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El
campo argentino según el PCR (segunda parte)
¿Terratenientes opresores vs.
burgueses agrarios
oprimidos?
Por
José Luis Rojo
En
nuestra edición N°
126 publicamos la primera parte de la polémica con el PCR y
su particular visión-justificación del campo argentino. En
ella marcábamos la concepción etapista con la cual
justificaban su apoyo al paro reaccionario del campo, su
visión de una supuesta pelea entre sectores feudales o
resabios feudales en contra de una burguesía agraria
oprimida por estos terratenientes. Terminábamos recuperando
la concepción marxista
sobre la renta agraria como una relación plenamente
capitalista, basada en la propiedad privada de la tierra. En
esta parte analizamos como esta concepción fantasiosa de la
realidad lleva al PCR al despropósito de ver sectores
burgueses produciendo plusvalía.
Es
a partir de una completa incomprensión –histórica,
teórica y actual– del carácter capitalista del campo
argentino (y del actual lock out agrario como patronal) que
el PCR se desliza hacia una pintura totalmente irreal
de las relaciones sociales implicadas en la producción
agropecuaria.
Señala
que “se ha
producido el importante avance del capitalismo en el agro
pampeano que se observa particularmente en la última década
(...), con un reforzamiento del latifundio y un
extraordinario aumento de la renta, que se manifiesta en el
aumento del precio de la tierra (renta capitalizada) sólo
interrumpido entre 1999 y 2002 por la caída de los precios
internacionales de los granos. La subordinación del
capital agrario constante y variable –invertido
fundamentalmente por los contratistas– al poder
del latifundio,
ejercido
directamente por los grandes terratenientes o por los
operadores de fondos,
ha hecho que lo fundamental de las ganancias extraordinarias
o plus-ganancias –asociadas al salto tecnológico
producido y a la incorporación de nuevas tierras de peor
calidad gracias a la soja– no hayan podido ser retenidas
por los capitalistas agrarios sino que hayan sido apropiadas
(...) por los detentadores del poder de la tierra, a través
del previo control de esta en grandes extensiones”.
Aquí
hay varios problemas. Uno no menor es que no se sepa en
virtud de qué criterio los grandes propietarios y pools de
siembra que actualmente dominan parte importante del campo
argentino no serían capitalistas, sino “resabios
feudales”). Desde las familias tradicionales (Menéndez
Behety, Martínez de Hoz, etc.); pasando por los George
Soros o los Benneton (que se han apropiado de cientos de
miles de hectáreas); los pools de siembra como Los Grobo
(de la familia Grobocopatel); las empresas multinacionales
proveedoras de semillas o herbicidas (Nidera, Monsanto,
etc.); y/o las acopiadoras de granos (Dreyfus) y las
aceiteras (General Deheza y otras), si no son
propietarios y/o “productores” capitalistas, ¿qué es
lo que podrían socialmente ser? Reducir la “burguesía
agraria” sólo a los “contratistas” es a un operativo
espurio para que la realidad entre en el retorcido esquema
oportunista del PCR.
Además,
entre los “contratistas” (proveedores de servicios para
las distintas etapas de la producción agrícola), los hay
que tienen en sus manos una gran acumulación de capital
fijo bajo la forma de sembradoras, cosechadoras, etc. (y que
son burgueses con todas las letras) y también que poseen
una o dos máquinas y las operan familiarmente alquilando el
servicio, así como los que forman parte no de la burguesía
agraria sino de la pequeña burguesía, que se basa en
sus propios medios de producción y explotan su propio
trabajo. Claro que con un análisis de este tipo se
derrumba el fantasioso esquema de los “terratenientes
feudales que explotan a los capitalistas agrarios”.
Sin
embargo, el PCR cree encontrar un argumento fundamental a su
favor cuando diferencia a “un productor e incluso un
terrateniente convertido en verdadero ‘fabricante’ (que
produce invirtiendo en equipos y en la contratación de
obreros) y (…) el terrateniente o sociedad de inversión
que por su disposición de la tierra o el dinero concentra
lo producido por otros”.
