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Economía
Verdades
ocultas sobre el
“milagro económico” kirchnerista
Por
Marcelo
Yunes
En
las últimas semanas, Kirchner y la prensa adicta se han dedicado a propalar
“buenas noticias”, que mostrarían a la Argentina casi como entrando en el
mejor de los mundos posibles. “Baja la desocupación, baja la pobreza,
crecimos un 9% en 2005, aumenta la inversión crece el gasto público, no nos
para nadie”, repiten una y otra vez desde el funcionario más mediocre hasta
el Presidente.
Se
esgrimen cifras récord, se derraman ríos de optimismo, hasta se habla, sin que
nadie se ponga colorado, del “milagro de la recuperación argentina” que sería
admirado y puesto como ejemplo en todo el mundo. (Digamos de paso que esto último
no prueba nada, ya que también Menem en su momento fue ponderado como artífice
de la “modernización” y la “entrada al Primer Mundo. Parece que en el
extranjero está de moda la compra de buzones.)
La
realidad es otra. No porque las cifras sean falsas –el método de cuestionar
los datos del INDEC se lo dejamos a Kirchner–, sino porque la trampa está en
que se presentan como porcentajes globales,
para todo el país. Y eso esconde las
profundas diferencias sociales que, si se tienen en cuenta, muestran que la
“prosperidad” no es para el conjunto.
Es
engañoso decir “el país está mejor”. “El país” tiene clases sociales y sectores de clase, y no a todos “les va mejor”. Intentaremos exponer esa realidad con
más detalle.
Crecimiento
récord... y desigualdad récord
Como
para escupirle el asado al gobierno, pocos días después de anunciar que el
Producto Bruto había aumentado un 9,1%, se supo que ese crecimiento se reparte
muy mal. De hecho, la Argentina nunca fue tan desigual como ahora en su reparto
del ingreso, ni siquiera en el pozo de la crisis post devaluación.
Los
datos meten miedo. La diferencia entre el 10% más rico de la población y el
10% más pobre es mayor que nunca: los
ricos ganan 31 veces más que los pobres. ¿Cómo es posible? Simple: ese
10% rico aumentó sus ingresos
mensuales promedio un 24%, de 2.630
pesos a 3.268 pesos, mientras que el 10%
pobre no aumentó un centavo sus 106 pesos mensuales respecto de la medición
anterior. (Aclaremos que el INDEC mide los ingresos por hogar, no por persona, lo que significa que un hogar rico, con
un promedio de cuatro personas, tiene
ingresos por más de 12.000 pesos. ¡No
vaya a creerse que un asalariado que gana 3.000 pesos ha pasado a ser
“rico”!)
Si
se mide la población en quintos (fracciones del 20%), tenemos que el quinto más
rico se queda con el 53,6% del ingreso global (antes era el 51,6%), es decir, ganan
más que todo el 80% restante. El
quinto más pobre va barranca abajo: del miserable 4% del ingreso que le
tocaba cayó al 3,5%. Y el 40% de la población de menos ingresos sólo suma el
11,7% del ingreso. [1]
Dicho
de otro modo: el quinto más rico se lleva más de la mitad de la “torta”, y
el 40% más pobre, apenas la novena parte.
¿Qué
significa esto? Que la economía crece,
es verdad, pero el beneficio se lo queda una minoría privilegiada. Para ser
más preciso, y según el periodista económico Ismael Bermúdez, “los
sectores rentistas, profesionales, patrones y
un sector de los empleados en
blanco” (Clarín, 9-2-06). Salvo una
franja minoritaria de asalariados en blanco, la parte del león del crecimiento
se la lleva la clase capitalista y la clase media alta.
¿Cuál
fue la reacción de Kirchner ante esta realidad? La más fácil: echarle la
culpa a los criterios de medición del INDEC. Lógicamente, cuando las cifras
dan a favor no se cuestiona nada.
