En el país, 16/05/08
 

 

 

 

 

 

El campo argentino según el PCR (segunda parte)

¿Terratenientes opresores vs.
burgueses agrarios oprimidos?

Por José Luis Rojo

En nuestra edición  N° 126 publicamos la primera parte de la polémica con el PCR y su particular visión-justificación del campo argentino. En ella marcábamos la concepción etapista con la cual justificaban su apoyo al paro reaccionario del campo, su visión de una supuesta pelea entre sectores feudales o resabios feudales en contra de una burguesía agraria oprimida por estos terratenientes. Terminábamos recuperando la concepción marxista  sobre la renta agraria como una relación plenamente capitalista, basada en la propiedad privada de la tierra. En esta parte analizamos como esta concepción fantasiosa de la realidad lleva al PCR al despropósito de ver sectores burgueses produciendo plusvalía.

Es a partir de una completa incomprensión –histórica, teórica y actual­­– del carácter capitalista del campo argentino (y del actual lock out agrario como patronal) que el PCR se desliza hacia una pintura totalmente irreal de las relaciones sociales implicadas en la producción agropecuaria.

Señala que “se ha producido el importante avance del capitalismo en el agro pampeano que se observa particularmente en la última década (...), con un reforzamiento del latifundio y un extraordinario aumento de la renta, que se manifiesta en el aumento del precio de la tierra (renta capitalizada) sólo interrumpido entre 1999 y 2002 por la caída de los precios internacionales de los granos. La subordinación del capital agrario constante y variable –invertido fundamentalmente por los contratistas– al poder del latifundio, ejercido directamente por los grandes terratenientes o por los operadores de fondos, ha hecho que lo fundamental de las ganancias extraordinarias o plus-ganancias –asociadas al salto tecnológico producido y a la incorporación de nuevas tierras de peor calidad gracias a la soja– no hayan podido ser retenidas por los capitalistas agrarios sino que hayan sido apropiadas (...) por los detentadores del poder de la tierra, a través del previo control de esta en grandes extensiones”.[1]

Aquí hay varios problemas. Uno no menor es que no se sepa en virtud de qué criterio los grandes propietarios y pools de siembra que actualmente dominan parte importante del campo argentino no serían capitalistas, sino “resabios feudales”). Desde las familias tradicionales (Menéndez Behety, Martínez de Hoz, etc.); pasando por los George Soros o los Benneton (que se han apropiado de cientos de miles de hectáreas); los pools de siembra como Los Grobo (de la familia Grobocopatel); las empresas multinacionales proveedoras de semillas o herbicidas (Nidera, Monsanto, etc.); y/o las acopiadoras de granos (Dreyfus) y las aceiteras (General Deheza y otras), si no son propietarios y/o “productores” capitalistas, ¿qué es lo que podrían socialmente ser? Reducir la “burguesía agraria” sólo a los “contratistas” es a un operativo espurio para que la realidad entre en el retorcido esquema oportunista del PCR.

Además, entre los “contratistas” (proveedores de servicios para las distintas etapas de la producción agrícola), los hay que tienen en sus manos una gran acumulación de capital fijo bajo la forma de sembradoras, cosechadoras, etc. (y que son burgueses con todas las letras) y también que poseen una o dos máquinas y las operan familiarmente alquilando el servicio, así como los que forman parte no de la burguesía agraria sino de la pequeña burguesía, que se basa en sus propios medios de producción y explotan su propio trabajo. Claro que con un análisis de este tipo se derrumba el fantasioso esquema de los “terratenientes feudales que explotan a los capitalistas agrarios”.