Sin
embargo, científicamente, Marx, en los capítulos
destinados a la renta agraria de El
capital, desde el vamos diferenciaba la posición
“activa” que todavía tenía (a mediados del siglo XIX)
el capitalista industrial en la producción (relación que,
como todos sabemos, se ha hecho cada vez más parasitaria
por la vía de las sociedades por acciones y ni hablar
de tantos otros instrumentos de las finanzas) respecto del rol
“pasivo” del terrateniente capitalista que hacía
valer, a la hora de la valorización de sus tierras, la mera
propiedad. Pero ésta no es
una distinción esencial desde el punto de vista de
clase. Porque lo que caracteriza a todo capitalista
(propietario pasivo o “productor” activo) no es cuán
parasitario sea respecto de su papel en la producción, sino
el hecho de que todos viven de explotar el trabajo ajeno (sea
plustrabajo obtenido por la vía directa de la producción –capitalista
agrario– o
por la “indirecta” de la intercepción de renta agraria –propietario
capitalista–).
Esto es lo que une en un sólido bloque esencial a
propietarios agrarios e “industriales” agrarios
–todos, a esta altura, capitalistas–
contra la clase obrera.
Un
fantástico mundo donde los capitalistas generarían plusvalía
Pero
a pesar de todo, el PCR, contra toda evidencia, cree
encontrar en los “pools de siembra” un aliado para sus
concepciones. Señalan los compañeros: “El
problema es de dónde y cómo surge la ganancia de los
fondos de inversión en el campo (...). No surge del
alquiler de la tierra, ni de la administración, sino de
la producción misma que es realizada por los contratistas y
sus obreros. El pool paga el arriendo de la tierra y paga a los contratistas para
que realicen las tareas de siembra y fertilización,
fumigaciones y cosecha (...). Pero no es en esta relación
donde se produce la plusvalía. La plusvalía surge de la
realización de esas tareas sobre el campo, del
trabajo del contratista y sus obreros en la siembra y la fertilización, fumigaciones y cosecha (aquí, el
maquinista generalmente a porcentaje). El precio que cobra
el contratista por su ‘servicio’, en condiciones
normales del capitalismo, tiene que cubrir la amortización
de su capital constante fijo (maquinarias y equipos), el
capital constante circulante que necesitan para que
funcionen (combustible, mantenimiento, etc), el salario de
los obreros que las hacen funcionar, y su ganancia. Ese
valor que pone el contratista en el trabajo con sus obreros
sobre la tierra (...),
más todo el mayor valor creado por ese trabajo que supere
el equivalente de la ganancia del contratista, queda en la
tierra y va a ser apropiado por el fondo al apropiarse de la
cosecha. Aunque el fondo tenga mejores condiciones de
comercialización, no significa que su ganancia surja de
eso, sino de que tiene mayores posibilidades que el
productor aislado de quedarse con una mayor parte de la
plusvalía agraria, que si no es apropiada por los
monopolios de la comercialización (...). Es el dominio de
esas condiciones lo que procuran los operadores de fondos;
de ahí que lo principal de su ‘inversión’ sea en el
alquiler de tierras y la organización de su producción
(administración), que es lo que les permite quedarse con el
producto y, junto con él, con todo el ‘excedente’ de
mayor valor creado en la producción”.
Nos
disculpamos por lo extenso de la cita, pero es muy
importante para desmenuzar el tipo de análisis-justificación
del PCR. Lo que se está diciendo es que no sólo el obrero
es explotado en el trabajo agrario... sino también
el contratista-burgués agrario.
Pero
lo que ocurre es algo completamente distinto. Bajo las relaciones de producción capitalistas (sea en
la industria o en el campo, esto es indistinto), tanto la
ganancia normal como la renta agraria (llamada también
plus-ganancia) y el salario surgen del trabajo del obrero.
Es decir, no hay ni puede haber tal “producción”
realizada conjuntamente por “el contratista y el
obrero”, tal “trabajo del contratista y el obrero”,
como si el contratista burgués fuera capaz de crear
valor.
Por
el contrario, como dejo clásicamente establecido Marx, en términos
de la economía capitalista, el único que crea valor
y trabaja (trabajo en el sentido específicamente
capitalista del término, es decir, creación de valor y
plustrabajo no pagado) es el obrero.
Si esto no fuera así, nos internaríamos en el fantástico
mundo del PCR donde los capitalistas no sólo son una clase
explotadora... sino que también serian explotados ellos
mismos.