Trabajadores
y jubilados pagan el superávit
El
gobierno se llena la boca con el superávit fiscal, pero no dice quién lo
solventa. Los cacareos sobre el “aumento del gasto público social” son pura
sanata. La realidad es el propio Ministerio de Economía reconoce que el gasto
del Estado bajó sustancialmente. En 2004 el
gasto público real bajó un 28% respecto de 2001, año que no se
caracteriza precisamente por el despilfarro fiscal de su ministro de Economía,
Cavallo.
Eso
no es todo. Los rubros más afectados por
el recorte fueron los más sensibles para el bienestar popular: Previsión
Social bajó un 31%, Educación, un 28%, y Salud, un 24%. En cambio, subió
Trabajo (por los planes sociales) y “servicios económicos”, esencialmente
subsidios al transporte y la energía en manos privadas. Las cifras de 2005
vuelven a dar como gran perdedora al área de Seguridad Social. Según una
consultora, “al ser las jubilaciones uno de los principales gastos del Estado
en cuanto a su monto, su menor aumento
relativo permite financiar mayores aumentos en el resto de las partidas”.[2]
Por supuesto, el rubro número uno del “resto de las partidas” son los
millones para el FMI.
El
calvario de los jubilados no se agota ahí. Si hay una excusa que no se les
puede dar es que no hay plata: la ANSES tiene un superávit monstruoso, pero la
plata que sobra no va a parar a mejorar las jubilaciones o las prestaciones del
PAMI, sino al FMI. Así como se lee: el 30 de diciembre, días antes del
“megapago” al Fondo, la ANSES ayudó al Estado con nada menos que 2.600
millones de pesos para terminar de juntar la platita para los usureros
internacionales.
La
otra gran pata del superávit fiscal, además del ajuste real de gastos, es el
aumento de la recaudación impositiva.
Y aquí, la gallina de los huevos de oro
para el gobierno son los trabajadores.
En
efecto, según un estudio del subsecretario bonaerense de Ingresos Públicos,
Santiago Montoya, los impuestos que pagan los trabajadores representan el 50% de
la recaudación total.[3] ¿Es esto proporcionado? Para nada, porque los
trabajadores reciben sólo el 24% del ingreso nacional. Más claro, agua: a
la hora de repartir, los asalariados no llegan a la cuarta parte de la
torta; el resto es de los capitalistas. Pero
a la hora de pagar, trabajadores y patrones van miti y miti. Maravillas de
la “redistribución” kirchnerista...
Si
a esto se agrega el escándalo de los asalariados que pagan impuesto a las
“ganancias” –puesto en el candelero por los petroleros de Santa Cruz– o
los departamentos de dos ambientes que pagan impuesto a la “riqueza”, y se
tendrá una idea de lo regresiva que es la estructura tributaria argentina.
Buscando
la diferenciación en el seno de la clase trabajadora
Como
parte del proceso de estratificación más general de la sociedad, que
trataremos más abajo, se abre paso lentamente una tendencia
al afianzamiento de una diferenciación de ingresos –y, por ende, en parte
también social– entre los trabajadores, lo que en parte ha sido una
estrategia social y política de los gobiernos y la clase capitalista.
Según
datos del INDEC para el primer semestre de 2005, el ingreso promedio de los 13,7 millones de ocupados –lo que incluye
cuentapropistas y profesionales– era de 736
pesos mensuales. Pero dentro de ese universo, el 70% (9,5 millones) ganaba menos de 800 pesos, es decir, no
llegaba a cubrir la canasta de pobreza. Y la
mitad del total ganaba menos de 550 pesos.
Si
se tiene en cuenta a los asalariados exclusivamente, se observa que el sueldo
promedio de los que trabajan en blanco en
la actividad privada era 985
pesos. Pero la mitad de los trabajadores
en negro –que son un 47% del total de asalariados– ganaba menos de 400 pesos, y la mitad de los trabajadores estatales
no llegaba a los 750 pesos. Sólo el 10% del total superaba los 1.500 pesos.[4]
Kirchner,
quien dio vía libre a los contratos basura y la flexibilización de la Ley
Banelco, abrió el camino para que en el plano laboral se refuercen las tendencias a la conformación de “capas” internas a la
clase trabajadora, que establecen diferenciaciones en primer lugar por
ingreso, pero también por estabilidad, condiciones y seguridad laboral, aportes
a la seguridad social, atención médica e incluso vivienda, entre otros
factores.