Sin embargo, el PCR cree encontrar un argumento fundamental a su favor cuando diferencia a “un productor e incluso un terrateniente convertido en verdadero ‘fabricante’ (que produce invirtiendo en equipos y en la contratación de obreros) y (…) el terrateniente o sociedad de inversión que por su disposición de la tierra o el dinero concentra lo producido por otros”.[2]

Sin embargo, científicamente, Marx, en los capítulos destinados a la renta agraria de El capital, desde el vamos diferenciaba la posición “activa” que todavía tenía (a mediados del siglo XIX) el capitalista industrial en la producción (relación que, como todos sabemos, se ha hecho cada vez más parasitaria por la vía de las sociedades por acciones y ni hablar de tantos otros instrumentos de las finanzas) respecto del rol “pasivo” del terrateniente capitalista que hacía valer, a la hora de la valorización de sus tierras, la mera propiedad. Pero ésta no es una distinción esencial desde el punto de vista de clase. Porque lo que caracteriza a todo capitalista (propietario pasivo o “productor” activo) no es cuán parasitario sea respecto de su papel en la producción, sino el hecho de que todos viven de explotar el trabajo ajeno (sea plustrabajo obtenido por la vía directa de la producción capitalista agrario o por la “indirecta” de la intercepción de renta agraria propietario capitalista). Esto es lo que une en un sólido bloque esencial a propietarios agrarios e “industriales” agrarios –todos, a esta altura, capitalistas contra la clase obrera.

Un fantástico mundo donde los capitalistas generarían plusvalía

Pero a pesar de todo, el PCR, contra toda evidencia, cree encontrar en los “pools de siembra” un aliado para sus concepciones. Señalan los compañeros: “El problema es de dónde y cómo surge la ganancia de los fondos de inversión en el campo (...). No surge del alquiler de la tierra, ni de la administración, sino de la producción misma que es realizada por los contratistas y sus obreros. El pool paga el arriendo de la tierra y paga a los contratistas para que realicen las tareas de siembra y fertilización, fumigaciones y cosecha (...). Pero no es en esta relación donde se produce la plusvalía. La plusvalía surge de la realización de esas tareas sobre el campo, del trabajo del contratista y sus obreros en la siembra y la fertilización, fumigaciones y cosecha (aquí, el maquinista generalmente a porcentaje). El precio que cobra el contratista por su ‘servicio’, en condiciones normales del capitalismo, tiene que cubrir la amortización de su capital constante fijo (maquinarias y equipos), el capital constante circulante que necesitan para que funcionen (combustible, mantenimiento, etc), el salario de los obreros que las hacen funcionar, y su ganancia. Ese valor que pone el contratista en el trabajo con sus obreros sobre la tierra (...), más todo el mayor valor creado por ese trabajo que supere el equivalente de la ganancia del contratista, queda en la tierra y va a ser apropiado por el fondo al apropiarse de la cosecha. Aunque el fondo tenga mejores condiciones de comercialización, no significa que su ganancia surja de eso, sino de que tiene mayores posibilidades que el productor aislado de quedarse con una mayor parte de la plusvalía agraria, que si no es apropiada por los monopolios de la comercialización (...). Es el dominio de esas condiciones lo que procuran los operadores de fondos; de ahí que lo principal de su ‘inversión’ sea en el alquiler de tierras y la organización de su producción (administración), que es lo que les permite quedarse con el producto y, junto con él, con todo el ‘excedente’ de mayor valor creado en la producción”.[3]

Nos disculpamos por lo extenso de la cita, pero es muy importante para desmenuzar el tipo de análisis-justificación del PCR. Lo que se está diciendo es que no sólo el obrero es explotado en el trabajo agrario... sino también el contratista-burgués agrario.

Pero lo que ocurre es algo completamente distinto. Bajo las relaciones de producción capitalistas (sea en la industria o en el campo, esto es indistinto), tanto la ganancia normal como la renta agraria (llamada también plus-ganancia) y el salario surgen del trabajo del obrero. Es decir, no hay ni puede haber tal “producción” realizada conjuntamente por “el contratista y el obrero”, tal “trabajo del contratista y el obrero”, como si el contratista burgués fuera capaz de crear valor.

Por el contrario, como dejo clásicamente establecido Marx, en términos de la economía capitalista, el único que crea valor y trabaja (trabajo en el sentido específicamente capitalista del término, es decir, creación de valor y plustrabajo no pagado) es el obrero.[4] Si esto no fuera así, nos internaríamos en el fantástico mundo del PCR donde los capitalistas no sólo son una clase explotadora... sino que también serian explotados ellos mismos.