Otra
cosa muy distinta es lo siguiente: el trabajador con su
trabajo produce una parte que es retribuida (el valor de su
fuerza de trabajo)
y otra parte que no le es pagada: el plustrabajo o
plusvalor, del que en el caso de la renta del campo hace
parte también un componente llamado plusganancia. Es
precisamente de este último componente del plusvalor que
surge la renta propiamente dicha y que va al propietario
del suelo. Claro está que también es desde allí (del
trabajo no pagado) que surge la ganancia que va a parar al
productor capitalista. En nada modifica esto que esa
ganancia se reparta entre el propietario del suelo y/o el
pool de siembra capitalista y el contratista capitalista,
que fue contratado para poner sus máquinas y sus obreros a
trabajar sobre la tierra.
La
incomprensión de la renta agraria diferencial
Lo
que confunde al PCR es la manera (o los criterios)
bajo los cuales se reparte entre el propietario
capitalista (llamado terrateniente) y el productor
capitalista (pool o no) el plustrabajo generado por el
obrero agrícola.
Porque
si la fuente de sus ingresos es la misma (el trabajo no
pagado del obrero), las razones por las cuales pueden hacer “exigible”
ese trabajo no pagado varían. El capitalista hace
valer su monopolio de los medios de producción con los
cuales se va a realizar la producción en el campo. El
propietario agrícola hace valer el objeto y/o fuerza
productiva natural del trabajo, que es la tierra (para interceptar
plustrabajo). Es decir, busca capitalizar la tierra
monopolizada por él, sin la cual, evidentemente, no podría haber producción agrícola.
Pero,
además, esta el hecho que el propietario capitalista de la
tierra puede serlo de una tierra de fertilidad extraordinaria;
es decir, de una muy productiva con relación a la
fertilidad media del promedio de las tierras en el orden
mundial (como es sabido, éste ha sido históricamente el
caso de la pampa húmeda en la Argentina).
Y
es precisamente este componente “plus” de la renta
agraria el que se denomina renta diferencial de la tierra.
Renta diferencial que se obtiene por la diferencia de los
costos de producción (costos que incluyen la ganancia
media) de cada unidad de producto agrario de la tierra más
fértil respecto del promedio de los costos de las tierras
promedio en el mercado mundial. Que, en el caso de la
producción agrícola, y en la medida en que haya demanda
suficiente, tienden a regularse no por el precio obtenido en
las tierras de mayor fertilidad, sino, precisamente, por
los obtenidos en las peores condiciones, donde la producción
es más cara.
La
renta diferencial así obtenida pasa entonces a engrosar lo
que se llama una plusganancia. Es decir, una
ganancia por encima de la ganancia normal y que reclama
“naturalmente” el propietario de la tierra en su calidad
de dueño de estas tierras tan fértiles.
Repetimos:
el propietario de la tierra hace valer
“capitalistamente” a ésta como condición material
excluyente para la producción agrícola. Y por ella
cobra un alquiler, al igual que –como
señalaba Marx–
el que presta dinero debe
cobrar un interés.
Pero
en el caso de que la tierra en alquiler se trate de una
tierra naturalmente muy “productiva”, tierra que de suyo
genera una renta diferencial, no es que el terrateniente
“explote” al productor capitalista por exigirle la
entrega de esta plus-ganancia (al que se explota, claro está,
es al obrero rural) como dice el PCR, sino que exige el
retorno de una renta diferencial a sus bolsillos, renta
extraordinaria que le “corresponde” en calidad de
propietario.
Otro
cantar es el hecho de que esta relación es enteramente parasitaria
porque le permite embolsarse algo que no le cuesta nada
y que viene de la productividad incrementada natural de las
tierras de las cuales es propietario. Es decir, de una fuerza
productiva natural del trabajo incrementada que redunda
en un tremendo abaratamiento del precio de producción de
los productos obtenidos en estas tierras, privilegiadas
en relación con los precios promedio de los mismos
productos –obtenidos
en tierras menos fértiles–
en el mercado.