Las
grandes categorías divisorias son contrato formal (en blanco) / informalidad
(en negro) y sector público / sector privado, pero hay divisiones ulteriores
por rama de producción y por tamaño y tipo de empresa (nacional / extranjera,
pyme / gran empresa, industria /servicios, etc.).
Por
ejemplo, una de las actividades que presenciaron mayor reactivación fue la construcción,
y justamente allí se verificó un fuerte aumento de la informalidad: un 80% de
los trabajadores está en negro. (Irónicamente, del total de proyectos de
inversión privada en vivienda anunciados en 2005, el 83% se destinó a
viviendas de lujo, lo que es una nueva muestra de la estratificación social y
la distribución desigual del ingreso que caracterizan a la economía
kirchnerista.) Algo similar sucede en el sector
rural: es por lejos el mayor generador de buienes exportables y divisas,
pero eso no obsta para que el empleo en negro promedie el 70-75%.
Otro
ejemplo: los asalariados de las 500 mayores empresas del país perciben una
remuneración 4 veces más alta que el promedio, con una productividad... 6
veces mayor.[5] Sin duda, esta diferenciación interna existe desde los 90 como
mínimo. Lo que es digno de destacar es, precisamente, que el “crecimiento récord”,
lejos de contribuir a revertir esta tendencia, lo que hace es profundizarla.
La
diferencia establecida entre trabajo formal e informal va mucho más allá del
nivel de ingreso, como ya dijimos. Esto llega a tal punto que incluso la demanda
laboral y, por consiguiente, la tasa de desocupación, se separan cada vez más
para uno y otro sector. Según la Sociedad de Estudios Laborales, que orienta
Ernesto Kritz, la tasa de desocupación se concentra cada vez más en el sector
en negro, en tanto que hay “una situación
de cuasi-pleno empleo en el sector formal” (Clarín, 12-1-06).
Más
allá de que esto último resulta probablemente exagerado, la tendencia es real
y ha sido señalada por diversos estudios recientes. Los capitalistas se quejan
cada vez con mayor frecuencia de la dificultad para encontrar mano de obra
calificada, y que en el sector de asalariados especializados de la industria, la
oferta laboral excede a la demanda.[6] Veremos esto más abajo.
Esta
segmentación creciente del mercado
laboral también se refleja en que mientras, como hemos denunciado en estas
páginas, 600.000 asalariados son forzados a pagar impuesto a las ganancias en
la cuarta categoría, los sociólogos y especialistas laborales ya están
hablando de la extensión del fenómeno
de la pobreza con empleo. Lo que no extraña si se mira otra vez el salario
en negro promedio y la extensión del trabajo informal.
Una
estructura social cada vez más estratificada
Si
combinamos el aumento galopante de la desigualdad con la segmentación del
mercado laboral –a partir del eje formal / informal, junto con otros
posibles– el resultado es que, desde el punto de vista social, se está
configurando una estructura que presenta un grado de estratificación
consolidada pocas veces visto. Contra el optimismo oficial que señala cómo se
va “limando” el índice de desocupación y el de pobreza y sueña con su
cuasi desaparición, la realidad es otra.
Es posible que se
esté llegando al “núcleo duro” que representa una parte de la sociedad
cuyas malas condiciones laborales y/o de ingreso se volvieron en cierta medida
independientes del ciclo económico “alcista”, y que reciben poco y nada de
la mejora de la economía.
En cuanto al resto, la estructura tributaria y distributiva hace que cuanto más
alto esté ubicado el sector en cuestión en la escala de ingresos, mayor será
la proporción en que recibirá su “cuota parte” del crecimiento del PBI. El
reanimamiento de la inflación no hace más que potenciar este proceso, al
que el citado Bermúdez denomina como “divorcio entre las variables macroeconómicas
y los datos sociales” (Clarín,
18-11-05).
