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Ola
centroizquierdista en Latinoamérica
Camino
a una nueva frustración
La
asunción de Evo Morales como presidente de Bolivia fue la coronación de una
seguidilla de acontecimientos que pusieron a las relaciones entre los países
sudamericanos en el centro del escenario. Repasemos: la victoria de Michelle
Bachelet, la candidata de la Concertación (Democracia Cristiana y Partido
Socialista) en Chile; las reuniones de Lula con Kirchner y de ambos con Chávez
para tratar el ingreso de Venezuela al Mercosur y los reclamos de los socios
menores del bloque, Uruguay y Paraguay; el conflicto entre Argentina y Uruguay
(o, para ser más exactos, entre el pueblo de Gualeguaychú y el gobierno del
Frente Amplio) por las papeleras, y la eventualidad de un tratado de libre
comercio entre EEUU y Uruguay.
Por
supuesto, enseguida volvieron a aparecer los compradores (y vendedores) de
buzones cacareando sobre la “unidad latinoamericana contra EEUU” (aunque se
cuidan bien de decir antiimperialista). El presidente Kirchner, especialista en
la comercialización de humo y baratijas ideológicas desde la tribuna, anunció
pomposamente que “se terminó la idea de una América del Sur Cenicienta del
mundo” y llamó a construir “una fuerte alianza regional” (Clarín, 19-1-06). Con su propio estilo, Lula, Evo y Chávez
entonaban la misma melodía, acompañados en Argentina por el desafinado coro de
“progres” al que sumó su voz, una vez más –desgraciadamente–, Hebe de
Bonafini.
¿Cuánto
hay de cierto en esta publicitada “onda progresista” (Lula dixit) en América
Latina? Vamos a tratar de ordenar los elementos en cuestión.
En
primer lugar, si se compara con el ciclo político anterior de América Latina
–el de los 90, de neoliberalismo y “relaciones carnales” con EEUU–, el
cambio es evidente. Pero eso no justifica el entusiasmo facilista de los que
creen que se viene una consumación moderada y pacífica de los ideales de los
70. En realidad, todos los analistas con un mínimo de seriedad coinciden en que
si algo tienen en común todos los
gobiernos de “centro izquierda” de la región –con la excepción, acaso,
de Chávez– NO
es ser socialistas, ni antiimperialistas, ni nacionalistas, sino realistas.
Es decir, gente que matiz más, matiz menos, no
va a cuestionar, ni mucho menos sacar los pies del plato del capitalismo
globalizado y de las relaciones de poder internacionales tal como son hoy.
Creer lo contrario de Evo o de cualquiera de las mandatarios centroizquierdistas
actuales, es encaminarse a una nueva
frustración.
En
ese sentido, y más allá de cierto revuelo provocado por algunos miembros del
nuevo gabinete boliviano, los que ponen los ojos en blanco al hablar del “indígena
presidente” harían bien en recordar el chasco que se llevó buena parte de la
izquierda (incluido el MST argentino) que se entusiasmó con la asunción del
“obrero presidente” Lula... Sin duda, Evo llega al poder en condiciones muy
diferentes: por ejemplo, su victoria es un reflejo –si bien distorsionado–
de las profundas rebeliones que convulsionaron Bolivia en los últimos cinco años;
nada parecido ocurrió en Brasil. De lo que se trata es de llevar el análisis
un poco más allá del encandilamiento con la “chompa” de Evo.
“El populismo no siempre es malo”
Acaso
de manera tardía, la diplomacia yanqui tomó nota de que, sin tener por qué
asustarse de cucos como Bachelet o Tabaré Vázquez (y, en todo caso, debiendo
adecuarse a ciertas reformas cosméticas), ya era hora de cambiar los modales –no la estrategia, por supuesto– en su
relación con los países de la región. El símbolo de esta “era de
comportamiento civilizado”, que contrasta con la torpe patoteada de Bush y Fox
en la Cumbre de las Américas, es el perfil de Thomas Shannon, el nuevo
subsecretario de Estado yanqui para Asuntos Hemisféricos (algo así como un
ministro de Patio Trasero). Los subsecretarios anteriores, Otto Reich y Roger
Noriega, eran dos rotundos orangutanes que a cualquier intento de diálogo
contestaban con amenazas. Obsérvese, en cambio, el debut de Shannon en su función:
explicó, para sorpresa y disgusto de la derecha dura acostumbrada a los
rebuznos de Noriega, que “el populismo no siempre es malo”. Es decir, como
reconociendo que el Estado tiene derecho a conservar la atribución de
encargarse de alimentar a las masas a las que el capitalismo priva de todo
sustento.