Al
respecto, dice Marx: “El aumento de la fuerza productiva
natural del trabajo (...) no emana del capital ni del propio
trabajo, sino del mero empleo de una fuerza natural
diferente del capital y del trabajo, pero incorporada al
capital. Emana de la mayor fuerza productiva natural del
trabajo vinculada a la utilización de una fuerza
natural, pero no de una fuerza natural que esté a
disposición de cualquier capital (...). Emana, por el
contrario, de una fuerza natural monopolizable que (...) sólo
se halla a disposición de quienes dispongan de determinadas
porciones del planeta y su anexos (...). La plusganancia
(...) no emana por ello del capital, sino del empleo de una
fuerza monopolizable y monopolizada por parte del
capital”.
Y agrega: “Lo que la sociedad, considerada como
consumidor, paga de más por los productos agrícolas,
lo que constituye un déficit en la realización de su
tiempo de trabajo en producción agraria, constituye ahora el
superávit para una parte de la sociedad, los terratenientes”.
Hay
un aspecto subordinado al anterior sobre el cual se
apoya el PCR para confundir todo. Es que en la producción
agrícola (como en la producción en general, que supone la competencia
de distintos capitales), hay relaciones de fuerza
relativas por las cuales el trabajo no pagado generado
por el peón y/o el asalariado del campo se reparte en
cantidades relativas al poder (que, traducido a palabras
económicas, es acumulación del capital) de cada
sujeto capitalista que intervine en el negocio.
Claro
está que no es lo mismo si se trata de un gran propietario
agrario que pone en arriendo sus tierras que si se trata de
uno pequeño: la capacidad del primero de hacer exigible
toda la renta se verá reforzada. Tampoco da igual si se
trata de un contratista capitalista de inmensa magnitud (o
de los pools de siembra que desvelan al PCR) o de uno pequeño
que todavía se basa en el trabajo familiar. Precisamente
estas relaciones de fuerza relativas entre los
distintos actores capitalistas (y pequeños propietarios)
que operan en el negocio del campo son las que, en
definitiva (en el marco de las categorías generales arriba
señaladas), terminarán dirimiendo la distribución del
trabajo no pagado del trabajador.
Pero
hay que ser claros: estas relaciones de fuerzas relativas en
nada atañen a la naturaleza de la producción de valor,
plusvalor y plusganancia, que proviene del trabajador, sino
sólo a su reparto relativo. El PCR cree encontrar un
antagonismo esencial donde sólo hay un pleito
subordinado.
Terratenientes
e industriales como hermanos de sangre
Finalmente,
hay que ver como el PCR “remata” su análisis-teoría-justificación:
“La discusión no
es sobre el modo de producción predominante en la
Argentina, que claramente es capitalista, sino si
en este modo de producción se ‘armoniza’ o se agudiza
la contradicción entre capital y propiedad territorial.
Y ver cómo es esta relación en concreto en el país (...).
Es decir que hay que ver en la contradicción
entre la propiedad territorial y el capital (...) cuánto pesa la propiedad territorial y cuánto el capital”.
Estamos
ante un clásico del etapismo en la Argentina y Latinoamérica:
ver una contradicción esencial entre propietarios
agrarios (terratenientes, para el PCR) y productores
agrarios (los únicos capitalistas, para el PCR). Esta fábula
tendría algún asidero si realmente los propietarios de la
tierra explotaran a los capitalistas productores.
Pero creemos haber demostrado ya que esto es teórica, fáctica
y políticamente falso
por completo.
Un
punto de referencia aquí son las clásicas discusiones en
el ámbito de la izquierda alrededor de esta cuestión.
Porque hace más de medio siglo Milcíades Peña había
polemizado contra esta supuesta contraposición antagónica.
Mediante investigaciones históricas irrefutables, Peña
demostraba que la burguesía industrial en nuestro país era
“hermana desde los dientes de leche” de la burguesía
terrateniente agraria, que había surgido como una diferenciación
interna de la misma y que lo característico de ese
proceso era tanto la capitalización de la renta agraria
como la territorialización de la ganancia industrial.
Démosle
la palabra al propio Peña: “A partir de 1933, se soldó
una íntima alianza entre los sectores agropecuarios e
industrial de la burguesía argentina. En realidad, nunca
hubo entre estos sectores neta diferenciación ni conflictos
agudos, porque la burguesía industrial surgió de la
burguesía terrateniente, y la capitalización de la renta
agraria y la territorializacion de la ganancia industrial
borran continuamente los imprecisos límites que las separan.
