de Cromañón es sólo otro escalón, aunque muy importante, en la degradación en que desemboca Autodeterminación y Libertad, que es una especie de Pyme, un negocio político-electoral de la familia Zamora, con algunos empleados para barrer el piso y hacer el “delivery”, como Gerardo Romagnoli.

Este carácter de Pyme familiar con algunos empleados marcó los sucesivos estallidos de AyL, de la cual se fueron alejando la casi totalidad de sus componentes iniciales, incluidos todos los diputados y legisladores que había logrado en las elecciones del 2003.

Por supuesto, la traición de Cromañón marca un salto (o, más bien, un hundimiento) cualitativo. Pero tiene una evolución previa, de la que es necesario hacer un balance político entre la vanguardia; especialmente porque en su momento algunos avisos publicitarios de esta Pyme embaucaron a muchos.

La famosa “horizontalidad” fue vista, por ejemplo, como la cumbre de la democracia. En verdad, esto de la “horizontalidad” –concepto que no inventó Zamora– ha sido en todo el mundo el mecanismo para establecer regímenes profundamente antidemocráticos en los movimientos sociales. El “horizontalismo” desemboca en que, de hecho, los caudillos y figuras (estilo Zamora) hacen lo que se les da la gana, porque no hay “normas” ni “estatutos” que marquen reglas de juego democráticas. Tales han sido los resultados en los movimientos sociales y políticos de México, Brasil, Argentina y de todas partes donde estuvo de gran moda el “horizontalismo”.

La democracia obrera y popular –que es la democracia por la que luchamos los socialistas revolucionarios– no es “horizontalista”. Tiene organismos, con normas y reglas de juego, donde nadie –y menos los dirigentes– tiene la “libertad” de hacer lo que quiera. El “horizontalismo” de AyL devino en los hechos en la “autodeterminación” y la “libertad” de Zamora y su esposa de decidir lo que se les da la gana. El absoluto desprecio a la opinión de los familiares de Cromañón, el hecho de que ni siquiera por guardar las formas se les ocurriese consultarlos, no surgió de la nada.

Pero con estos rasgos “internos” de la involución de AyL se combinaron otros que se podrían llamar “externos”. Hay dos especialmente significativos, que no pueden desvincularse de su paulatina degeneración: 1) en el discurso político de AyL y Zamora, el eje pasó a ser el ataque a los partidos de izquierda; 2) AyL y sus parlamentarios se mantuvieron al margen de todas las luchas obreras y populares, tanto sociales como políticas.

El ataque sistemático a los partidos de izquierda es llevado adelante por AyL con un truco similar al del “todo o nada”, que comentamos en el otro artículo. Hace lo mismo que la prensa de derecha (por ejemplo, La Nación), en relación con los sindicatos. Se toma a veces de problemas reales –por ejemplo, tal o cual desastre de la burocracia sindical–, para decir que vendría bien terminar con esa basura de los sindicatos.

Zamora hace algo parecido con los partidos... de izquierda. Desarrolla una exageración absoluta de los problemas en las organizaciones de izquierda, pero no con un sentido constructivo, sino para llegar a la conclusión de que no deben existir partidos de izquierda. Es decir, herramientas políticas que la clase trabajadora y los explotados, en el fondo, necesitan mucho más aún que los sindicatos. Sin herramientas políticas propias, los trabajadores sólo tienen la perspectiva de ser carne para la explotación.

Esta obcecación anti-partido de Zamora lo llevó hace un tiempo a decir que “ya no sé si soy de izquierda”. Pues bien, lo de Cromañón ha despejado las dudas al respecto. Definitivamente, Zamora y AyL ya no tienen nada que ver con el socialismo ni la izquierda.

Esto no puede desvincularse de la actitud de AyL de mantenerse al margen de las luchas obreras y populares de los últimos años, período que está marcado por infinidad de movilizaciones de todo tamaño y color.

La última presencia de Zamora en un acontecimiento importante de la lucha de clases, fue su fugaz aparición en la matanza de Puente Pueyrredón (junio 2002). Desde entonces, Zamora y AyL sólo existen políticamente en las campañas electorales o las actividades parlamentarias. Son total y absolutamente ajenos a la vida, las actividades, las discusiones y los combates, los triunfos y las derrotas, las alegrías y los sufrimientos de esa multitud de decenas de miles de luchadores de la clase trabajadora y de los movimientos sociales, que han sido protagonistas de primera línea de la realidad argentina de los últimos años. Zamora y AyL decidieron hacer “rancho aparte”.

Hay una conexión entre eso y la manía anti-partido. El pretexto esgrimido por Zamora para quedar al margen es que las luchas y movilizaciones están “aparateadas” por los partidos de izquierda. Entonces, no hay que participar de ellas, ni apoyarlas, ni hacer unidad de acción de ningún tipo. AyL ha llevado esta línea hasta el ridículo. Cuando en febrero del 2003 se realizó en Buenos Aires la movilización internacionalista más grande de la historia argentina –la marcha a la Embajada de EEUU contra la invasión a Iraq–, Zamora llamó a no concurrir. Simultáneamente, a la misma hora, convocó a una especie de carnaval en la Av. Corrientes, en un intento fracasado de restar fuerzas a la movilización unitaria. La venida de Bush en noviembre pasado fue ocasión de algo parecido. En contra de las marchas a Mar del Plata y de las movilizaciones en Buenos Aires y otras ciudades, Zamora propuso una actividad alternativa: organizar bailes...

Hasta ahora, todo esto podían ser meras anécdotas de una triste decadencia política que ni valía la pena comentar. Pero ahora lo de Cromañón ha puesto a Zamora y AyL en otro terreno