El denominado género policial ha resistido modas “literarias” instaladas por el mercado y en el angosto target de las ventas de su narrativa, se revitaliza con autores como Henning Mankell, Petro Márkaris, Leonardo Padura y muy recientemente en la Argentina, con la novela La Rubia de ojos negros de Benjamin Black (seudónimo del escritor irlandés John Banville), quien “resucita” en sus páginas al célebre Philip Marlowe, detective creado por el norteamericano Raymond Chandler hacia fines de los años treinta.

Intentaremos, como amantes del policial, ensayar algunas tentativas reflexiones sobre el mismo. Recordemos primero que una de las “tareas” del arte (además de entretenernos o propinarnos un “cross a la mandíbula” como pedía Arlt) es el de mostrar (más que demostrar, asociado esto último a cierto didactismo como el del realismo socialista por ejemplo, pero no sólo él), e incluso casi sin proponérselo concientemente, el de denunciar la sociedad a la cual expresa. Era ese aspecto, entre otros, lo que reivindicaba Marx y Engels de escritores como Balzac, que pese a sus ideas reaccionarias había trazado con líneas de artista la sociedad burguesa de la Francia de su época. (1) Uno de los méritos del último policial, es que logra este propósito de una manera más que satisfactoria, aunque – lamentablemente – sus creadores no sean, aún, socialistas revolucionarios. (2).

Decimos “el último” porque el género detectivesco (otra manera de llamar al policial) nace en el siglo XIX, primero con Edgar Allan Poe y luego con Arthur Conan Doyle y Agatha Christie, quienes en el marco de un fuerte peso de las ideas de progreso y ciencia vigentes (entendida ésta en forma positivista) desarrollan relatos en donde lo que prima es la pesquisa en sí, el arsenal deductivo que el investigador va desarrollando hasta dar con el asesino. Poseyendo belleza literaria (no exenta de algunos lugares comunes muy obvios) el trasfondo social es casi nulo, y es por ello que la acción podría acontecer en cualquier lugar del mundo o incluso semejar un intelectual ejercicio matemático. El británico pero católico G.K. Chesterton, creando el personaje del Padre Brown, se presenta como la antítesis de aquellos detectives: lo suyo es la psicología de los personajes, la burla hacia los casos cuasi geométricos que poseían los anteriores, aunque siempre las resoluciones de los crímenes por el curita, van a ser enteramente racionales, poseyendo asimismo un marco social del que aquéllos carecían (“Chesterton, ese gran dialéctico” decía un estudioso de Hegel a propósito del inglés).

Ricardo Piglia, un poco siguiendo a Tzsvetan Todorov, llama a lo anterior la novela policial clásica o de enigma y denominará novela negra o dura a la que comienza hacia la década del veinte del pasado siglo en los EEUU: En 1926, Joseph Shaw, que se hizo cargo de Black Mash, una pulp magazine, llevó adelante un programa que realizó su ambición de “publicar un tipo de relato policial diferente del establecido por Poe en 1841 y seguido fielmente hasta hoy” (…) Yo diría que son novelas capitalistas en el sentido más literal de la palabra: deben ser leídas, pienso, ante todo como síntomas. Relatos llenos de contradicciones, ambiguos, que a menudo fluctúan entre el cinismo (Hadley Chase) y el moralismo (en Chandler todo está corrompido menos Marlowe, profesional honesto que hace bien su trabajo y no se contamina); en verdad, parece una realización urbana del cowboy. (3).

Dashiell Hammett primero y el citado Raymond Chandler después, son los “padres” de este género, que lo acerca al realismo clásico decimonónico. El detective ya no deduce desde una habitación cerrada o husmea las huellas en un jardín de una mansión de adinerados. Aquí se equivoca en más de una ocasión, se halla constantemente envuelto en la violencia (ha tenido que matar, incluso) y su acción nos permite conocer de cerca las miserias del sistema, que no dudan en llamarlo capitalista y adjetivarlo como “sediento de lucro”. ¿Llevará eso a que Philip Marlowe, la criatura de Chandler, comprenda acabadamente el por qué de esta situación y colabore en la lucha política y social? Lejos está de ello. Oigamos a su creador:

