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Zamora
y AyL
Una
decadencia lamentable
Por
Roberto Ramirez
A
muchos ha sorprendido este escándalo. Sin embargo, entre el activismo, tanto de
la izquierda como del movimiento obrero y los movimientos sociales, no hay tanto
asombro. Ya habían visto el curso de Zamora y su grupo. La traición a las víctimas
y familiares de Cromañón es sólo otro escalón, aunque muy
importante, en la degradación en que desemboca Autodeterminación y
Libertad, que es una especie de Pyme, un negocio político-electoral de la
familia Zamora, con algunos empleados para barrer el piso y hacer el
“delivery”, como Gerardo Romagnoli.
Este
carácter de Pyme familiar con algunos empleados marcó los sucesivos estallidos
de AyL, de la cual se fueron alejando la casi totalidad de sus componentes
iniciales, incluidos todos los
diputados y legisladores que había logrado en las elecciones del 2003.
Por
supuesto, la traición de Cromañón marca un salto
(o, más bien, un hundimiento) cualitativo.
Pero tiene una evolución previa, de
la que es necesario hacer un balance político
entre la vanguardia; especialmente porque en su momento algunos avisos
publicitarios de esta Pyme embaucaron a muchos.
La
famosa “horizontalidad” fue vista, por ejemplo, como la cumbre de la
democracia. En verdad, esto de la “horizontalidad” –concepto que no inventó
Zamora– ha sido en todo el mundo el mecanismo para establecer regímenes
profundamente antidemocráticos en los movimientos sociales. El
“horizontalismo” desemboca en que, de hecho, los caudillos y figuras (estilo
Zamora) hacen lo que se les da la gana,
porque no hay “normas” ni “estatutos” que marquen reglas de juego democráticas. Tales han sido los resultados en los
movimientos sociales y políticos de México, Brasil, Argentina y de todas
partes donde estuvo de gran moda el “horizontalismo”.
La
democracia obrera y popular –que es la democracia por la que
luchamos los socialistas revolucionarios– no es “horizontalista”. Tiene organismos,
con normas y reglas de juego,
donde nadie –y menos los dirigentes– tiene la “libertad” de hacer lo que
quiera. El “horizontalismo” de AyL devino en los hechos en la
“autodeterminación” y la “libertad” de Zamora y su esposa de decidir lo
que se les da la gana. El absoluto desprecio a la opinión de los familiares de
Cromañón, el hecho de que ni siquiera por guardar las formas se les ocurriese
consultarlos, no surgió de la nada.
Pero
con estos rasgos “internos” de la involución de AyL se combinaron otros que
se podrían llamar “externos”. Hay dos especialmente significativos, que no
pueden desvincularse de su paulatina degeneración: 1) en el discurso político
de AyL y Zamora, el eje pasó a ser el
ataque a los partidos de izquierda; 2) AyL y sus parlamentarios se
mantuvieron al margen de todas las luchas obreras y populares, tanto sociales como
políticas.
El
ataque sistemático a los partidos de izquierda es llevado adelante por AyL con
un truco similar al del “todo o nada”, que comentamos en el otro artículo.
Hace lo mismo que la prensa de derecha (por ejemplo, La
Nación), en relación con los sindicatos. Se toma a veces de problemas
reales –por ejemplo, tal o cual desastre de la burocracia sindical–, para
decir que vendría bien terminar con esa basura de los sindicatos.
Zamora
hace algo parecido con los partidos... de izquierda. Desarrolla una exageración
absoluta de los problemas en las organizaciones de izquierda, pero no con un
sentido constructivo, sino para
llegar a la conclusión de que no deben
existir partidos de izquierda. Es decir, herramientas políticas que la
clase trabajadora y los explotados, en el fondo, necesitan mucho más aún que los sindicatos. Sin herramientas políticas
propias, los trabajadores sólo tienen la perspectiva de ser carne para la
explotación.
Esta
obcecación anti-partido de Zamora lo llevó hace un tiempo a decir que “ya
no sé si soy de izquierda”. Pues bien, lo de Cromañón ha despejado las
dudas al respecto. Definitivamente, Zamora
y AyL ya no tienen nada que ver con el socialismo ni la izquierda.
Esto
no puede desvincularse de la actitud de AyL de mantenerse
al margen de las luchas obreras y populares de los últimos años, período
que está marcado por infinidad de movilizaciones de todo tamaño y color.
La
última presencia de Zamora en un acontecimiento importante de la lucha de
clases, fue su fugaz aparición en la matanza de Puente Pueyrredón (junio
2002). Desde entonces, Zamora y AyL sólo
existen políticamente en las campañas electorales o las actividades
parlamentarias. Son total y absolutamente ajenos
a la vida, las actividades, las discusiones y los combates, los triunfos y las
derrotas, las alegrías y los sufrimientos de esa multitud de decenas de miles
de luchadores de la clase trabajadora y de los movimientos sociales, que han
sido protagonistas de primera línea de la realidad argentina de los últimos años.
Zamora y AyL decidieron hacer “rancho aparte”.
Hay
una conexión entre eso y la manía
anti-partido. El pretexto esgrimido por Zamora para quedar al margen es que
las luchas y movilizaciones están “aparateadas” por los partidos de
izquierda. Entonces, no hay que
participar de ellas, ni apoyarlas, ni hacer unidad de acción de ningún tipo.
AyL ha llevado esta línea hasta el ridículo. Cuando en febrero del 2003 se
realizó en Buenos Aires la movilización internacionalista más grande de la
historia argentina –la marcha a la Embajada de EEUU contra la invasión a
Iraq–, Zamora llamó a no concurrir.
Simultáneamente, a la misma hora, convocó a una especie de carnaval en la Av.
Corrientes, en un intento fracasado de restar fuerzas a la movilización
unitaria. La venida de Bush en noviembre pasado fue ocasión de algo parecido. En
contra de las marchas a Mar del Plata y de las movilizaciones en Buenos
Aires y otras ciudades, Zamora propuso una actividad alternativa: organizar
bailes...
Hasta
ahora, todo esto podían ser meras anécdotas de una triste decadencia política
que ni valía la pena comentar. Pero ahora lo de Cromañón ha puesto a Zamora y
AyL en otro terreno.
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