Además, terratenientes e industriales estaban íntimamente
vinculados al capital extranjero, y todos se hallaban
unidos por el común antagonismo contra la clase trabajadora”.
José
Boglich se expresaba en el mismo sentido: “El entrecruzamiento
de intereses entre la oligarquía, el capital
imperialista y el capital local tornaba inviables políticas
autónomas por parte de la burguesía nacional. No es
posible, pues, dar crédito a las teorías del
‘antiimperialismo’ de las burguesías de los países
atrasados, sino a lo sumo comprender el comportamiento de
ellas como reacomodamientos ventajosos dentro de la lucha
interimperialista”.
Esta
larga discusión histórico-teórica puede aparecer como muy
general o de difícil seguimiento, pero tiene
una importancia estratégica inmensa. El PCR
sostiene que el paro patronal del campo le da la razón
(contra el trotskismo) a sus posiciones etapistas,
sobre la base de que en el campo argentino habría una pelea
esencial entre terratenientes y pools
“semi-feudales” y la auténtica burguesía agraria,
“explotada” por los primeros (elemento directamente
contradictorio con el hecho visible de la férrea unidad de
las cuatro entidades del campo, comandadas por la Sociedad
Rural). Lo que sigue lógicamente de ahí es que los
capitalistas agrarios serían “aliados” de los
trabajadores (urbanos y rurales) en la perspectiva de una
“revolución democrático-popular”. Por esto mismo, los
obreros tendrían que apoyar el actual paro agrario
patronal.
Por
nuestra parte, creemos haber demostrado que la clase obrera bajo
ningún concepto debe subordinarse a ningún campo burgués
para ser furgón de cola de ninguna “revolución democrática-popular”
burguesa que sólo existe en la oportunista cabeza del PCR.
Todo
lo contrario: la clase trabajadora, actuando de manera
absolutamente independiente,
debe encabezar una revolución obrera y socialista que, en
alianza con los sectores populares y con las auténticas
capas medias del campo y la ciudad, expropie a los
capitalistas urbanos y rurales en la perspectiva de la socialización
de la industria y la producción agropecuaria.
Las condiciones de explotación en las cuales se
encuentran los obreros rurales (reguladas aun hoy por
una ley de la dictadura militar) es uno de los tema tabú
del paro del campo: “El RENATRE contabiliza cerca de
1,3 millones de personas ocupadas en el campo. Los últimos
datos reflejan que apenas un cuarto de ese total,
alrededor de 325.000, tiene salarios en blanco. El
promedio salarial de ese pequeño grupo de trabajadores
no llega a los 1.500 pesos mensuales. Existen también
350.000 ‘golondrinas’, que desplazan su fuerza de
trabajo según los períodos de cosecha. La mano de
obra rural es la peor paga, la que enfrenta pésimas
condiciones laborales y la más explotada. Sólo los
desocupados están en peor situación. Ese vergonzoso
panorama laboral se desarrolla en uno de los mejores períodos
históricos de la actividad agropecuaria”. Página 12, 26-3-08.
Es decir, lo que necesita al otro día para volver a
trabajar y para la reproducción de su familia
proletaria.
Razón por la cual un verdadero programa socialista
revolucionario para el campo argentino debe ser la lisa
y llana expropiación de la tierra de todos los
capitalistas del campo (propietarios y productores).
Cabe recordar que, habiendo demanda suficiente, los
precios de los productos de la tierra se comercian en el
mercado no al valor del más barato sino del más caro,
en razón de que la producción agrícola (como la
minera y la hidrocarburífera) se apoyan en un recurso
materialmente limitado como es la tierra (o los recursos
naturales no renovables, como el petróleo o el gas).
Karl Marx, El
capital, tomo III, pp. 829-30.
Milcíades Peña, Masas,
caudillos y elites, Buenos Aires, El Lorraine, 1987.
Horacio Tarcus, El
marxismo olvidado: Silvio Frondizi y Milcíades Peña,
p. 100.
En la pampa húmeda (la zona núcleo), la perspectiva de
un Plan Nacional Agropecuario tiende a tener fuertes
elementos de socialización de la tierra. En otras
regiones menos favorables desde el punto de vista económico
general, lo más probable es que esto se combine con
diversas formas de cooperación agraria y acceso a la
propiedad de la tierra en forma individual.
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