Ahora hay tipos hablando sobre la prosa, y otros diciéndome que yo tengo conciencia social. Philip Marlowe tiene tanta conciencia social como un caballo. Tiene una conciencia personal, que es algo por completo diferente. A Marlowe no le importa un bledo quién es presidente, a mí tampoco, porque sé que será un político. Hubo incluso uno que me informó que yo podía escribir una buena novela proletaria; en mi mundo limitado no existe ese animal, y si lo hubiera, yo sería el último en apreciarlo, ya que soy por tradición y largo estudio un completo snob. P. Marlowe y yo no despreciamos a las clases altas porque se bañan y tienen dinero; los despreciamos porque son hipócritas. (4)

En la actualidad cualquier manual de literatura, señala la “marca” social que toda obra artística tiene, desde La Ilíada hasta el último best seller; de allí que sea mala o buena literatura (en el caso de este arte) ya es una cuestión muy distinta. Los padres de la novela dura, desconfiaban de estar realizando una gran literatura y eran además muy vilipendiados por la crítica académica. Por suerte casi nadie hoy se atrevería a seguir emitiendo un juicio tan categórico. El ingenio y la mordacidad de la mayoría de sus obras le garantizan un lugar bien ganado en un supuesto panteón literario. Y esa mordacidad es sobremanera una muestra exquisita de su tiempo histórico.(5) Arriesgamos una hipótesis que no creemos enteramente original: el nihilismo y la desesperanza que trasuntan esas criaturas, pueden ser fruto de cierto snobismo como señala Chandler, pero también son producto del reflujo de la revolución social, de la oclusión de las vanguardias artísticas y del inicio de la “larga noche” stalinista y la prostitución que del arte este régimen llevó a cabo. (6)

Aún, como ya señalábamos, con un lugar ya conquistado en la consideración literaria (del lector común como del crítico) al policial duro se le hacen dos objeciones fuertes: que no es “vanguardista”, que no es innovadora su prosa (algo fácil de refutar: Kafka por ejemplo no innovó la lengua pero fue vanguardista) y la otra, la más difundida sin duda, es que es “un género de evasión”. El escritor argentino Juan José Saer, responde creemos que acertadamente, a esto último:           

No hay literatura que no sea evasión. Únicamente que hay dos clases bien distintas de evasión: una es a la que propende la mala literatura: de este modo unos versos machacones sobre la oficina, tan de moda en estos años, o una declaración infatuada sobre la libertad sexual, son ininteresantes o inverosímiles o no muestran nada del mundo tal como la subjetividad colectiva lo indaga a cada instante. (…) Y después está la evasión que produce la buena literatura: una evasión provisoria al orbe de lo organizado y convencional en el que la obra literaria aparece como una objetivación de ciertas operaciones específicas inherentes al conocimiento. Si no tenemos en cuenta su carácter convencional, ninguna expresión artística puede ser considerada de un modo fructífero. La literatura no puede ser considerada más que como  evasión. Pero esa evasión no es más que un paso dialéctico (si se me permite una vez más la palabra) destinado a establecer un acto de confrontación con las experiencias de nuestra vida imaginaria. Debido a esto, no hay más evasión en una novela de Chandler que en una tragedia de Shakespeare o en un soneto de Mallarmé. (7)

En las últimas décadas, en algunos países capitalistas, el policial tuvo por así decir, “otra vuelta de tuerca” con el comisario Montalbano del italiano Andrea. Camilleri, el agente Kurt Wallander del sueco H. Mankell y el oficial Kosta Jaritos del citado escritor griego P. Markaris. Éste realiza una interesante descripción del género al cual adscribe:

Yo creo que la novela policial está volviendo a la novela burguesa del siglo XIX. Muchos novelistas de ese siglo –desde Víctor Hugo a Charles Dickens; desde Fedor Dostoievski hasta Emile Zola– toman una historia criminal como punto de partida. Usan la historia del crimen como vehículo para hablar sobre la realidad social. Actualmente, muchos novelistas que escriben policiales hacen lo mismo. Usan la historia del crimen como pretexto para hablar sobre la realidad social, y a veces también sobre la política de sus países. La globalización de la economía creó la globalización del crimen. El crimen ya no es local; tiene raíces y conexiones en todo el mundo. Hay un gran flujo de dinero que proviene del crimen y pasa a la economía establecida. Eso crea lazos cercanos entre la política y el crimen organizado. Por otra parte, en países como Grecia, que fueron pobres en casi toda su historia, el flujo de dinero de fuentes como los Estados Unidos ha creado un sistema de clientelismo, organizado y dirigido por las clases políticas. Mis novelas se ocupan de los dos aspectos de ese problema, uso el género policial para hablar sobre la realidad social y política de mi país. No estoy interesado en escribirnovelas de esas que se dedican solamente a responder a la pregunta de “¿quién lo hizo?”. (Petro Márkaris en Revista Ñ, 9/8/14).