Otra cosa muy distinta es lo siguiente: el trabajador con su trabajo produce una parte que es retribuida (el valor de su fuerza de trabajo[5]) y otra parte que no le es pagada: el plustrabajo o plusvalor, del que en el caso de la renta del campo hace parte también un componente llamado plusganancia. Es precisamente de este último componente del plusvalor que surge la renta propiamente dicha y que va al propietario del suelo. Claro está que también es desde allí (del trabajo no pagado) que surge la ganancia que va a parar al productor capitalista. En nada modifica esto que esa ganancia se reparta entre el propietario del suelo y/o el pool de siembra capitalista y el contratista capitalista, que fue contratado para poner sus máquinas y sus obreros a trabajar sobre la tierra.

La incomprensión de la renta agraria diferencial

Lo que confunde al PCR es la manera (o los criterios) bajo los cuales se reparte entre el propietario capitalista (llamado terrateniente) y el productor capitalista (pool o no) el plustrabajo generado por el obrero agrícola.

Porque si la fuente de sus ingresos es la misma (el trabajo no pagado del obrero), las razones por las cuales pueden hacer “exigible” ese trabajo no pagado varían. El capitalista hace valer su monopolio de los medios de producción con los cuales se va a realizar la producción en el campo. El propietario agrícola hace valer el objeto y/o fuerza productiva natural del trabajo, que es la tierra (para interceptar plustrabajo). Es decir, busca capitalizar la tierra monopolizada por él, sin la cual, evidentemente, no podría haber producción agrícola.

Pero, además, esta el hecho que el propietario capitalista de la tierra puede serlo de una tierra de fertilidad extraordinaria; es decir, de una muy productiva con relación a la fertilidad media del promedio de las tierras en el orden mundial (como es sabido, éste ha sido históricamente el caso de la pampa húmeda en la Argentina).

Y es precisamente este componente “plus” de la renta agraria el que se denomina renta diferencial de la tierra. Renta diferencial que se obtiene por la diferencia de los costos de producción (costos que incluyen la ganancia media) de cada unidad de producto agrario de la tierra más fértil respecto del promedio de los costos de las tierras promedio en el mercado mundial. Que, en el caso de la producción agrícola, y en la medida en que haya demanda suficiente, tienden a regularse no por el precio obtenido en las tierras de mayor fertilidad, sino, precisamente, por los obtenidos en las peores condiciones, donde la producción es más cara.

La renta diferencial así obtenida pasa entonces a engrosar lo que se llama una plusganancia. Es decir, una ganancia por encima de la ganancia normal y que reclama “naturalmente” el propietario de la tierra en su calidad de dueño de estas tierras tan fértiles.

Repetimos: el propietario de la tierra hace valer “capitalistamente” a ésta como condición material excluyente para la producción agrícola. Y por ella cobra un alquiler, al igual que como señalaba Marx el que presta dinero debe cobrar un interés.

Pero en el caso de que la tierra en alquiler se trate de una tierra naturalmente muy “productiva”, tierra que de suyo genera una renta diferencial, no es que el terrateniente “explote” al productor capitalista por exigirle la entrega de esta plus-ganancia (al que se explota, claro está, es al obrero rural) como dice el PCR, sino que exige el retorno de una renta diferencial a sus bolsillos, renta extraordinaria que le “corresponde” en calidad de propietario.

Otro cantar es el hecho de que esta relación es enteramente parasitaria porque le permite embolsarse algo que no le cuesta nada y que viene de la productividad incrementada natural de las tierras de las cuales es propietario.[6] Es decir, de una fuerza productiva natural del trabajo incrementada que redunda en un tremendo abaratamiento del precio de producción de los productos obtenidos en estas tierras, privilegiadas en relación con los precios promedio de los mismos productos obtenidos en tierras menos fértiles en el mercado.[7]

Al respecto, dice Marx: “El aumento de la fuerza productiva natural del trabajo (...) no emana del capital ni del propio trabajo, sino del mero empleo de una fuerza natural diferente del capital y del trabajo, pero incorporada al capital. Emana de la mayor fuerza productiva natural del trabajo vinculada a la utilización de una fuerza natural, pero no de una fuerza natural que esté a disposición de cualquier capital (...). Emana, por el contrario, de una fuerza natural monopolizable que (...) sólo se halla a disposición de quienes dispongan de determinadas porciones del planeta y su anexos (...). La plusganancia (...) no emana por ello del capital, sino del empleo de una fuerza monopolizable y monopolizada por parte del capital”.[8] Y agrega: “Lo que la sociedad, considerada como consumidor, paga de más por los productos agrícolas, lo que constituye un déficit en la realización de su tiempo de trabajo en producción agraria, constituye ahora el superávit para una parte de la sociedad, los terratenientes[9].