Se
trata, para los yanquis, de admitir una realidad: no se puede dominar en la región exactamente de la misma manera que en
los 90, cuando Menem, Fujimori, Collor, Cardoso, Banzer, etc., les ponían
la alfombra roja y les decían “llévense lo que quieran”. Ahora, la relación
implica aceptar que los gobiernos de la
región necesitan cierto margen de maniobras para contener el desastre social de
los 90, y que no se pueden llevar las cosas al extremo como en Argentina
(2001) y Bolivia (2003 y 2005). Ningún gobierno de la región puede aspirar a
una mínima estabilidad si se presenta
como un vasallo total de EEUU en las decisiones económicas, sociales o de política
exterior. La sujeción al imperialismo debe adoptar formas más digeribles que no
excluyen algún margen de autonomía.
El
panorama que se encuentra Mr. Shannon en Sudamérica no es el de un arco político-ideológico
totalmente homogéneo (incluso descontando a amigos dilectos como Álvaro Uribe
en Colombia, Nicanor Duarte Frutos en Paraguay y Hugo Toledo en Perú). EEUU ve
dos sub bloques en el “centro izquierda”. Uno, es el que componen Bachelet,
Lula, Tabaré y algo más críticamente, incluso Kirchner: gente seria y
confiable, a veces antipática, pero a la que se le pueden encargar incluso
ciertos trabajos sucios, como “pacificar” Haití y ayudar a controlar a los
miembros del otro sub bloque. Allí encontramos a gobiernos que EEUU mira de
reojo: Evo y, sobre todo, Chávez.
Pero
confiar más en unos que en otros no significa cortar relaciones con los
“sospechosos” (aquí, nuevamente, en el caso de Chávez está la
especificidad de que este ensaya cierta orientación no ya autónoma, sino
independiente, aunque enteramente dentro del capitalismo). Después del triste
papel que cumplió el embajador yanqui en Bolivia, Manuel Rocha –cuya histeria
anti Evo contribuyó, sin duda, al triunfo del candidato del MAS–, Shannon optó
por una postura mucho más dialoguista y respetuosa. Después de todo, Evo no es
un “vendedor de droga”, como decía el palurdo de Rocha, sino un gobernante
que defiende su base social y que se mostró dispuesto a “una alianza con EEUU
para la lucha contra el narcotráfico”.
Es
por eso que en su discurso de asunción y frente al propio Shannon, Evo pudo
decir sin faltar del todo a la verdad que “Bolivia no está sola, Fidel y EEUU
nos apoyan” (Clarín, 23-1-06).
Negocios son negocios
El
centroizquierda latinoamericano cacarea por la “unidad estratégica”
regional, pero en los hechos cuida el
bolsillo de sus burguesías locales. Una clara muestra de esto es la cuestión
del MERCOSUR y las relaciones con EEUU. El MERCOSUR no es un mercado común, ni
siquiera una verdadera unión aduanera. Por eso los socios menores, Uruguay y
Paraguay, están buscando por su cuenta abrochar acuerdos bilaterales de libre
comercio, sobre todo con EEUU, por fuera del MERCOSUR. Que Duarte Frutos sea un
político burgués de derecha y que Tabaré Vázquez sea la figura principal del
Frente Amplio (una de las coaliciones de “izquierda” más antiguas del
continente) no cambia nada. La coherencia con la historia importa poco; lo que importa es garantizar que la clase capitalista local pueda hacer
buenos negocios.