El éxito comercial del autor griego en nuestro país mucho tuvo que ver con el hecho de que su ficción muestra acabadamente la podredumbre de un país capitalista periférico, que si bien con sus propias especificidades (carece de moneda propia y de materias primas con alto precio internacional), recuerda sobremanera la Argentina dependiente que vivimos. Lo interesante también es que la para algunos “aséptica” Suecia, más emparentada con el “bienestar nórdico europeo”, es fuertemente desmitificada y puesta al desnudo sus lacras sociales y políticas en la narrativa de Mankell.

En el caso de estos dos últimos autores, el compromiso político es manifiesto, aunque tengan el “límite objetivo” de no avanzar más allá de postulados centro izquierdistas y de cierto reformismo ligado a la regulación del mercado por la acción del Estado (algo que incluso hoy pareciera “ultra revolucionario”). En un sentido les ocurre lo mismo a ellos que a las masas trabajadoras: tienen una barrera real (las organizaciones y direcciones políticas y sindicales) que les impiden arribar a una conciencia socialista ante la aún embrionaria emergencia de una corriente revolucionaria o directamente su inexistencia.

En las últimas décadas ha visto la luz también, lo que quizás con cierta audacia conceptual, podríamos denominar, el tercer momento del género policial, que tiene que ver con actores y situaciones que transcurren en los estados burocráticos o ya capitalistas de Estado, como son los casos del cubano Leonardo Padura y el chino residente en los EEUU, Qiu Xiaolong. Intentaremos desarrollar a los mismos en una próxima nota.

 

 

Notas

 

 

1: Considero como uno de los más grandes triunfos del realismo y como uno de los rasgos más grandiosos del viejo Balzac, que haya estado tan compelido a actuar contra sus propias simpatías de clase y sus propios prejuicios políticos; que viera la necesidad de la decadencia de sus amados nobles y los representara como hombres que no se merecen ningún destino mejor; y que viera a los verdaderos hombres del futuro allí donde sólo podían encontrarse en aquel entonces”. (Negritas en el original). Engels, carta a Minna Kautsky 26/11/1885.

 

2: La obra toma cierta autonomía de la posición política del escritor (pensemos en Borges, o en Celine, admirado por Trotsky). Claro está que el artista como hombre que es, debería estar comprometido con su tiempo o no avalar con su silencio o peor aún, con su complicidad, hechos atroces (ver SoB 299 sobre la actitud de ciertos artistas ante el ataque genocida del Estado filonazi israelí a Gaza). Para quien esto escribe, por ejemplo, si bien concuerda con esta postura de cierta autonomía y especificidad del hecho artístico, le cuesta cada vez más (no lo hace en verdad) leer a Vargas Llosa, convertido hoy en un militante extremo del neoliberalismo más añejo y crítico acérrimo de toda idea socialista de la que en algún momento se dijo simpatizante.

 

 

3: Citado por Rosana López Rodriguez en el prólogo a Crimen delicioso. Historia social del relato policíaco de E. Mandel, Biblioteca Militante, Ediciones R y R, Bs. As., 2011.

 

4: R. Chandler. A mis mejores amigos no los he visto nunca. Ed. De Bolsillo, Bs. As., 2012.

 

5: Como decía Mandel:  La historia de la literatura policíaca es una historia social ya que aparece entrelazada con la propia sociedad burguesa (…) porque la historia de la sociedad burguesa es también la creciente y explosiva contradicción entre las necesidades individuales o las pasiones, y los patrones mecánicamente impuestos de conformismo social;  porque la sociedad burguesa en y por sí misma engendra el crimen, se origina en el crimen y lleva al crimen; ¿quizás porque la sociedad burguesa es, cuando se ha dicho y hecho todo, una sociedad criminal? Ob. cit.

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6: Hammett por ejemplo, había militado en el PC norteamericano del que terminó desilusionado, siendo además un lector medianamente regular de Marx y Hegel. La desaparición del socialismo como meta posible, la prostitución de sus postulados, hizo caer a mucho artistas en el más negro escepticismo, salvo aquéllos claro está, que pertenecían al aparato partidario stalinista y realizaban su obra en sintonía y obedeciendo a dicho aparato.

 

7: J.J. Saer. “El largo adiós” en El concepto de ficción. Ariel, Bs. As., 1997.

 

 

Guillermo Pessoa

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