Hay un aspecto subordinado al anterior sobre el cual se apoya el PCR para confundir todo. Es que en la producción agrícola (como en la producción en general, que supone la competencia de distintos capitales), hay relaciones de fuerza relativas por las cuales el trabajo no pagado generado por el peón y/o el asalariado del campo se reparte en cantidades relativas al poder (que, traducido a palabras económicas, es acumulación del capital) de cada sujeto capitalista que intervine en el negocio.

Claro está que no es lo mismo si se trata de un gran propietario agrario que pone en arriendo sus tierras que si se trata de uno pequeño: la capacidad del primero de hacer exigible toda la renta se verá reforzada. Tampoco da igual si se trata de un contratista capitalista de inmensa magnitud (o de los pools de siembra que desvelan al PCR) o de uno pequeño que todavía se basa en el trabajo familiar. Precisamente estas relaciones de fuerza relativas entre los distintos actores capitalistas (y pequeños propietarios) que operan en el negocio del campo son las que, en definitiva (en el marco de las categorías generales arriba señaladas), terminarán dirimiendo la distribución del trabajo no pagado del trabajador.

Pero hay que ser claros: estas relaciones de fuerzas relativas en nada atañen a la naturaleza de la producción de valor, plusvalor y plusganancia, que proviene del trabajador, sino sólo a su reparto relativo. El PCR cree encontrar un antagonismo esencial donde sólo hay un pleito subordinado.

Terratenientes e industriales como hermanos de sangre

Finalmente, hay que ver como el PCR “remata” su análisis-teoría-justificación: “La discusión no es sobre el modo de producción predominante en la Argentina, que claramente es capitalista, sino si en este modo de producción se ‘armoniza’ o se agudiza la contradicción entre capital y propiedad territorial. Y ver cómo es esta relación en concreto en el país (...). Es decir que hay que ver en la contradicción entre la propiedad territorial y el capital (...) cuánto pesa la propiedad territorial y cuánto el capital”.[10]

Estamos ante un clásico del etapismo en la Argentina y Latinoamérica: ver una contradicción esencial entre propietarios agrarios (terratenientes, para el PCR) y productores agrarios (los únicos capitalistas, para el PCR). Esta fábula tendría algún asidero si realmente los propietarios de la tierra explotaran a los capitalistas productores. Pero creemos haber demostrado ya que esto es teórica, fáctica y políticamente falso por completo.

Un punto de referencia aquí son las clásicas discusiones en el ámbito de la izquierda alrededor de esta cuestión. Porque hace más de medio siglo Milcíades Peña había polemizado contra esta supuesta contraposición antagónica. Mediante investigaciones históricas irrefutables, Peña demostraba que la burguesía industrial en nuestro país era “hermana desde los dientes de leche” de la burguesía terrateniente agraria, que había surgido como una diferenciación interna de la misma y que lo característico de ese proceso era tanto la capitalización de la renta agraria como la territorialización de la ganancia industrial.

Démosle la palabra al propio Peña: “A partir de 1933, se soldó una íntima alianza entre los sectores agropecuarios e industrial de la burguesía argentina. En realidad, nunca hubo entre estos sectores neta diferenciación ni conflictos agudos, porque la burguesía industrial surgió de la burguesía terrateniente, y la capitalización de la renta agraria y la territorializacion de la ganancia industrial borran continuamente los imprecisos límites que las separan. Además, terratenientes e industriales estaban íntimamente vinculados al capital extranjero, y todos se hallaban unidos por el común antagonismo contra la clase trabajadora”.[11]