Así,
se entienden muchas cosas:
1)
que Paraguay le dé a los yanquis permiso para instalar una base militar cambio
de migajas;
2)
que la “izquierda” uruguaya defienda el tratado de protección de
inversiones con EEUU y proponga un acuerdo bilateral por fuera de y contra el
MERCOSUR (asociación que, según el actual ministro uruguayo y ex tupamaro José
Mujica, “no sirve para un carajo”);
3)
que Kirchner y Lula hayan aceptado la necesidad de ser “flexibles”con esos
acuerdos extra bloque (lo que significa que el MERCOSUR vale, en los hechos, un
billete de dos patacones);
4)
que Evo haya dicho que está abierto a cualquier variante (MERCOSUR, ALCA, Unión
Europea, acuerdos bilaterales, lo que venga). Ya dejó una pista: aclaró que
“la asociación plena con el MERCOSUR será bienvenida sólo si
fuera buena para las microempresas” (¿Y los trabajadores? Mal, gracias);
5)
que Chile, miembro observador del MERCOSUR, tenga firmado un acuerdo de libre de
comercio con EEUU;
6)
que las burguesías de Argentina y Brasil no pueden resolver sus diferencias
comerciales en el seno del MERCOSUR –reflejo del distinto peso y desarrollo de
ambas– desde hace 20 años;
7)
que Kirchner, al respecto y constatando que “en Brasil hay una burguesía
industrial muy fuerte”, suspirara con resignación porque “nosotros no
tenemos esa burguesía” (Clarín,
20-1-06);
8)
que el ALBA, la “alternativa bolivariana” de Chávez al ALCA, no sea más
que una fachada para el programa de TV “Aló Presidente” y para los
discursos como en la Cumbre de Mar del Plata, sin ninguna entidad real;
9)
que todo el arco político uruguayo haga causa común con su burguesía –y con
la política de Estado de forestar medio Uruguay– en la defensa de las
papeleras, que van a invertir una suma muy considerable.
La
lista podría seguir y seguir, pero con esto alcanza.
Los
progres y reformistas sintieron por un momento que se inflamaban sus olvidados
ardores revolucionarios cuando escucharon a Evo decir que iba a “retomar las
tareas que dejó el Che”, sólo que “sin armas y en democracia”... Pero a
no engañarse. El pragmatismo de los
que en la tribuna parecen agitadores pero que en su despacho actúan casi como
gerentes, fue resumido por una frase que merecería encabezar, por su claridad,
cualquier artículo que se escriba sobre el “progresismo” latinoamericano.
Dice así: “La función de un
presidente es hacer buenos negocios para su país”. La dijo el mismísimo
Evo Morales, pero podrían firmarla Lula da Silva, Néstor Kirchner, Michelle
Bachelet, Tabaré Vázquez, e, incluso, Hugo Chávez. El que seguro no firmaría
es Ernesto Guevara.
Manipulación electoral
Un
elemento que, dentro de todo, pone contento al Departamento de Estado yanqui, es
que toda esta “onda progresista” se da en el marco de una relativa
relegitimación y/o consolidación de las instituciones de la “democracia”
burguesa. Instituciones que vuelven a ser vistas por el conjunto de la población
como el instrumento apropiado para generar cambios políticos, sobre
todo en el caso del voto. En Bolivia, en particular, el imperialismo estaba
particularmente interesado en que las rebeliones en las calles dejaran paso a la
acumulación de papeletas electorales. En un país como este, con su tradición
revolucionaria y de inestabilidad política y social, los yanquis y la clase
capitalista ven imprescindible una recuperación institucional. El analista
boliviano de derecha Carlos Toranzo Roca, a la vez que mascaba bilis por el
triunfo de Evo, se consolaba con la idea de que, al menos, “Bolivia abrió un camino de cambio por la vía del voto, por medio de una
democracia que dio espacio a todos sus actores sociales” (Clarín, 23-1-06).
A
esta idea de “cambio por la vía del voto” se le quiere sumar el discurso,
que en Argentina conocemos bien, de la “gestión
eficiente”. Es decir, las cosas van a mejorar porque sacamos a políticos
corruptos o ineptos y ponemos a gente que no roba. El citado Toranzo Roca
explica que Evo “capitalizó el voto de quienes estaban hartados del
clientelismo (…) votaron por Morales… como un rechazo a los viejos políticos
marcados por la corrupción. La gente votó (…) por la necesidad de conectar
la ética con la política” (Idem).