Esto
es lo que explica la persistencia de indicadores como el de pobreza infantil,
que llega al 55%, y, en particular, que el 37%
de la población económicamente activa está en situación de extrema precariedad, “condición... definida
por la gran inestabilidad de la ocupación, por la ilegalidad de la relación
laboral y por la exigüidad de los ingresos del trabajo”.[7]
Lo
que daba en llamarse “pobreza estructural” se afianza como parte
inescindible de la estructura social, y lo que debe tenerse en cuenta es que no
se trata sólo de la población desocupada, sino que incluye,
de manera cada vez más estable, a una ancha franja de ocupados en
condiciones de precariedad laboral e ingresos mucho más bajos que el promedio.
Es precisamente esto a lo que remite el concepto de “pobreza con empleo”.
En
la medida en que la parte del mercado de
trabajo más relacionada con el reanimamiento de la producción industrial se
“normaliza”, se hace evidente que “hay
una porción de la población que no está capacitada para entrar en el mundo
laboral”.[8] Esto es, en ese
segmento del mundo laboral que ofrece estabilidad y salarios más altos,
pero reclama formación de la fuerza
de trabajo. Y la posibilidad de esa
formación –la base de un mayor rendimiento del trabajo– ha sido aniquilada
por la debacle social y educativa iniciada en los 90 [9] y que categóricamente
continúa bajo Kirchner, sólo que “limitada” a, tal vez, el
40% de la población.
En
estas circunstancias, la estrategia política de unidad de clase se hace más vigente e imperiosa que nunca. Esto
empieza por oponerse a los intentos del gobierno y la burguesía de dividir,
segmentar y fragmentar a sectores de la clase trabajadora, incluso tratando de
oponer a unos contra otros por la vía de la diferenciación de salarios y
condición laboral.[10]
De
lo que se trata es de enfrentar el aumento de la explotación –reflejada, por
ejemplo, en la tasa de trabajadores sobreocupados– buscando tender
puentes entre los sectores afectados. Por ejemplo, contratados y efectivos,
trabajadores de un gremio y de otro en el mismo lugar de trabajo.
Hay que nivelar
para arriba, y
ésa es una de las grandes lecciones que nos están dejando las luchas obreras más
profundas del último período. Así lo hicieron los trabajadores del subte y
del Garrahan; así lo hicieron los petroleros de Las Heras, exigiendo la
efectivización y el pase al convenio más favorable de toda una franja de
trabajadores. Ése es el camino para frenar el proyecto de una Argentina
segmentada y de prosperidad para pocos que nos proponen Kirchner y la clase
capitalista.
Notas:
1.
Datos del INDEC difundidos el 8-2-06.
2.
MVA Macroeconomía, citado en Clarín,
5-2-06.
3.
Citado por Alcadio Oña en Clarín,
7-2-06.
4.
Datos del INDEC citados por Ismael Bermúdez en Clarín, 11-11-05.
5.
Informe del Instituto para el Desarrollo Social Argentino (IDESA), publicado en Clarín,
7-11-05.
6.
La Nación, 19-2-06, y Clarín,
22-2-06. Según el INDEC, el 15% de las industrias no logra encontrar el
personal que requieren.
7.
Informe de la Sociedad de Estudios Laborales (SEL), octubre 2005.
8.
Declaraciones de Alberto Fagalde, gerente general de Manpower, agencia de
personal eventual, en Clarín,
22-2-06.
9.
Ernesto Kritz, de SEL, apunta con particular crudeza que “una fábrica puede
aumentar su presupuesto para calificación, pero no puede proveer conocimientos
matemáticos o de comprensión de textos” (Clarín,
22-2-06). Es decir, la segmentación educativa
de los 90, que continúa y se profundiza con Kirchner (ver nota al respecto en
este mismo número), se hace sentir como factor de la segmentación laboral.
10.
Ésa fue la política del gobierno y los medios adictos cada vez que un sector
de trabajadores de sueldos relativamente
altos salió a la pelea: con el subte, con el Hospital Garrahan y ahora con los
petroleros.
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