José Boglich se expresaba en el mismo sentido: “El entrecruzamiento de intereses entre la oligarquía, el capital imperialista y el capital local tornaba inviables políticas autónomas por parte de la burguesía nacional. No es posible, pues, dar crédito a las teorías del ‘antiimperialismo’ de las burguesías de los países atrasados, sino a lo sumo comprender el comportamiento de ellas como reacomodamientos ventajosos dentro de la lucha interimperialista”.[12]

Esta larga discusión histórico-teórica puede aparecer como muy general o de difícil seguimiento, pero tiene una importancia estratégica inmensa. El PCR sostiene que el paro patronal del campo le da la razón (contra el trotskismo) a sus posiciones etapistas, sobre la base de que en el campo argentino habría una pelea esencial entre terratenientes y pools “semi-feudales” y la auténtica burguesía agraria, “explotada” por los primeros (elemento directamente contradictorio con el hecho visible de la férrea unidad de las cuatro entidades del campo, comandadas por la Sociedad Rural). Lo que sigue lógicamente de ahí es que los capitalistas agrarios serían “aliados” de los trabajadores (urbanos y rurales) en la perspectiva de una “revolución democrático-popular”. Por esto mismo, los obreros tendrían que apoyar el actual paro agrario patronal.

Por nuestra parte, creemos haber demostrado que la clase obrera bajo ningún concepto debe subordinarse a ningún campo burgués para ser furgón de cola de ninguna “revolución democrática-popular” burguesa que sólo existe en la oportunista cabeza del PCR.

Todo lo contrario: la clase trabajadora, actuando de manera absolutamente independiente, debe encabezar una revolución obrera y socialista que, en alianza con los sectores populares y con las auténticas capas medias del campo y la ciudad, expropie a los capitalistas urbanos y rurales en la perspectiva de la socialización de la industria y la producción agropecuaria.[13]


[1] Eugenio Gastiazoro.

[2] Gastiazoro, ídem.

[3] Gastiazoro, ídem.

[4] Las condiciones de explotación en las cuales se encuentran los obreros rurales (reguladas aun hoy por una ley de la dictadura militar) es uno de los tema tabú del paro del campo: “El RENATRE contabiliza cerca de 1,3 millones de personas ocupadas en el campo. Los últimos datos reflejan que apenas un cuarto de ese total, alrededor de 325.000, tiene salarios en blanco. El promedio salarial de ese pequeño grupo de trabajadores no llega a los 1.500 pesos mensuales. Existen también 350.000 ‘golondrinas’, que desplazan su fuerza de trabajo según los períodos de cosecha. La mano de obra rural es la peor paga, la que enfrenta pésimas condiciones laborales y la más explotada. Sólo los desocupados están en peor situación. Ese vergonzoso panorama laboral se desarrolla en uno de los mejores períodos históricos de la actividad agropecuaria”. Página 12, 26-3-08.

[5] Es decir, lo que necesita al otro día para volver a trabajar y para la reproducción de su familia proletaria.

[6] Razón por la cual un verdadero programa socialista revolucionario para el campo argentino debe ser la lisa y llana expropiación de la tierra de todos los capitalistas del campo (propietarios y productores).

[7] Cabe recordar que, habiendo demanda suficiente, los precios de los productos de la tierra se comercian en el mercado no al valor del más barato sino del más caro, en razón de que la producción agrícola (como la minera y la hidrocarburífera) se apoyan en un recurso materialmente limitado como es la tierra (o los recursos naturales no renovables, como el petróleo o el gas).

[8] Karl Marx, El capital, tomo III, pp. 829-30.

[9] Ídem, p. 849.

[10] Gastiazoro, ídem.

[11] Milcíades Peña, Masas, caudillos y elites, Buenos Aires, El Lorraine, 1987.

[12] Horacio Tarcus, El marxismo olvidado: Silvio Frondizi y Milcíades Peña, p. 100.

[13] En la pampa húmeda (la zona núcleo), la perspectiva de un Plan Nacional Agropecuario tiende a tener fuertes elementos de socialización de la tierra. En otras regiones menos favorables desde el punto de vista económico general, lo más probable es que esto se combine con diversas formas de cooperación agraria y acceso a la propiedad de la tierra en forma individual.