De
esta manera, se quiere reducir de movida el espectro del “cambio posible” a
lo puramente institucional, a los derechos
democráticos comprendidos y asumidos
sólo formalmente (y, por lo tanto, no realmente satisfechos). Abonan una
idea parecida los que saludan el triunfo de Evo como la incorporación de las
masas indígenas al Estado, y solamente eso (lo que tampoco es exactamente la
realidad).
Lo
que está ausente aquí es el
verdadero motor de las rebeliones populares (e, indirectamente, del triunfo de
Evo). Es decir, los motivos sociales, que
son los únicos que podrían dar base material para resolver realmente las
reivindicaciones democráticas: la propiedad de los recursos naturales, la
expropiación de las compañías extranjeras, la salida de la miseria y la
explotación acabando con el capitalismo. Incluso los aspectos
“institucionales” pendientes, como la Asamblea Constituyente y la cuestión
de las divisiones regionales, están en el fondo supeditadas a los reclamos
sociales.
Evo
ya se subió al verso de que todo depende
de la “buena gestión” y de la pulcritud de comportamiento, como si las
relaciones de fuerza entre las clases no existieran o no importaran. Según él,
si los gobiernos anteriores “hubieran sido inteligentes administradores de
nuestra patria, Bolivia sería mejor que Suiza”, ya que Bolivia tiene más
recursos naturales que Suiza. También aquí, pareciera que todo depende de la
“inteligencia” u “honestidad” de los “administradores”. La elemental
distinción entre un país europeo desarrollado y un país que sufre al expolio
imperialista desde su nacimiento y aun antes queda totalmente velada.
No,
no alcanza con la “administración inteligente” para hacer que Bolivia sea
Suiza. Sin una ruptura con los múltiples
lazos de dependencia y explotación que someten a Bolivia, ese país no dejará
de ocupar el lugar de una de las naciones más pobres del planeta. Pero mal
puede romper con esos lazos de sometimiento quien ni siquiera los expone a plena
luz, y se conforma con reclamar “un trato igualitario” a quienes explotan el
trabajo y las riquezas bolivianas.
Los
sucesivos procesos electorales en el continente, aun dándole la victoria a los
“progresistas”, buscan re-legitimar las instituciones del régimen de la
“democracia” colonial, sirviendo de desvío y mediación para el desarrollo
de movimientos que cuestionen el orden social.
Poner bien en alto las luchas y reivindicaciones obreras
Por
lo tanto, no hay que encandilarse con
las mieles de los discursos de los nuevos mandatarios.
Su
grado de “radicalidad” ha dependido del proceso que los vio surgir: donde no
ha habido rebelión popular (como en el caso de Chile, Uruguay o Brasil) se
trata de variantes neoliberales casi puras y duras. Donde sí ha habido
rebeliones populares, como en Argentina, Bolivia o Venezuela, se trata de
diversos grados de retoques, reformas o incluso lisa y llanamente cambios
respecto de la orientación prevaleciente en los 90. Pero lo que nunca se debe
perder de vista es que en todos los casos –incluso el de Chávez y su prédica
del “socialismo en el siglo XXI”– se
trata de gobiernos 100% capitalistas. Gobiernos que no son nuestros gobiernos, no son gobiernos de la clase obrera y los
explotados, sino gobiernos capitalistas normales (como es el caso de Kirchner en
nuestro país), nacionalistas burgueses (como es el caso de Chávez) o,
incluso burgueses “anormales” de Frente Popular (como es el caso de
Morales en Bolivia).
En
todos los casos, de los que se trata es de no
dejarse cooptar. Llamar a no confiar
en estos gobiernos de desvío de las luchas y rebeliones populares. Levantar
bien en alto todas las peleas y reivindicaciones obreras, trabajando por
preparar la alternativa revolucionaria para el inevitable momento en que
amplios sectores de masas comiencen a hacer la experiencia con estos gobiernos y
se vuelva a colocar a la hora del día nuevas rebeliones populares en las que,
ahora sí, se deberá luchar a brazo partido por que se transformen en revoluciones
sociales.
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